Redacción Canal Abierto | En 2018 Bárbara García reconoció al jefe del operativo en el que secuestraron a su madre, Rocío Martínez Borbolla, en 1976. En un juzgado, de entre más de 500 fotos de mala calidad de distintas personas, eligió tres, y las tres pertenecían a Martín Sánchez Zinny, por lo que el juez Daniel Rafecas lo procesó.

En febrero el represor la denunció por falso testimonio. La acusación del militar fue rechazada por el juez Rodolfo Canicoba Corral y también por la Cámara Federal y el jueves de la semana pasada llegó a Casación Penal. En caso de prosperar podría poner en riesgo el juicio oral por delitos de lesa humanidad que debe afrontar el represor, programado para este año.

La velocidad con la que escaló las dos instancias judiciales la denuncia y los engaños jurídicos utilizados por el represor hacen sospechar a la mujer de un entramado de complicidades en el Poder Judicial que no solo podrían complicar la causa sino su propia situación procesal.

A la par, una amplia campaña de difusión mediática, la solidaridad de los organismos de derechos humanos y el acompañamiento del propio presidente Alberto Fernández hacen que la víctima, periodista de profesión -hermana del conductor televisivo Camilo García e hija del ex presidente de la agencia Télam, Martín García-, no tenga dudas de los pasos a seguir: “Lo que pretenden es que no declare, pero eso no va a ser así, voy a declarar con más convicción que nunca”, asegura a Canal Abierto

¿Cómo recordás el día del secuestro de tu madre?

-Cuando entraron a mi casa yo dormía con Camilo, en el mismo cuarto, en el barrio Envión de Haedo, un barrio bien de trabajadores. Yo ya estaba preparada, tenía nueve años y mucha bajada de línea de mi mamá: no mirar la tele, no salir a jugar, nunca decir quién venía a casa, cuando salíamos nos metíamos en el piso de los autos.  Me trepo a la cama de Camilo, intenté abrir la ventana pero se trabó. Gracias a que la ventana no se abrió, hoy nosotros estamos contando la historia, porque la casa estaba totalmente rodeada.

Entran al cuarto, nos apuntan, se empiezan a reír, yo estaba con pánico, me dan un culatazo en la pierna y me tiran de la cama, se escuchaban gritos, le decían barbaridades a mi madre, ella vivía ahí con el que era su novio, Pedro Oscar Martucci, desaparecido, se los llevaron a los dos.

Lo miraban a Camilo y decían “a este nos lo podemos llevar, pero ¿con esta qué hacemos, la matamos?”. Imaginate si yo no me voy a acordar la cara de ese tipo, es imposible que no me acuerde. Yo crecí rogando que me lo pusieran enfrente porque yo lo iba a reconocer.

¿Cuándo fue la primera vez que pudiste contar todo esto en la justicia?

-En todas las declaraciones que hice, siempre dije: “si a mí me ponen al hombre que estuvo en mi casa esa noche, una foto o identikit, lo voy a reconocer”. Lo necesitaba, rogaba eso, era una forma de pensar que esa persona nos iba a llevar a donde estuvo mamá.

Pasaron los años, nunca supimos nada de nuestra madre hasta que un ex conscripto tuvo un infarto, sobrevivió y se decidió a contar todas las cosas que vivió cuando era colimba. Se acercó a Pablo Llonto y Ernesto “Coco” Lombardi, y empiezan a hacer un trabajo maravilloso que desencadenó en que este grupo de tareas comandado por Sánchez Zinny pertenecía al Regimiento VI del Ejército, de Mercedes. Y que fueron los que realizaron la Masacre de la imprenta San Andrés, una de las peores porque fue la que menos sobrevivientes tuvo.

En esa imprenta se hacia la revista El Combatiente, que la editora era mi mamá, y Estrella Roja, por lo tanto en cuestión de dos días cayeron todos, 37 personas del ERP y de la Juventud Guevarista, asesinadas por este tipo. A la primera casa que fueron fue a la de mi madre.

Y gracias a esa declaración se pudo abrir la causa…  

-Nunca se imaginaron que se les venía la noche, porque pertenecían a un lobby jurídico importante, uno de ellos había sido diputado, integraban una elite intocable, entonces fue una sorpresa cuando cayeron. Los llevan a Campo de Mayo, yo seguía insistiendo que si lo veía lo iba a reconocer, Rafecas vio mi película (NdA: “La carta de Bárbara”, ver abajo), y me dio la oportunidad.

En el reconocimiento me planto en tres fotos, y las tres correspondían a él. Los abogados lloraban, no había posibilidad de error. La abogada empezó a gritarme diciendo que, como soy periodista, podía acceder a métodos de investigación especiales, pero si revisás internet no aparece ni una foto de Sánchez Zinny en 1976. Pero además, yo no podría haberla buscado porque no sabía a quién tenía que reconocer, y justo reconocí al jefe del operativo, que después fue Carapintada y se sublevó con Aldo Rico, ahora está muy complicado, doblemente procesado.

Y luego de eso vino la denuncia por falso testimonio…

-La primera jugada del tipo fue involucrar a su hijo autista. La ex mujer se comunicó conmigo por Facebook, me pidió desesperadamente que la ayudara porque él estaba utilizando al chico para sacárselo a ella y tener elementos para reclamar la domiciliaria, pero que ella tenía mucho miedo porque su ex marido era una persona sumamente peligrosa. Con eso le dieron la domiciliaria, yo vivo en zona norte y él también, relativamente cerca, le dan domiciliaria sin muñequera y sin tobillera, bajo la responsabilidad de su actual pareja que es la ex mujer de otro represor que está preso, entonces me fui de mi casa y durante dos años me mude tres veces, muy poca gente sabía dónde estaba viviendo.

En febrero de este año me notifican de la denuncia por falso testimonio, el abogado me decía que era una estrategia para llegar lo más limpio posible al mega juicio y para eso me tenía que embarrar a mí.

En un Comodoro Py que inició la cuarentena antes que el Presidente la decretara el 20 de marzo, funcionando con el 30% del personal. Luego apelaron por segunda vez y ahora pasó a Casación. Nunca nos habíamos enterado que había pasado por Cámara, si Comodoro Py ya estaba totalmente cerrado.

¿Supones que pueden tener contactos en la justicia que le hagan avanzar el reclamo?

-A estos tipos alguien les prometió algo, porque eso no tendría que haber pasado ni siquiera a Cámara Federal, su idea es que, si Casación lo rechaza, llegar a la Corte. Si estaba Garavano yo ya estaba presa, sin dudas.

Y apostaste a la difusión y la solidaridad para intentar frenar la avanzada…

-Superó las expectativas porque la secretaría de Derechos Humanos con Horacio Pietragalla, me puso apoyo terapéutico, el Presidente se contactó conmigo el sábado y el domingo diciéndome que no tenga miedo que él iba a seguir de cerca todo esto, y me incluyeron en el programa de Testigos Protegidos. Me escribió el hijo de Julio López…

A pesar de los temores, estas decidida a seguir adelante…

-¡Lo siento al tipo en la nuca! Me desestabilizaron, yo no lloraba nunca y ahora lloro todo el tiempo, no duermo de noche, pero nadie me vuelve atrás, este cordón humano que me protege me va a permitir llegar al juicio con todas las pilas.

Me molesta por mis hijos, por mi hermano Camilo, son muchos años de mucho sufrimiento, soy una sobreviviente, me costó muchos años reconocer que estaba viva, pero imaginate que vengo pedaleando desde los nueve años. Lo que pretenden es que no declare, pero eso no va a ser así, voy a declarar con más convicción que nunca porque ahora no solamente se metieron con mi madre y le cagaron la vida, sino que le están cagando la vida a mis hijos.

 

Una gota de Rocío

El 13 de junio de 1976 un grupo del Regimiento de Infantería Mecanizada N°6 de Mercedes atacó la casa de la militante Rocío Ángela Martínez Borbolla y la secuestró. Había nacido en España 33 años antes, era docente y estudiante de sociología en la facultad de Filosofía y Letras, cofundadora y delegada de Ctera, integrante del PRT-ERP y editora de la revista “El Combatiente”.

Sus hijos, Bárbara y Camilo, finalmente fueron dejados en la casa de un vecino que los entregó a su padre.

Sánchez Zinny, a cargo del operativo, está involucrado en la megacausa de “La masacre de la quinta de Moreno”, en la que se investigan secuestros y desapariciones de parte de la cúpula del Partido Revolucionario de los Trabajadores y de la Juventud Guevarista. El comando genocida habría llegado hasta allí luego de descubrir la imprenta clandestina que esas organizaciones tenían en la localidad bonaerense de San Andrés.

 

 

Entrevista: Leo Vázquez 

 

 

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