Por Sofía Acosta | “El trabajo doméstico es mucho más que la limpieza de la casa. Es servir a los que ganan el salario físico, emocional y sexualmente (…). Tenerlos listos para el trabajo día tras día. Es la crianza y cuidado de nuestros hijos (…). Tras cada fábrica, cada escuela, cada oficina o mina se encuentra oculto el trabajo de millones de mujeres que han consumido su vida”.

Mientras me acomodo en la segunda fila para escuchar a la señora que, tímidamente, entra al cuarto, con una expresión que bien podría ser de  sorpresa, aparece su diminuta figura. Pone los pies sobre la alfombra. Casi temerosa lanza una mirada sobre nosotras, sonrientes, expectantes, tratando de registrar de todas las maneras posibles esa charla, ese encuentro, que sí existió.

La presentan. “No lo necesita”, pienso. Las oraciones comienzan a salir de su pequeña boca que se ilumina -y nos ilumina- cuando refuerza con todo el cuerpo sobre el escritorio que tiene delante las palabras que se hacen más y más grandes en un español-italiano-yanqui que despierta ternura y simpatía al mismo tiempo. Difícil, al principio; amoroso, al final.

“Hoy las mujeres son protagonistas de las luchas, en la defensa del petróleo, de la tierra, en contra de todo tipo de contaminación y la privatización. La violencia que hay contra ellas, se ejerce  porque son las primeras en la línea de defensa. Muchas veces deben confrontar con hombres y jóvenes de su comunidad porque ellos son más fácilmente seducidos por el salario, porque no miran más allá del presente ni comprenden el fin de la vida en el lugar de su comunidad”.

Las sonrisas se nos dibujan. Comprendemos cada palabra que dice, las sentimos. Esa mezcla de idiomas ya no necesita traductor, ni traductora. Todo lo que dice es entendido porque lo vivimos, lo sufrimos. Asentimos ante las ideas que la escritora ha decidido compartir con nosotras.  El trabajo no remunerado, el invisibilizado, el que hacemos todos los días cada una de nosotras en mayor o menor medida y desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Organizamos casa, distribuimos tareas, pagamos cuentas, sacamos cuentas. Trabajamos fuera y dentro del hogar. Sostenemos. Damos vida. ¿Para qué? O, mejor dicho ¿para quiénes?

Una y otra vez, Silvia Federici vuelve sobre esta misma idea, la de la reproducción como una forma más en el engranaje del sistema capitalista. Damos vida a hombres y mujeres sin la responsabilidad que implica criar a un sujeto politizado, capaz de transformar el mundo.

 “No se puede separar lo político de lo reproductivo. Reproducirnos es introducir valores en otra vida. No siempre se ha visto que en verdad la crianza es una actividad extremadamente importante y fundamental, que necesita un trabajo colectivo y una politización porque es producir el nuevo mundo, es decidir qué mundo vamos a construir, cómo lo vamos a hacer. Es muy complejo, muy creativo, muy transformador y se debe hacer colectivamente porque si no es un trabajo que es organizado sólo para reproducirnos para el mercado laboral”.

Se debe hacer colectivamente.

La inmensa escritora ahora pone el énfasis en criar de forma colaborativa, cuenta experiencias de mujeres en Bolivia, en la Villa Retiro, donde las mujeres  han podido extender la casa, la cocina, a lo público; y  han podido compartir saberes, experiencias, como históricamente lo han hecho otras mujeres, en otras partes del mundo, donde una vez al mes el punto de encuentro era el río.

Cada vez que termina de hablar no hay competencia por preguntar, se hacen silencios que inundan el aire. Nos miramos. Cómplices, sonrientes, temerosas, felices de estar ahí. Una mano se levanta cerca de mí: “¿Existe un feminismo anticapitalista?”.

–Ya me amigué con el texto y el lugar-, responde segura y, esta vez, efusiva.

“Hay muchísimas formas de feminismo. En los últimos 40 años, desde la última mitad de los años 70, ha empezado a emerger un feminismo que yo llamo institucional, de Estado. Este feminismo procapitalista y neoliberal ha usado una agenda feminista distorsionada, domesticada, y se ha apropiado en parte del lenguaje para integrar a mujeres en la máquina del trabajo de la economía global, mal pagado, más precario, más peligroso y con la mitificación de la emancipación y con mucha hipocresía. Se habla de las mujeres y al mismo tiempo se cortan los recursos que pueden hacer posible mejorar la vida. Yo no estoy con estos feminismos. La perspectiva feminista no es sólo sobre la historia de la mujer. Es una mirada que cambia la visión sobre la totalidad de la sociedad, de la organización del trabajo en la sociedad capitalista y de las formas de violencia”.

Avisan que está por terminar. No quiero, pero ha hablado más de dos horas sin pausa. “Me tengo que animar”, me digo. No puedo. Terminó.

Un aplauso maravilloso corona la tarde y la charla que la inmensa Federici ha brindado. Mi oportunidad se esfumó.

Me levanto de la silla, feliz, pero retándome: ¿Por qué no lo hice? Era ahora o nunca. Levanto la mirada y la veo, chiquita, con una sonrisa.

-¡Gracias!- me animo a decirle.

-¡No! -me corrige-. Gracias a vos.

 

 

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