Elecciones en Israel: vencedores vencidos

Netanyahu ganó y no puede gobernar. La oposición creció y no se anima a pactar con los árabes, que hicieron historia en las urnas y siguen siendo la llave que nadie quiere usar.

Publicado 28/10/2016

Redacción Canal Abierto | Israel acaba de celebrar una elección que definíala supervivencia política de Benjamin Netanyahu. La participación fue la más alta desde 1999, la movilización del electorado árabe alcanzó niveles sin precedentes y el país fue a las urnas por primera vez tras el 7 de octubre de 2023 y la profundización del genocidio en Gaza que le sobrevino. Sin embargo, cuando el escrutinio oficial superó el 80%, el resultado apuntó a un estancamiento conocido: no hay ganador, solo dos bloques grandes que no reúnen la mayoría y una tercera fuerza empujada al centro del escenario que nadie quiere mirar de frente.

Según los datos oficiales de la Comisión Electoral Central, con alrededor del 84,5% de los votos escrutados, el bloque de derecha y partidos religiosos liderado por Netanyahu obtenía 54 escaños, el bloque opositor encabezado por Gadi Eisenkot llegaba a 49 y los partidos árabes sumaban 17. El Likud se mantenía como el partido individual más votado, con 27 bancas, seguido por Yashar, la fuerza de Eisenkot, con 22. De todos modos, el dato central no cambia con los ajustes del recuento: ninguno de los dos bloques se acerca al umbral de 61 escaños sobre 120 que exige la formación de un gobierno.

Netanyahu no pronunció un discurso de victoria en la noche electoral. Ante sus partidarios, afirmó que el Likud es «el partido más grande de Israel», pero lo que realmente destacó fue su agenda: llamó a formar un «gobierno de derecha fuerte», invocó la unidad de «la mayoría judía y sionista» y calificó de «impensable» un gobierno que dependa de «partidos árabes antisionistas». Al mismo tiempo, vinculó explícitamente su campaña con la política belicista: afirmó que Israel, junto con el presidente estadounidense Trump, tiene «una oportunidad especial para eliminar para siempre la amenaza existencial de Irán». No presentó esto como una promesa de campaña, sino como una misión estratégica ya iniciada. Un día antes de las elecciones, también advirtió que si Hamás «se atreve a provocar» antes de las elecciones, responderá con «fuerza abrumadora».

El nudo es aritmético y político a la vez. Al bloque de Netanyahu le faltan siete bancas para los 61. La oposición, con 49, más los 17 escaños árabes, llegaría a 66: suficiente en números, casi imposible en política. Eisenkot descartó durante la campaña cualquier cooperación con los partidos árabes. Sin ese apoyo, tampoco la oposición alcanza la mayoría. Los partidos árabes obtuvieron uno de sus mejores resultados históricos y su líder, Mansour Abbas, ya había participado en 2021 de las negociaciones que permitieron una coalición alternativa a Netanyahu. Esta vez, en cambio, se topa con un opositor que públicamente rechaza sentarse con él.

El resultado es un doble callejón: Netanyahu no puede llegar a 61 sin los partidos árabes, y sus aliados de derecha no están dispuestos a cruzar esa línea; Eisenkot tampoco llega y se niega a abrir la única puerta que podría conducirlo al poder. El presidente Isaac Herzog pidió a los partidos mantener «la mente abierta» para evitar otra elección, pero el reloj constitucional corre: la primera ronda de consultas dura 28 días, prorrogables por 14. Si nadie logra armar mayoría, Israel irá a su enésima elección en pocos años.

Hay una señal de fondo que excede los escaños. La participación llegó al 77,7%, la más alta desde 1999, y el voto árabe rozó el 80%, un récord. En un mapa político dominado durante años por la derecha, la ciudadanía árabe israelí se expresó masivamente en las urnas y volvió a encontrarse en el papel de actor clave que nadie quiere reconocer como tal. La sociedad mostró una vocación de participación intensa, pero el sistema de partidos fragmentado y la lógica excluyente de las alianzas convirtieron ese entusiasmo en un nuevo bloqueo.

Netanyahu ganó la mayor cantidad de votos, pero perdió la certeza de gobernar. Eisenkot ganó el relato del cambio, pero todavía no encontró el camino al poder. Y los partidos árabes, que tienen la llave, son tan necesitados como evitados por todos. Mientras las cúpulas negocian escaños y condiciones, Gaza sigue contando muertos. La masacre no espera el resultado de las consultas en la residencia del presidente: continúa con el mismo ritmo con el que se lanzó la ofensiva, y ni la parálisis política israelí ni la atención internacional dispersa parecen alterarla.

Gane quien gane la pulseada por la formación del gobierno, o aunque no la gane nadie, la máquina de muerte seguirá funcionando. Ese es el verdadero resultado de estas elecciones: no quién gobernará Israel, sino que, con cualquier gobierno, el genocidio en Gaza continuará.

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