Redacción Canal Abierto | “La guerra es un espectáculo”. Con esta frase, Conrad Brean (Robert de Niro) -asesor de la Casa Blanca- logra convencer al productor de Hollywood (Dustin Hoffman) de ayudarlo a «inventar» una guerra con Albania, transmitirla por televisión, y así distraer al público norteamericano de un escándalo sexual que involucra al Presidente y candidato a la reelección.

Basada en la novela American Hero de Larry Beinhart, Wag the Dog (Mentiras que matan en Argentina) no sólo fue en una de las películas más taquilleras de aquel 1997, sino también una suerte de profecía auto cumplida.

A pocos meses del estreno del film y producto de un escándalo sexual con una de sus asesoras de 22 años (Monica Lewinsky), el Congreso norteamericano impulsó un proceso de destitución contra Bill Clinton que tiempo más tarde culminaría en absolución. Sin embargo, aquel impeachment minaría la imagen del mandatario y abriría el camino para que en las elecciones de 2001 triunfara el líder de la oposición, George W. Bush.

Nunca sabremos si Wag the Dog sirvió de inspiración para Clinton y los suyos, pero lo cierto es que en agosto de 1998 -en plena investigación y con el escándalo en la tapa de todos los periódicos- el entonces presidente no tuvo mejor idea que descargar una lluvia de misiles sobre Sudán y Afganistán. El anuncio del bombardeo coincidía con la finalización de las declaraciones de Lewinsky ante el Gran Jurado en las que contrariaba las versiones oficiales. En conferencia de prensa, un periodista incluso preguntó al entonces secretario de Defensa, William Cohen, si había visto la película. Como era de esperar, la respuesta del funcionario fue negar cualquier tipo de relación.

Las sospechas sobre una posible cortina de humo (título con que se estrenó el film en España) fueron todavía más fuertes cuando, meses más tarde y a tres días del inicio formal del proceso de destitución (19 de diciembre de 1998) la Casa Blanca lanzó la Operación Zorro del Desierto. En aquella oportunidad los misiles cayeron sobre Irak y los pretextos, fueron aún más endebles que en las escaladas militares previas.

Si bien la historia no se repite de manera idéntica, las últimas novedades sobre política interna de EE.UU. y sus acciones militares en medio oriente resuenan -cuando menos- a deja vú. Es que por estas horas, también acorralado por un impeachment que promete provocar un fuerte desgaste público en medio de un año electoral, Donald Trump estaría recorriendo los pasos de Clinton.

Hoy los medios internacionales utilizan sus portadas para debatir si el asesinato del general iraní Qasem Soleimani es un acto terrorista norteamericano o una acción que traería mayor seguridad global, si estamos en vísperas de una tercera guerra mundial o acaso se trató de una medida para –como consignó el líder de la Casa Blanca- “evitar una guerra, no para iniciarla”.

Lo cierto es que Clinton y Trump no son –ni serán- los primeros jefes de Estado en echar mano de acciones bélicas para desviar la atención en diversos climas políticos adversos: desde la invasión a Afganistán cuatro décadas atrás por parte de la Unión Soviética a los innumerables secuencias de violencia entre Vladimir Putin y milicias chechenas, o el aprovechamiento de la legítima causa de Malvinas por parte de los militares genocidas argentinos y Margaret Tatcher, por citar sólo algunos casos.

Es cierto, la guerra tiene mucho de espectáculo. En la pantomima protagonizada por De Niro y Hoffman no se lanza ni un misil sobre Albania. Todo es teatro y ficción. De hecho, los albaneses toman conocimiento de la supuesta guerra en su tierra a partir de lo que ven televisión. Algo similar parece suceder en territorio norteamericano -al menos, hasta ahora- gracias a una tecnología militar que permite hacer la guerra desde un control remoto, como en los videojuegos. En Bagdad, Palestina o Siria la cosa es bien diferente. Allí también tiene algo de espectáculo, aunque este sea monstruoso.

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