“Museo de la Subversión”: Un espectáculo del horror

El documental de Francisco D'Eufemia reconstruye las exhibiciones con las que el Ejército buscó cohesionar la represión. “Nunca había visto nada generado por la dictadura tan complejo en materia comunicacional”, admite el director. Funciones en la sala Lugones.
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Publicado 06/11/2026

Redacción Canal Abierto | ¿Conocía el lector la existencia de los museos de la subversión? En 1985, cuando el juicio más famoso de la historia argentina entraba en su etapa final, un grupo de periodistas extranjeros fue llevado a un cuartel en Palermo, Buenos Aires. Allí se encontraron con una exhibición desconcertante: maniquíes toscos vestidos con ropas gastadas, colocados como “guerrilleros”; vitrinas que exhibían objetos incautados en “operaciones antisubversivas”; y paredes cuyos textos narraban una “cruzada santa” victoriosa. La visita fue registrada por un camarógrafo local en cintas U-matic. Cuatro décadas después, ese material nunca difundido se convirtió en el punto de partida de Museo de la Subversión, el nuevo documental de Francisco D’Eufemia.

La película, que se estrenó el jueves 5 de noviembre en la Sala Lugones, desentierra una historia casi olvidada: durante la última dictadura cívico-militar (1976-1983), el Ejército construyó sistemáticamente al menos tres “museos de la subversión”. Estaban ubicados en el Primer Regimiento de Infantería de Palermo, en la guarnición de Campo de Mayo y en el Tercer Cuerpo de Ejército en Córdoba. Esos espacios no eran solo depósitos, sino dispositivos de propaganda cuidadosamente diseñados. Como señala el director, ejecutaban “otro ejercicio de dominación”.

El hallazgo: “Pensé que conocía bastante la historia argentina”

D’Eufemia estaba preparando, durante la pandemia, un documental sobre operaciones psicológicas durante la dictadura cuando la productora de archivo Laura Matarolo encontró el registro de aquella visita guiada de 1985. “Nosotros estábamos desarrollando durante la pandemia un documental sobre operaciones psicológicas durante la dictadura, y Laura Matarolo, que es productora de archivo con quien estábamos trabajando, juntó, consiguió un montón de materiales relacionados con este proyecto. Entre todos esos materiales apareció un fragmento de esta visita guiada al museo de la subversión de los cuarteles de Palermo del año 85”, recuerda el director en diálogo con Canal Abierto.

“En un principio, mi primera reacción fue de sorpresa, porque pensé que conocía bastante la historia argentina y nunca había escuchado hablar de estos museos. Lo primero que uno ve en esas reconstrucciones es lo exótico de esa puesta en escena que el museo hace: nunca había visto nada generado por la dictadura tan complejo en materia comunicacional. Y a partir de ahí, lo primero que me di cuenta es que ese material requería de un montón de contexto para poder ser entendido, analizado, develado”, agrega.

Fue entonces cuando se topó con la investigación de la antropóloga Mariana Sirimarco. “Era una investigación súper completa, pero lo que yo estaba descubriendo complementaba esa investigación. De alguna manera, a partir de ahí comenzamos ya a hacer la película y a rastrear las otras versiones que hubo de estos museos. Ya aparecieron estos otros museos registrados en una materialidad distinta a la de la visita guiada. En ese punto ya se configuró todo lo necesario, todo lo que nos interesaba que una película tenga. Ya se veía el potencial de una posible película, así que a partir de ahí comenzamos.”

Una obra para “los propios” y para “los chicos”

La película reconstruye, a través de imágenes de archivo, entrevistas a especialistas y una narración a cargo de la actriz Belén Blanco, la doble función de esos espacios. En un principio, eran “espacios místicos” destinados a las tropas y sus familias, con el fin de generar cohesión en torno a la ilegalidad. “Los museos tenían una doble finalidad que también fue cambiando un poco con el paso del tiempo y a medida que la dictadura fue enfrentando nuevos objetivos. Entonces, a mi entender la versión del museo, iba cambiando. En un principio los museos tenían la finalidad de generar cohesión de la tropa propia respecto a la ilegalidad. Era una suerte de espacio místico. Eso está documentado en las actas fundacionales del museo, donde los militares que los inauguraron vertían una cantidad de palabras que eran el legado de ese museo”, explica D’Eufemia.

“Ahí ya se ve esta voluntad de cohesión, hablando de enemigos diabólicos y de una cruzada santa llevada a cabo por los militares, decían estos museos. Y también había una idea educativa que tenía que ver con que sean visitados por los niños de los colegios, para adoctrinar a estos jóvenes en la visión que tenían las Fuerzas Armadas de lo que había sido la represión ilegal.”

Los victimarios borrados, las víctimas exhibidas

El contraste más hiriente que revela el film está en la política de la exhibición: los museos estaban repletos de maniquíes de guerrilleros, bombas caseras, panfletos y objetos cotidianos incautados, pero casi no había rastro de los perpetradores. “Esa visión que tenían las Fuerzas Armadas de lo que había sido la represión ilegal conduce a la instalación y al armado de todas estas puestas en escena donde podemos ver maniquíes representando a distintos miembros y miembras de organizaciones guerrilleras en los que los militares entendían era su ecosistema natural”, señala el director.

“Pero esta representación de las organizaciones guerrilleras tiene como correlato la no representación de aquellas fuerzas que llevaron adelante la represión, por supuesto, la represión que fue llevada desde la ilegalidad más absoluta y que en todas sus facetas el Ejército se tomó el trabajo de borrar, esconder y desaparecer también.”

Ese absurdo estético atraviesa todo el relato. Los maniquíes parecen sacados de una casa de terror barata, con una tosquedad casi ridícula. Pero es precisamente esa tosquedad la que expone la esencia: no se trataba de registrar la verdad, sino de fabricar un relato de vencedores. La cita del general Bussi que aparece en el film —“los débiles y olvidados compatriotas parecen haber olvidado lo que ocurrió ayer en esta tierra”— suena hoy especialmente estridente.

La materialidad del archivo: “Una sensación de aridez muy grande”

Uno de los aspectos más comentados de la película es su decisión estética de mostrar el material de archivo “en bruto”, con una intervención prácticamente mínima. “En la película, una cosa que nos interesaba mucho es que la primera vez que vimos el material de archivo tuvimos una sensación de aridez muy grande: material de archivo fragmentario, sin un hilo narrador, con sonido bastante claro que permite entender perfectamente lo que se dice, pero también fragmentario porque las tomas de video no estaban en función del sonido. Ausencia casi total de figuras humanas, hay una suerte de actitud elusiva de parte de los militares que hacen la visita guiada al museo respecto a la cámara, pareciera no querer aparecer frente a ella”, describe D’Eufemia.

“Y bueno, una de las decisiones estéticas de la película es darle protagonismo a la materialidad con la que nosotros podemos acceder a esta historia, darle protagonismo a aquellos elementos que desde un pasado bastante lejano y a la vez actual nos actualizan una información que desconocíamos y que es completamente relevante. Era para nosotros muy importante tratar de reproducir esa sensación de vacío y de dolor que sentimos la primera vez que vimos el material. Entonces, gran parte de la película, por eso el material se muestra como se muestra, como un material en bruto, con una intervención prácticamente mínima”, señala el realizador.

Y agrega: “para nosotros era clave poder reconstruir algo de ese primer acercamiento, pero en una película con una narración que ya incluya personajes, entrevistados, otros materiales, había que tratar de contagiar de ese espíritu al resto de la película. Esa fue la búsqueda.”

El fantasma de 1985: el poder militar en democracia

Uno de los hallazgos más inquietantes del documental es el momento en que ocurrió aquella visita de 1985. La democracia ya se había restaurado y, en un hecho inédito en la historia argentina, los principales responsables de la dictadura estaban siendo juzgados. Sin embargo, un grupo de periodistas extranjeros fue llevado desde la puerta de los tribunales hasta el museo de Palermo por personal de relaciones públicas del Ejército. A partir de detalles de la imagen, D’Eufemia deduce que el museo llevaba tiempo cerrado: había polvo en los hombros de los maniquíes, el piso estaba sucio y en el audio se escuchan ruidos de la calle. Supone que alguien abrió puertas y ventanas para ventilar el espacio y reiniciar temporalmente la “función”.

No se trata de una simple anécdota curiosa. Es una muestra directa de la persistencia del poder militar dentro del sistema democrático tras la dictadura. El museo de Campo de Mayo no fue desmantelado formalmente hasta 1994; el de Palermo, según la información que D’Eufemia obtuvo del general Martín Balza, permaneció durante mucho tiempo “cerrado pero todavía montado”.

¿Por qué ahora?

Al final del film, D’Eufemia dirige la cámara hacia la ESMA, el sitio de memoria más conocido en la actualidad. Ese contrapunto condensa la pregunta central: si ambos son “museos”, ¿por qué el “museo de la subversión” militar recurría a la acumulación de objetos y a escenografías falsas para producir horror, mientras que los sitios de memoria eligen el vacío y el silencio para presentarlo? La respuesta, según la crítica, está en la ética: el horror verdadero no puede representarse, y cualquier intento de “explicarlo” con objetos corre el riesgo de volver a instrumentalizar la atrocidad.

En el contexto político argentino actual, el momento del estreno no es casual. A medida que los discursos negacionistas ganan espacio en la esfera pública, la lógica de propaganda militar que alguna vez se barrió bajo la alfombra de la historia parece resonar bajo nuevas formas.

“Esos ecos retumban con fuerza en nuestro presente”, escribe D’Eufemia en su declaración de intenciones. Desenterrar esas imágenes no busca exhibir el horror, sino identificar el mecanismo discursivo que fabrica “enemigos”, borra a los perpetradores y envuelve la violencia estatal como “cruzada santa”, porque ese mecanismo nunca desapareció del todo: solo espera la próxima ocasión para volver a ponerse en marcha.

Museo de la subversión se proyectará en la Sala Lugones (Corrientes 1530, 10º piso, CABA) el viernes 6, el sábado 7 a las 21 y el martes 17, a las 21; el domingo 8 y jueves 12, a las 18 y el viernes 13, a las 15.

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