Por Mariano Vázquez (@marianovazkez) | Ahora que estoy en Brasil cubriendo las elecciones presidenciales me acuerdo de un libro de la periodista y escritora uruguaya María Esther Gilio, maestra en el arte de la palabra y la entrevista. En el ímpetu de la partida no reparé en el valor que podía tener sumarlo a mi mochila de viaje. Un gesto de enojo me recorre. Hoy se publicó una encuesta de Datafolha con la siguiente pregunta: ¿Cuándo piensa hoy en Brasil, usted que siente? La contundencia de las respuestas me asombró. Tal la magnitud de la crisis en la tierra del carnaval.

Gilio tituló Terra da Felicidade a un recorrido de meses que realizó por el nordeste en la década de 1960. Crónicas y diálogos con personajes de ensueño y coraje pueblan esas páginas. Recuerdo que ella decía algo así sobre Brasil. La voy a parafrasear: todo brasileño, sea cual sea la condición en la que haya nacido, siente que nació en el mejor lugar del mundo, en la tierra prometida, en la tierra de la felicidad.  

Creo que cuando vemos esa voluptuosidad generosa y mixturada para vivir, el resto de los ciudadanos del mundo sentimos algo de envidia. Parecen forjados de un material distinto al resto. Un cordón defensivo contra el dolor y los malos espíritus. Viven danzando y cantando, riendo y brindando.

Pero el sondeo de la encuestadora más respetada de Brasil afirma que el 78 por ciento de ciudadanos se siente desanimado.

No solo sienten desánimo.

Hay más.

El 88 por ciento se siente inseguro.

El 80 por ciento se siente triste.

El 68 por ciento siente rabia.

El 59 por ciento siente más miedo que esperanza en el futuro.

El miedo invade al 63 por ciento entre los jóvenes de 16 a 24 años.

El 74 por ciento de la franja entre los 16 y los 34 años siente ira por la situación del país.

Lo negativo se impone a lo positivo.

Sobrevuelo de cuervos.

La restauración conservadora.

La alianza mediática-judicial inoculó el virus del odio.   

Durante los 13 años de gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) unas 30 millones de personas salieron de la pobreza, accedieron a bienes y servicios, tuvieron tres platos de comida en su mesa, enviaron a sus hijos a la escuela, accedieron a créditos blandos para vivienda, autos, emprendimientos.

Se crearon 13 universidades federales y la matriculación fue, por lejos, la de mayor crecimiento en toda la región, con una suba del 275 por ciento en poco más de una década. Hubo incentivos, becas y la puesta en marcha de cuotas raciales para sectores históricamente excluidos de las casas de altos estudios, como los negros, indígenas y pobres.

Desde 2014, y acrecentado con el golpe parlamentario a la presidenta Dilma Rousseff en 2016, Brasil se vino a pique. La reducción de la pobreza se detuvo, 6 millones de personas perdieron su empleo. La desocupación trepó al 12 por ciento. El PBI cayó estrepitosamente, se aceleró la privatización de sectores estratégicos de la economía, también de la educación, se impuso la tercerización laboral y los hacendados volvieron a ser los señores de la tierra. Como en tiempos oscuros, hay una tutela militar en la vida cotidiana de los tres poderes del Estado que genera alarma y preocupación.

Los relatos en la calle no dejan de mencionar el liderazgo en las encuestas de un candidato ultraderechista. Jair Messias Bolsonaro, excapitán del ejército de 63 años, que promete una masacre blanca si llega a la presidencia. Garantiza balas para todos porque “las minorías o se adaptan a las mayorías o desaparecen”. Negros, mujeres, gays, pobres, colectivos LGTB, militantes de izquierda están en la mira de sus declaraciones altisonantes. Sus seguidores piden terminar con el comunismo encarnado en el petismo y la libre portación de armas.

Admirador de la dictadura militar de 21 años (1964-1985) a la que solo le reprocha haber “torturado en vez de matar”, asevera que la mitad de su gabinete serán militares, como lo es su candidato a vicepresidente. Tan fanático de los tiempos del Terrorismo de Estado y la Doctrina de Seguridad Nacional de Washington que gritó a los cuatro puntos cardinales que sería capaz de dar un golpe el mismo día de su asunción, acto de sedición que también cometería si el resultado no lo deposita en el Palacio de Planalto.

 

Como para no estar tristes

Para colmo, el máximo héroe de los pobres y la clase trabajadora está injustamente preso y proscripto para competir en las elecciones. Lula lideraba las encuestas con el 40 por ciento de intención de votos y superaba por más de 20 puntos a Bolsonaro, ahí se desató la guerra contrainsurgente del Poder Judicial y la presión de las Fuerzas Armadas para quitarlo de la batalla. A los leones, atado de pies y manos.

Detenido hace seis meses en la cárcel de Curitiba, hasta la Justicia Electoral de Paraná le quitó el derecho a votar. Curiosa democracia en la que en el 30 aniversario de la Constitución de 1988, el presidente de la Justicia brasileña, José Antonio Dias Toffoli, dice, sin inmutarse, que el golpe militar de 1964 no fue un golpe sino “un movimiento”.

Como Gilio, el escritor austriaco Stefan Zweig escribió en 1941: “Si el paraíso existe en algún lado del planeta, ¡no podría estar muy lejos de aquí!”.

Admitamos entonces el derecho a la rabia.

¿Qué le han hecho a mi terruño? Subyace en los diálogos callejeros, en las sobremesas, en los bares, en las asambleas.

¿Qué hacer?

Pero no solo Brasil dejó de ser la Terra da felicidade. La cultura del capitalismo feroz ha logrado fracturar el “pensamiento mundial” y apuesto todo a la derrota de los sectores populares. Una derecha ciega en Brasil arrastrará a todo el continente sudamericano. Los pueblos viven momentos de confusión, pero no se suicidan.

El pensador marxista Samir Amin nos da su diagnóstico sobre la situación actual del capitalismo a nivel mundial. Al cuestionar la actual militarización, las persistentes amenazas a la democracia y la degradación de las condiciones sociales de la mayoría de la población a nivel planetario se pregunta si “¿son sólo fenómenos ‘transitorios’ –como procuran hacernos creer los incondicionales del capitalismo- que, una vez superadas las angustias de una transición difícil, deberían desembocar en un período de expansión y de prosperidad? O bien (y ésta es mi tesis) ¿son síntomas de la senilidad de un sistema que hoy se hace imperativo superar para asegurar la supervivencia de la civilización humana?”

Esto es el capitalismo senil: salvaje, brutal, asesino.

Hagamos como María Esther Gilio: “Yo siempre digo que el día que me muera, en mi memoria o algo estaré con mis nietos, con mis hijas, mis amigos, pero también con alguien que no tiene nada que ver con mi mundo y que es ella. María, la campesina nacida en el nordeste de Brasil y con la que siempre entablamos una relación tan natural, tan íntima de reírnos tanto”.

 

Foto: Luciano Dico

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