Por Revista Cítrica | “Hace dos años nos prometieron reubicarnos en un lugar que nos iban a dar. Pero nos mintieron. Nos pidieron los documentos y todo, ¿y qué pasó? Que a las dos de la mañana te encontrabas que te estaban sacando la mercadería de tu casa. Hoy por hoy nos da terror cuando nos dicen que nos van a censar, y nos da terror dar los documentos porque no sabemos si no es para sacarnos la mercadería. Por eso no me quiero censar. Yo no creo en ellos. ¿Cómo sé que no van a hacer lo mismo si hoy vinieron, se llevaron todo y nos pegaron? Por eso no me quiero ir de acá, del medio de la calle. No es que me gusta luchar, es que no me queda otra para darle de comer a mis hijos”. Este testimonio de una vendedora ambulante no es de hoy. Es de hace dos años.

Exactamente hace dos años la policía de la Ciudad reprimía y desalojaba a los manteros y las manteras de Once. Y les prometían el paraíso. Un paraíso que, ya sabían, nunca sería real. «Es una mentira, es una estafa», decía una señora en silla de ruedas que había sido golpeada por unos policías, que en medio de tantos palos e impunidad no se detuvieron a ver si golpeaban, mujeres, niños o discapacitados.

¿Y el paraíso prometido por Horacio Rodríguez Larreta? Unos galpones propios cedidos por el Estado. El sueño del local propio. Trabajar bajo techo, no sufrir el sol de enero, el frío de julio ni las tormentas. Además les prometió que estarían en blanco y tendrían el apoyo y la propaganda suficiente como para que la gente se acerque a esos galpones, ubicados por calles donde no pasa un alma. Prometió que publicitaría los galpones para que vendedores y vendedoras no tuvieran que volver a la «ilegalidad» de la calle. Pero han vuelto a la ilegalidad. Porque las promesas nunca se hicieron realidad.

 «Nos duele en el alma llegar a nuestras casas y decirles a nuestros hijos que no tenemos nada. Vivimos el día a día»

El recuerdo de aquel 10 de enero aún le duele a Margarita, referente de vendedores ambulantes de Once:“Llegaron a la madrugada, por sorpresa, y levantaron los puestos. A la mañana nos juntamos con los demás vendedores y la policía tomó represalias. Por intentar defender a una señora en sillas de ruedas, recibí un palazo en la espalda. Vinieron a romper todo. En ese momento lo único que hice fue correr. Los varones estaban atrás, las mujeres por delante. Así y todo no tuvieron contemplación. Dolió mucho”.

Dolieron los golpes, dolieron las pérdidas económicas de ese día y de los que vendrían, dolió la mudanza, dolieron las promesas incumplidas pero lo que más duele es el hambre y la necesidad: “Nos duele en el alma llegar a nuestras casas y decirles a nuestros hijos que no tenemos nada. Vivimos el día a día.¿Quién se pone en los zapatos del pobre?”, se pregunta Margarita.

El Gobierno de la Ciudad -en 2017- les hizo creer a manteros y manteras que se ponía en los zapatos del pobre, que los ayudaría si censaban y se mudaban a la Feria del Once en La Rioja 70 o a la Feria de la Estación, en Perón 2869, dos puntos del barrio por donde casi no pasan quienes todos los días se toman el tren. En los tiempos en donde aún había manteros y manteras con la esperanza de que los puestos funcionaran, había 750 personas entre los dos predios. Al principio hubo curiosidad: el público se acercaba a consultar, comprar, o simplemente iba de paso. Pero el esplendor duró poco, muy poco. Y la propaganda prometida por el Gobierno de la Ciudad nunca llegó: “Muchos compañeros renunciaron por no tener dinero para reponer la mercadería. Y tener lo que tenemos nos ha costado años de sacrificio”, confiesa Margarita.

“La venta está muy baja por la falta de publicidad. Lamentablemente el Gobierno no tiene ningún interés en que esto funcione. Pensamos que íbamos a entrar en la formalidad del sistema, pero ya llevamos casi dos años, y no pasa nada. Muchos tienen miedo de salir a vender por la policía”, agrega Henry. Cítrica recorrió los galpones: más allá del inspector que se pasea con el chaleco del Ministerio de Ambiente y Espacio Público, el vigilante y los mismos vendedores, no hay más nadie en el lugar.

 “Muchos compañeros renunciaron por no tener dinero para reponer la mercadería»

“¿Dónde está el Ni una menos? Porque acá vinieron los policías y nos pegaron a todas las mujeres, y encima se robaron toda nuestra mercadería. Yo soy padre y madre para mis hijos, los mantengo, porque mi esposo es discapacitado y no puede trabajar. Además tengo a cargo a dos nietos. Soy el sustento de mi casa y hoy me quedé sin nada. Yo vengo desde La Plata a trabajar, porque acá los alquileres están demasiado caros. Si tuviera otra opción, estaría trabajando en otro lugar. A mí me gustaría dejar la calle. Pero no puedo. Tengo que venir y trabajar. Ni robar, ni vender falopa. Yo soy una mujer de 40 años y no consigo trabajo. En realidad no tendríamos que ser manteros, tendría que haber laburo para todos. Un día que llueve no podés armar el puesto, y ese día no llevás nada a tu casa”, decía Gabriela el 10 de enero de 2017, el día que le prometieron un techo para que pudiese trabajar a pesar de la lluvía. Eso, por supuesto, nunca pasó: hoy los galpones se inundan hasta el primer chaparrón y no solo no se puede vender; también se arruina la mercadería.

«Estoy convencido de que el negocio funcionaría si tuviera mayor difusión. Yo fabrico los productos que vendo y tengo que bajarle los precios aún cuando todo sube y ni siquiera así consigo vender. Acá venimos a calentar el asiento. Vendés una prenda y no te alcanza ni para el menú. Si incendiamos un contenedor en la puerta, la prensa viene enseguida y nos criminaliza. Nos discrimina. Ahora nadie viene a ver cómo estamos”. Alex solo necesita que alguien vea lo que vende para poder venderlo. Eso le prometieron, no cumplieron. Dos años de promesas incumplidas.

“El reino de los manteros”, «Las cifras millonarias que mueve la venta ilegal”, «El mantero que tenía pesos y dólares», «Los manteros quemaron basura», decían la televisión, Clarín y La Nación el 10 de enero de 2017.

El 10 de enero de 2019 ya no dicen nada. Dijeron hace dos años que el Gobierno les daría trabajo a manteros y manteras en los galpones. Nunca esos medios fueron a los galpones. ¿Para qué irían? La misión está cumplida.

Foto: Pablo Barrientos

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