Por Carlos Fanjul | Todavía falta un montón y ya no aguanto más.

Aprovecho este medio para manguearle escondite a quien sea. Una casilla modesta. En la Isla Paulino, ponele. Ya tengo el chinchorro para irme remando contento. Llegar, sin electricidad ni radio portátil. Ni ningún vestigio humano, si es posible. Quiero evitar que también allí me salgan con la misma cantinela de estas horas.

Ya estoy podrido, ¡y todavía falta lo peor!

Después, con la pelota rodando, sí sentiré clima de fiesta. Soy futbolero y claro que será colosal ver a Boca y a River chocando como dos locomotoras en la mismísima final de la Libertadores.

Cómo no voy a saber valorar semejante partido si, para mi gusto, la Copa es el torneo más grandioso de todos los existentes en el mundo.

Así que de la importancia del partido no me van a venir a hablar a mí. Ya leí por ahí, incluso, algo que no se me había ocurrido. Eso de que nunca pero nunca “en el mundo mundial”, como diría mi nieta, ocurrió algo parecido. O sea, que dos rivales clásicos de un lugar se choquen en una final internacional de esta magnitud. Hubo varios partidos muy grosos entre equipos enormes, pero nunca un Real-Barza, o un Inter-Milan, o los dos de Manchester, o qué se yo, una de esas tenidas que paralizan los corazones de un país.

Pero igual, ¿es necesario todo esto? ¿Hace falta que cada medio metro te aparezca uno de ellos y, con ese tonito altanero que tienen los dos, te haga sentir, como decirlo, como una especie de habitante de un submundo que no está a su altura?

Porque acá no hay vueltas, ¡hay que decirlo! Aunque a la Jefa le parezca como indebido a la hora de publicar esto, bosteros y gallinas son insoportables. Miran al mundo como desde arriba, como si uno fuera una piltrafa. Y los muy pavotes no se dan cuenta de que todo el resto de los hinchas, o sea la mayoría, les vivimos deseando el mal eterno. Y con eso de la mayoría tampoco me la vengan a discutir, porque en cada partido de cada uno de ellos nosotros contamos a favor con los malos deseos del otro de ellos. Siempre somos mayoría, y esto tiene de bueno que, según el caso, uno termina haciendo fuerza por Temperley o Arsenal, ponele, cada vez que visitan la Bombonera o el Monumental.

Pero no: ellos se creen superiores y te lo hacen sentir a cada metro. Bah, pensándolo bien, son hinchas de fútbol, como cualquiera de los demás. Y eso los hace, como todos, pasionales, irracionales, agrandados. Porque, tengámoslo claro: todos los hinchas de fútbol son (somos) iguales. Todos decimos lo mismo. Y, lo peor, lo creemos en el fondo de nuestro ser.

Miren, hay tres máximas que repetimos por igual:

  1. Este club es un sentimiento inexplicable, diferente a todos (para decirlo, el tipo se agarra la remera a la altura del ombligo y se la levanta hasta la boca para besarla con enamoramiento).
  2. Somos la hinchada más seguidora (ahí viene algún relato medio zonzo de alguna epopeya vivida, onda “me fui a ver a mi equipo al día siguiente de mi casamiento”, o cuando nacía un hijo, o el mismo día del velorio de su abuela).
  3. Somos el club más perseguido por el resto (apuntado por su grandeza por la AFA, la CIA, o el Ku Klux Klan).

Sean honestos. Esas falsas creencias pueden salir de boca de un hincha de River o Boca, pero también de Banfield, Chacarita, Barracas Central o Defensores de Cambaceres. Da igual, todos sentimos lo mismo.

Por eso, acá no se salva nadie. Todos ya hablan de lo mismo. Los que son de Boca, lo que son de River. Y los que no somos de ninguno.

Un único tema, el gran choque, se repite en todo sitio imaginable. La mesa de un bar, el tren, la esquina de cualquier punto del país. Y hasta en una marcha -de las mil que hacemos y seguiremos haciendo contra estos amarillos que nos hunden-, la final de América está presente.

Incluso entre aquellos que dicen que el fobal es el opio de los pueblos y que sirve para tapar la enorme cantidad de excremento que nos vive tirando el sistema, pero que en secreto también ya están nerviosos esperando la tenida.

 

La caja boba

Pero ahí no termina la cosa, sino que apenas empieza. Porque es tan enorme el choque entre los dos más grandes que no existe personaje de los medios, que se precie, que se banque quedar afuera del circo.

Y ahí te aparecen los periodistas deportivos y te cuentan realidades, o te inventan otras que se les ocurren en ese momento, o te arman polémicas sobre cualquier cosa, como que el 4 que es horrible se fue con cara de enojado cuando lo sacaron, o que el vocal suplente de un club anda pensando en que hay que rajar al técnico, o que la esposa del 9 dijo que el 8 del otro equipo era un tipo pintón. Todo sirve para hablar las 24 horas del Superclásico que se viene.

Y ahí no termina el verso, que sería más o menos lógico si uno piensa que hay que llenar canales o radios, o diarios deportivos, sino que también te aparece un Nelson Castro, por ejemplo, y, para no decir lo que hay que decir sobre este gobierno infame que nos gobierna te clava algo sobre Gallardo, mientras mira con cierta solemnidad a la cámara.

O Rial aprovecha el clima y te tira algún rumor sobre una flamante infidelidad futbolera.

O la chica del tiempo -no la anterior, sino otra que está ahora que hasta es meteoróloga en serio- no puede evitar la onda y desde ahora ya te está vaticinando si va a llover o no cuando se juegue el partido.

O hasta el flaco con cara de salame que está en algún canal infantil (¿creen que poniendo esa cara los pibes entienden mejor?) aparece y te arma juegos para gallinitas o bosteritos.

Nadie se quiere quedar afuera. No hay vueltas…

 

Magnetto, un perejil

Ahora, seamos claros: cuando uno habla de medios no debe quedarse en las caripelas que aparecen en cámara. La cosa es mucho más jugosa cuando se escala hasta los niveles superiores, los de la guita en serio.

Ahí, en este caso, uno se topa con la cadena Fox jugando su partido.

Se dice que ni bien Benedetto clavó el empate en Porto Alegre, el tal Carlos Martínez, presidente de Fox Networks Group, empezó a meter dedo en su celular y activó a sus empleados Hernández Donari, vicepresidente ejecutivo de FoxSports Latinoamérica, y Felipe Mc Gouh, encargado de programación, para que empiecen a presionar a quien sea para mover las dos finales del miércoles 7 y miércoles 21 a los sábados 10 y 24. ¿La razón? Sencilla. Al igual que como lo hace la Champions europea buscó y consiguió centrar la gran transmisión de esta finalísimas ese día de la semana, y así montar un interminable programa con gente en sus casas y, entonces, elevadísimos niveles de audiencia. Y de venta de segundos a millonarios sponsors, claro está.

No hace falta aclarar que la Conmebol cedió rápido y desoyó las quejas de la Superliga argentina, que amagó con un pataleo por no haber sido consultada tanto como para calmar a varios de sus afiliados que pusieron el grito en el cielo porque les metían semejante choque a la misma hora en que debían jugar algún partido de morondanga del campeonato local.

A Fox le resultó fácil la movida. Ya lo había comprobado hace unos meses cuando presionó al organismo continental para que se pusiera firme con el horario de inicio y terminación de los partidos, con el sólido argumento del alto precio del valor del segundo de transmisiones internacionales vía satélite. Precio que se eleva tanto porque, entre otras cosas, las cadenas de televisión venden cada segundo de publicidad a valores lunáticos.

Al lado de estos cosos, el tal Magnetto es un perejil que sólo ensalzan algunos K para seguir subsistiendo en su relato.

Bueno, la cuestión es que esa firmeza en el respeto al reloj –rara avis en este ispa- generó otra de las comedias en la previa de este Superclásico. La Conmebol trasladó esa cuestión -eminentemente de raíz económica- a formatos de sanciones deportivas para los técnicos de ambos equipos argentinos que tardaron en salir con sus jugadores en partidos anteriores, y así complicaron al bendito satélite.

Por eso el Melllizo Guillermo y Gallardo debieron ver los respectivos partidos de sus equipos desde cabinas de transmisión. El igualito a su hermano cumplió manso con lo dispuesto, pero el Napoleón millo fue, vino, y fue otra vez. Y terminó haciendo lo que se le cantaba. ¿Vieron? El tipo todo lo hace con la misma cara. Se metió en su vestuario cuando no debía, dio su charla a los jugadores y, cuando salió, casi que desafió a los cronistas para que noten que le importaba un bledo la injusta sanción porque él sentía que debía “estar al lado de los muchachos”. Un santo. Y más carita angelical dibujó cuando vio que la maroma le venía pesada, y ya no había carita de bueno que valiera para poder estar cerca de esos muchachos. Pidió disculpas, pero por un largo rato sólo verá por tele cada partido de su millo.

Y todo por unos segundos de televisión.

 

Hasta Trump jugará el gran partido

Otro sainete súper clásico es el que nos enchufó el más amarillo de este gobierno amarillo. También con carita de yo-no-fui clavó primero que no quería una final entre su Boca y los otros, ya pensando en el bolonqui de organización que se le venía. Pero, más tarde y fiel a su estilo, redobló la apuesta y le tiró por la cabeza a la Pato Bullrich su decisión de que estuvieran también los hinchas visitantes en ambas canchas. Luego dejó la decisión “en manos de los clubes”, que hoy decidirían que el partido será sin visitantes.

Sus declaraciones, sin embargo, generaron revuelo y hasta algún sublevado en la tropa propia, como intentó ser el ministro de Seguridad de la Ciudad de Buenos Aires, Martín Ocampo, quien, sin temblarle la pera, salió a contradecirlo con argumentos varios: “Cuando movilizamos todo el sistema de Seguridad, no vemos sólo el partido. Tenemos que considerar no sacar policía de la calle debido a las marchas de protesta, ya que tenemos un montón en el ámbito de la Ciudad”. ¡Vamo’ nosotros, que algún miedito les generamos!

Claro, el tipo luego lo pensó mejor, y no solo jugó el juego de la presión para que los partidos sean lejos de la llegada de Trump, Merkel y toda la parentela del G20, sino que se sumó abiertamente al pedido de “madurez para que todo sea una fiesta” que lanzó su jefe máximo. El otro más cercano –Rodríguez Larreta- eligió un cauteloso silencio, antes de empezar a festejar efusivamente la arriesgada decisión de la Casa Rosada.

En esta recorrida en la que todos juegan su partido no minimicemos la llegada del capi di tuti li capi de la yankilandia padre/madre del mundo. Es que Don Trump, y toda esa comitiva de apellidos globales, se vienen a estos pagos para ajustar el método de dominación hacia los países más flacos y eso lo tiene a Mauricio como loco. Es que, mientras su cabeza no puede salirse de la superfinal, también funciona a tiempo completo con esa cumbre. Por un lado, para no perder la ocasión de seguir entregándonos al gran mundo, mientras que por el otro, se obsesiona para que todo funcione en la forma prolijita que ese mundo exige a estos paisitos tan amables con los extranjeros (rubios).

Al respecto, vale como siempre leer al enorme Alfredo Grande: “La final de la Copa Libertadores de América ahora es Toyota Libertadores. Sin eufemismos. El fútbol, la pasión de multitudes, es una trasnacional con nombre y apellido. El fútbol es una forma de lavar la tragedia social. Lavarla, enjuagarla y secarla. Incluso almidonarla, para que esté blanca y radiante (…). Es consumido en escala planetaria, gracias a las multinacionales de la televisión. Por eso los dos extremos se tocan. En la recontra súper final y en el G20. Boca-River y Países Desarrollados con Países Saqueados. Con la diferencia de que para la súper final el Presidente solicita que pueda ir la hinchada visitante. En cambio, para el G20 la hinchada local está excluida. A lo sumo puede optar por amucharse en las cercanías del estadio para ser gaseada y apaleada por los Bullrichs boys. Una final con visitantes, la deportiva, y otra final sin locales, la política”.

¿Ya quedó dicho que el tema y sus juegos de intereses me tiene podrido, no? Sí, ya está claro. Capaz que por eso, en medio de uno que otro insulto, el celular me trajo la voz de la Jefa con un “dale, escribite algo sobre el Superclásico”.

Pero, ¿estará segura? Si somos un portal distinto. Nos salimos de la agenda impuesta, investigamos y buscamos otras posturas por fuera de la maldita grieta en la que si decís A sos B, y si decís B sos A. Elegimos caminar lejos de Bonelli y de Navarro. ¿Para qué meternos con esto?

“Y… pero se le ocurrió al Cráneo que algo tendríamos que publicar”. ¿¡El Cráneo!? ¡Pero si seguro que sacó esa idea aún con la resaca de anoche, a puro whisky sin hielo!

Pero, bueno, algo tenemos que sacar… Es un River-Boca por la final de la Copa, no podemos quedarnos afuera.

en octubre

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