A 18 años de la Masacre de Avellaneda En estos fragmentos de su libro “La política está en otra parte”, Hernán López Echagüe reconstruye la figura de Darío Santillán, el contexto político y los hechos que desmbocaron en su asesinato y el de Maximiliano Kosteki y el accionar criminal de grupos hegemónicos y voceros mediáticos para inculpar a las víctimas.

(Fragmentos del libro La política está en otra parte,
de Hernán López Echagüe, Grupo Editorial Norma, diciembre de 2002)

 

(…) Habían transcurrido contados minutos cuando en lo alto del umbral de la casa asomó una cara barbada y risueña. Un muchacho de veintipico, enorme, acaso un metro noventa, buenos músculos, ojos del color del añil que parecían contemplar todo con aire parsimonioso. Era Darío, con quien partimos hacia el barrio La Fe para reunirnos con otros miembros del Movimiento.

Ya en el barrio, Darío se despojó de la camiseta y con el torso desnudo se puso a caminar a mi lado, en tanto, con extremada timidez, voz baja, casi inaudible, me refería las amenazas que continuamente recibían de hombres del justicialismo de Lanús y personas que, tenía certeza, no eran otra cosa que policías arropados de civil. Amenazas habitualmente nocturnas y a punta de pistola. El aguacero de la noche anterior había hecho del asentamiento un interminable y laberíntico lodazal. A pesar de la ferocidad del sol, que caía a plomo en la cabeza y reverberaba en los ojos de Darío, y en las latas y botellas diseminadas a uno y otro lado del trayecto, todo era caminos y senderos y atajos barrosos, y charcos que reventaban en infinitud de arroyos amarretes que serpenteaban por toda parte. A nuestro paso, endebles casillas de madera y chapa, casas inconclusas, montículos de escombros, miradas llenas de curiosidad, miradas llenas de amargura, miradas al acecho, y decenas de perros andrajosos y chicos jugando a la guerra y lánguidos cabeceos a la manera de saludo. Al cabo de minutos de caminata llegamos a un galpón nuevo, donde funcionaban la herrería y la limitada fábrica de bloques. Allí nos esperaban Carlos, Marcelo, Nelson. Nos sentamos, a la sombra, en círculo, el trasero apoyado sobre improvisadas banquetas montadas con tablones astillados y bloques de concreto. Marcelo, cuerpo hercúleo moldeado por los trabajos duros, gruesos bíceps tatuados, se ocupó del mate. Con cortedad al comienzo, de manera franca y suelta con el correr de los minutos, nos pusimos a conversar acerca de las cuestiones que, precisamente, he tratado de compendiar en este libro. Decía Darío: “Estamos en contra de la democracia representativa, que ya ha demostrado su fracaso. Nosotros no nos proponemos representar a nadie, eso lo tenemos claro, sólo ofrecemos la posibilidad de la lucha para conseguir los planes Trabajar. El que quiera, que se sume a la lucha, los que no quieran luchar, problema de ellos, nosotros pedimos lo nuestro, no representamos al barrio”.

 

(…)  Duhalde había realizado dos anuncios dignos de reparo; uno, teñido de puerilidad o, acaso, de liso y llano sarcasmo: “La crisis ha quedado atrás, lo peor ya pasó”; luego, el asustador arrebato de guapo pendenciero al referirse a los cortes de rutas previstos por movimientos de trabajadores desocupados para el miércoles 26 de junio: “Respetamos los reclamos pero que no impidan movilizarse libremente a quienes tienen que ir a trabajar. No lo permitiremos”.

Nunca jamás llegué a suponer que la advertencia de Duhalde, persona que hasta ese momento no había hecho más que formular un sinfín de frases huecas y vanas, había de cobrar pasmosa entidad siete días más tarde. A la mañana siguiente partí hacia el barrio La Fe para encontrarme con la gente del MTD-Lanús; necesitaba saber qué opinaban al respecto, qué harían, y, por lo demás, tenía pendiente una charla con Juan Arredondo. En la guardería había una decena de mujeres y, buena fortuna, una de ellas me reconoció y me condujo, colgada de mi brazo, cuatro, cinco cuadras, hasta un galpón muy apretado donde estaban reunidos Flor, Pablo, Darío, Nelson y otros miembros de la Coordinadora Aníbal Verón. Todos inmersos en una conversación acerca de asuntos muy puntuales que Marcelo anotaba con letra de escolar en una pizarra: torneo de truco, dos pesos la pareja, premio simbólico; torneo de fútbol; qué hacer con los aprietes; planes trabajar; producción de la panadería, de la bloquera y del taller de herrería. En un aparte pregunté a Darío cómo habían recibido las advertencias del gobierno, si pese a todo llevarían a cabo los cortes de puentes y rutas el miércoles 26. Por supuesto, repuso con firmeza, no van a torcernos el brazo con bravuconadas de ese tipo.

 

(…)  Hay violentos enfrentamientos entre policías y grupos de piqueteros en el Puente Pueyrredón, dice la radio. Sin embargo, las imágenes que podemos observar en el televisor son muy otras: cientos de bestias cebadas y metidas en un uniforme persiguen por toda parte a cientos de personas que, aterrorizadas, corren como liebres con el único y excluyente objetivo de poner a buen resguardo el pellejo; les disparan con armas largas y pistolas lanzagases; de pronto, tres, cuatro especímenes de esos bárbaros de uniforme derriban a un joven sobre el asfalto y se ponen a patearlo con furia inaudita. Guillermo Andino, hombre por lo visto iluminado, dice en tono de admonición que habría piqueteros armados peleando entre sí; alguien le acerca un papel que él se pone a leer con rostro abúlico: “Parece que hay un policía muerto”, larga, muy confiado, sin ocultar la indignación. Desde la zona de Puente Pueyrredón, un periodista del programa de Georgina Barbarossa asegura tener el nombre del policía muerto; no puede revelarlo, se trata de una información todavía oficiosa; en los estudios del canal, otro periodista, uno de apellido Fernández Llorente, dice con circunspección: “Esto confirmaría que hubo gente armada del lado de los piqueteros”. El gobernador Felipe Solá, entre tanto, aplaude el operativo policial. Los móviles de buena parte de los canales de televisión ya se han instalado en la calleja de ingreso al hospital Fiorito, donde han comenzado a atender a los manifestantes heridos; por allí erran los diputados nacionales Luis Zamora y Vilma Ripoll a la caza de información; Andino vuelve a la carga: familiares de un piquetero herido, que habían entrado violentamente al hospital para rescatarlo, han sido detenidos. Un tal Alfredo Luis Fanchiotti, comisario inspector de Avellaneda, hombre petiso de rasgos simiescos, tiene la oportuna idea de improvisar una conferencia de prensa en el patio del hospital Fiorito, en las narices de amigos y familiares de las víctimas de la represión que, con desespero, se han agolpado en el lugar para procurar noticia. “Con esta gente no se puede hablar”, dice Fanchiotti. “Mire cómo nos agreden”. Y entonces, vaya casualidad, ocurre lo que el policía ha dicho y hasta ese momento, al menos a mi vista, no había ocurrido. Un episodio que mueve pensar en una sutil puesta en escena: un hombre aparece por detrás de Fanchiotti y le da dos trompadas certeras en el ojo izquierdo. El hecho sucede, por lo demás, cuando todos los medios han empezado a soltar la versión de que habría dos piqueteros muertos.

(…) Más tarde llamo a la casa de Pablo. Me atiende Flor, lo que resta de ella. Su voz suena distante, ajena. Está hecha añicos. Su relato, quedo y entrecortado, es demoledor y me trae a la memoria las luctuosas conversaciones que a mediados de 1976, en plena dictadura, solía mantener con amigos que ya no están: Pablo y otros compañeros han ido a buscar refugio en sitios ignorados, me dice; a Darío lo persiguieron hasta la estación y lo fusilaron, le dieron a quemarropa, por la espalda, no estaba haciendo otra cosa que tratar de reanimar a Maxi, hay testigos. Flor se hunde en el llanto; es que corría a metros de Darío, escapando de las balas, y lo vio enfilar hacia la estación Avellaneda. Juan Arredondo recibió un nuevo balazo, ahora en el culo, una posta de plomo, lo dejaron cuatro horas sangrando en el piso de la comisaría, mientras le pegaban con un palo en la herida y le decían, haciendo referencia al pantalón empapado en sangre: “¿No te da vergüenza a vos? Te cagaste encima, boludo”; Carlos tiene dos postas de plomo incrustadas en la espalda, pero no ha ido al hospital, ninguno de los heridos quiere hacerlo, temen que allí los detenga la policía y los lleven hacia cualquier parte, a seguir con su rutina de torturas y, por qué no, asesinatos al amparo de la protección que les brinda el Estado; a otro compañero le quebraron los dedos de las manos a mazazos. Flor quiere saber qué andan diciendo los medios porque se ha quedado sin fuerzas y ya no tolera ver televisión y escuchar radio; las mentiras, la tontera que al parecer se ha apoderado de todos, le provocan náusea y un dolor terrible e intenso que no sabe cómo mierda sacudirse de encima. ¿Viste lo que andan diciendo sobre el colectivo, que nosotros lo quemamos? Son unos guachos, hay más de un testigo que vio al grupo que lo incendió, eran cuatro, cinco tipos de pelo corto con itakas, armas largas, ¿a quién mierda se le puede llegar a ocurrir que fuimos nosotros? Tenemos más de ciento cincuenta detenidos, dice, y de los heridos ni hablar, tiraban a matar los hijos de puta, y todavía hay muchos compañeros que no regresaron al barrio, mañana lo sabremos mejor… mañana, repite su voz ahogada en lágrimas, mañana vamos a velar a Darío, en la guardería, la que él construyó.

 

(…)  Con extraordinaria virulencia, como un implacable torrente de lava, afloró toda la malicia e ignorancia de ciertos periodistas y medios de comunicación, y, claro está, la grosera desfachatez de no pocos funcionarios del gobierno. El secretario de Seguridad Interior, el democrático y progresista Juan José Álvarez, declaraba: “Las fuerzas policiales fueron agredidas. A partir de ahí, las policías que actuaron continuaron despejando la zona, siendo víctimas de una fuerte violencia. Se han visto agresiones con una honda, con armas de fuego, como ha denunciado un chofer de colectivos, escopetas, armas y bombas molotov”. Los titulares de los diarios movían a una indignación rayana con la ira. Clarín: “La crisis causó 2 nuevas muertes”. La Nación: “Dos muertos al enfrentarse piqueteros con la Policía”, y un subtítulo pestilente: “Grupos radicalizados de izquierda destrozaron negocios y quemaron autos y colectivos”. La Prensa: “Batalla campal”. La página de internet del diario Buenos Aires Económico, propiedad de Daniel Hadad, informaba: “Dos muertos, 90 heridos y 160 detenidos es el saldo de la jornada piquetera (…) Los policías utilizaron gases lacrimógenos y balas de goma para despejar las avenidas Mitre, H. Irigoyen y Perón, adonde se habían apostado los manifestantes y luego se produjo otro enfrentamiento en la estación Avellaneda”. La Voz del Interior, de Córdoba: “Dos muertos en la protesta piquetera de Buenos Aires”. El Río Negro: “Enfrentamientos entre piqueteros y policías dejaron 2 muertos (…) Quemaron colectivos y atacaron autos y comercios”.

La hipocresía, en fin, se había adueñado del lenguaje. ¿Dónde estaban las temibles armas de fuego que con gran desparpajo habían llevado entre sus ropas los piqueteros para exigir comida y trabajo digno? De veras raro ese gentío que, encontrándose pertrechado con itakas, bombas molotov y armas cortas, huía cobardemente por las calles cuando muy bien podrían haberse parapetado tras un auto, un árbol, y desde allí lanzar sus mortales municiones contra los hazañosos policías. Enfrentamientos, batalla campal, crisis, lamentables eufemismos para denominar una operación cuyos rasgos más distintivos habían sido la saña y la impunidad más abyectas. Dos muertos, represión con balas goma. Morir, que yo sepa, se puede morir de infinidad de maneras: dolencias graves, accidentes, vejez. Asesinar, al decir de mi viejo diccionario, significa matar alevosamente. Kosteki y Santillán gozaban de muy buena salud, eran muchachos capaces de resistir decenas de balas de goma, pero nunca jamás, claro está, el artero disparo de una escopeta. ¿Cómo era posible que, encontrándome en otro país, en el medio del campo, al otro lado del río, y teniendo como medios de información un teléfono, internet, un radiograbador y un televisor, pudiera haber obtenido yo datos que echaban por tierra la engañosa e insolente información que escupían los diarios?

(…)  En el mediodía del jueves 27, mientras una multitud vela los cuerpos de Santillán y Kosteki, el ciudadano Santo Biassati habla de vándalos y delincuentes y conversa, presa de un enojo sustantivo, con una comerciante de Avellaneda; la mujer lagrimea, los escaparates de su comercio han sido destrozados, está en la ruina, pero intenta explicar, en vano, pues el ciudadano Santo no le deja espacio para meter un bocadillo, que a su juicio no han actuado piqueteros, ella los conoce, de los cortes, de verlos siempre, y los responsables del ataque eran hombres extraños. ¿Para qué gastar el tiempo escuchando disparates de ese tenor? “Señora”, dice Santo en tono germánico, “debe quedar claro que la propiedad es un derecho y usted es una trabajadora”. De su boca no saldrá siquiera una palabra acerca del derecho a la vida, a la dignidad, a privilegios de índole tan extravagante que, en el programa Zap, Mariana Nannis nos hace saber que goza a carretadas: “Yo vivo acá en un hotel que me cuesta 4.650 dólares por noche”. En otro canal, Mónica Gutiérrez interroga a la madre de Kosteki. “Señora, ¿usted no sabe si su hijo fue obligado a ir al corte?”. La madre ignora de qué diablos le están hablando. Gutiérrez dirige la mirada hacia la cámara y con impostada suficiencia aclara: “La señora por lo visto no está informada, pero le pregunté eso porque en este tipo de corte los chicos que aspiran al Plan Trabajar deben ir como contraprestación”.

Pero Gutiérrez no estaba sola en la enjundiosa campaña de desinformación. Horas más tarde, en una emisión especial de su escatológico programa, Chiche Gelblung se pondrá a trazar un infamante y embrollado paralelo entre brasileños y argentinos; estamos viviendo un proceso similar al que padece Brasil, dirá, país donde los narcotraficantes emplean las “favelas” como base de operaciones para consumar sus delitos, y sí, sí, señores, como aquí lo están haciendo alegre e impunemente los piqueteros. Y el bueno de Chiche habrá de arribar a una lúcida conclusión: “Los pobres, los que son pobres están tratando de zafar. El tema está en que los pobres no son los que piensan, son otros los que piensan y ésos no son pobres”. Simultáneamente, desde los estudios de TN, uno de los conductores del programa “A dos voces”, Gustavo Silvestre, no lograba ocultar su vehemente ojeriza hacia los violentos y radicalizados miembros de la Coordinadora Aníbal Verón, suerte de novedoso demonio nacional, digno de ser temido y apaleado sin misericordia. Palabras de igual carácter, aunque en esta oportunidad signadas por un revulsivo y temerario macartismo, había de formular días después el dirigente (¿piquetero?) Luis D’Elía; hubo “infiltración ideológica por izquierda”, dijo; un tal “comandante Nicolás” ha mandado “gente armada con palos” con el fin de crear un escenario “funcional a intereses dolarizadores”.

 

*   *   *

En tanto el gobierno y la policía permanecían ajenos a las investigaciones, y con insultante descaro procuraban enturbiar los hechos, la verdad de lo ocurrido comenzó a tornarse pública a causa de investigaciones periodísticas, en particular las realizadas por el diario Página/12 y la revista Veintitrés, y, por sobre todas las cosas, gracias a los rotundos documentos fotográficos que obtuvieron, a fuerza de coraje y talento, Sergio Kowalewski, Pepe Mateos y Mariano Espinosa. El testimonio de Kowalewski, que reiteró detalladamente ante cuanto micrófono, grabador o cámara le pusieran delante, no resistía objeción alguna. Darío había sido fusilado en el hall de la estación Avellaneda por el comisario inspector Alfredo Luis Fanchiotti y su banda criminal. “Fanchiotti entró como loco en el hall y me mostró que tenía el cuello lastimado, como justificando con eso la continuidad de la represión”, dijo el fotógrafo. “Yo insistí explicándole que había chicos que ya se estaban yendo. El comisario me volvió a mostrar su herida. Entonces la marqué la diferencia: ‘Ustedes están con fierros y ellos con gomeras’. En eso aparece por detrás un gordo de Infantería que me dice: ‘Si no te gusta, andáte del otro lado’”. Kowalewski abandonó unos segundos el hall, para auxiliar a una mujer y buscar una ambulancia, y entonces oyó los disparos. Cuando regresó, Darío yacía junto a una columna.

Por lo demás, la televisión pasó a una escala superior del amarillo, a un amarillo con salpicones rojos, que, comprendieron de inmediato los jefes de programación, rendía mayores frutos. Silvia y Guido Süller, Jacobo Winograd y el Chupacabras, Giselle Rímolo y Silvio Soldán, quedaron temporariamente sin empleo. Antes, en vida, Kosteki y Santillán no habían sido más que un par de jóvenes violentos e intemperantes, unos de los tantos millares de desocupados que gastaban el tiempo en asuntos estrambóticos, dignos del desdén; ahora, muertos ya, asesinados de manera salvaje, comportaban un negocio razonable. Durante un puñado de días, pues, Darío y Maximiliano se convirtieron en los muertos escogidos por la televisión para sembrar de colorida compasión el ánimo de los telespectadores. Las imágenes de la cacería y del horror se instalaron de manera morbosa en la pantalla. Así las cosas, a toda hora, y en cualquier canal, podíamos ver a Darío junto a Maxi, en cuclillas, tomándole la mano; Darío incorporándose y alzando los brazos, en claro gesto de entrega, ante la irrupción de Fanchiotti y su banda en el hall de la estación Avellaneda; policías que a la manera de toscos empleados de un matadero arrastraban cuerpos jóvenes por el suelo del hall, por el asfalto, dejando a su paso una viscosa estela de sangre; un policía sonriente colocando patas arriba el cuerpo exánime de Maximiliano para apresurar el desangramiento; Darío tendido en el piso, los jeans rotos, el gorro blanco, su campera de cuero negro, estirando en vano su brazo ya debilitado en busca de ayuda, y un policía que por toda respuesta lo volteaba; Fanchiotti tomando a Dario por las axilas, exigiéndole que se incorporara, retándolo paternalmente al advertir la presencia de una cámara: “Dále, si no tenés nada, si vos podés”. Tuvimos la oportunidad de asistir a otros pormenores de la barbarie. Un hombre ataviado con una campera roja y blanca que, en la avenida Mitre, disparaba con una itaka hacia toda parte, fuera de sí, y a regañadientes, por fin, resolvía apartarse del lugar apurado por los gritos de sus compañeros de uniforme que le rogaban una pizca de cordura: “¡Pará, Leiva, pará!” , y acto seguido trepaba a una camioneta policial. Y supimos que el tal Leiva se llamaba Carlos y oficiaba de Jefe de Calle de la comisaría 1ª de Avellaneda. Y asistimos a la meticulosa operación limpieza de los abnegados policías, que como perros sabueso olisqueban las calles a la caza de los cartuchos rojos que identificaban a las balas de plomo, prueba elocuente de la tropelía que habían cometido. Vimos, en la pantalla, llorar a los amigos de Darío, y escuchamos sus lamentos cargados de inconducente culpa: “El nos dijo que corriéramos, que nos fuéramos, que él se quedaba a auxiliarlo, y nosotros rajamos, y lo dejamos solo, y no fuimos capaces de quedarnos junto a nuestro amigo, como lo hizo él, que se quedó a ayudar a alguien a quien no conocía”. Y luego la imagen y la voz de Leonardo celebrando la conducta de su hermano, su solidaridad.

Supimos, con el correr de las horas, de los días, que la operación masacre del miércoles 26 de junio del año 2002 se había extendido por los alrededores de la estación Avellaneda: Gerli, Plaza Alsina, avenida Mitre; ciento setenta heridos, veintiocho de ellos víctimas de balas de plomo; ciento ochenta y ocho detenidos. Javier Medina refirió a los medios cómo había sido baleado con plomo y goma por un hombre que vestía casco y uniforme, cuando intentaba escabullirse en la avenida Pavón; en Plaza Alsina, es decir, a quince cuadras de la estación Avellaneda, Alejandro Abraham recibió un tiro que le disparó un hombre arropado de civil, al amparo de la grácil mirada de un grupo de policías. Edgardo Ferrrari, de veintitrés años, miembro de la Coordinadora Aníbal Verón de La Plata, fue detenido por el parapolicial Francisco Federico Robledo, ex agente del Comando Patrullas de Quilmes, y conducido a un descampado cercano al supermercado Carrefour; allí padeció torturas y simulacros de fusilamiento. “Se lo vamos a mandar a mamá en una bolsita”, bromeaban entre sí los policías. En las comisarías de Avellaneda los agentes resolvieron divertir su ánimo despojando de sus ropas a varias mujeres detenidas, sometiéndolas a ultrajantes torturas.

En un claro y preciso artículo publicado en el periódico Página/12 días después de los asesinatos, y tras analizar el testimonio y la secuencia fotográfica de Kowalewski, Martín Granovsky y Laura Vales llegarían a las conclusiones que siguen:
“1. Que Fanchiotti ingresó a la estación detrás de Santillán.
2. Que lo vio con vida.
3. Que Santillán fue herido por las balas de plomo de la policía.
4. Que la herida fue una herida de muerte.
5. Que los policías desordenaron la escena del delito.
6. Que dejaron abandonado a Santillán después de arrastrarlo malherido y desangrándose.
7. Que Fanchiotti fue advertido por Kowalewski, es decir que la entrada en la estación Avellaneda la realizó con plena conciencia de sus actos y plena conciencia de lo que podía ocurrir.
8. Que incluso llegó a argumentar racionalmente (aunque fuese ridículo), amparándose en la herida del cuello.
9. Que su conducta puede quedar agravada porque no solo es un policía, y de ahí su mayor compromiso con la ley, sino un alto oficial.
10. Que no puede hablarse de emoción violenta, no solamente porque se trata de un policía, sino porque Fanchiotti no reaccionó a una agresión sino que corrió varias cuadras en busca de su blanco.
11. Que Fanchiotti y sus oficiales pueden haber conocido de antes a Santillán, un manifestante habitual en los cortes del Puente Pueyrredón.
12. Que o Fanchiotti mismo le disparó a Santillán, o se comportó como el jefe de la patota que ejecutó fríamente al piquetero”.

Los miembros de la policía bonaerense Alfredo Luis Fanchiotti, Alejandro Acosta, Lorenzo Colman y Carlos Jesús Quevedo, fueron detenidos. Los dos últimos, procesados por “encubrimiento agravado”, serían liberados tiempo después. El 26 de julio de 2002, a fojas 2439, la jueza Marisa Salvo habrá de convertir en prisión preventiva la detención de Fanchiotti y Acosta, “en orden a los hechos calificados provisoriamente como homicidio simple en grado de tentativa, dos hechos, y HOMICIDIO SIMPLE, dos hechos, todos en concurso real”. En sus fundamentos, escribirá la jueza: “(…) los imputados, de común acuerdo, siguiendo un plan unitario, con acabado conocimiento de la conducta que desplegaba el otro, y aprovechándose del marco institucional organizado en el que se desempeñaban, (…) dispararon sus escopetas hacia los manifestantes con cartuchos con municiones de plomo, con la finalidad de dar muerte a las personas que se encontraban frente a ellos, quienes sin oponer resistencia corrían, dándole las espaldas a los imputados”.

Pese a que en un primer momento el fiscal había denunciado ante el gobernador Felipe Solá a Fanchiotti y al titular de la jefatura departamental, comisario Osvaldo Vega, por haber entorpecido la investigación, borrado pruebas y dificultado la labor de la Justicia, el poder político centró las acusaciones en Fanchiotti, preservando a Vega por razones lógicas: el hombre cuenta con la protección del intendente de Lanús, Manolo Quindimil, y de Oscar Rodríguez, ex intendente de Presidente Perón, vicejefe de la Side y, motivo más que suficiente, íntimo amigo de Duhalde.

 

(…) Es miércoles 3 de julio, siete días han transcurrido del asesinato de Santillán y Kosteki, y las columnas de la Coordinadora Aníbal Verón han comenzado a reunirse en las adyacencias de la estación Avellaneda. Son millares de personas empapadas en agua, millares de rostros macilentos y a la vez llenos de indignación. Todo indica que, a pesar de la lobreguez del cielo, la marcha contra la represión hacia Plaza de Mayo, articulada por decenas de organizaciones, será mayúscula; aquí hay miles, y otros miles habrán de plegarse a esta columna en el trayecto, en la Nueve de Julio, en avenida de Mayo, hasta alcanzar la plaza y repletarla al grito que ahora escucho y me sorprendo coreando con vigor: “¡Darío y Maxi! ¡Presentes!, ¡Darío y Maxi! ¡Presentes, ahora y siempre!”. Ayer, quizá con el propósito de acallar tanto dolor y disgusto, y confirmando el cabal conocimiento que tiene acerca de la realidad del país, Duhalde dispuso anticipar las elecciones para marzo de 2003; desde luego, una sabia resolución que todos los argentinos han recibido con alborozo. Otro funcionario del gobierno, Alfredo Atanasof, muy probablemente afectado por la obstrucción de algún vaso sanguíneo, creyó oportuno soltar una ironía: “Dejamos atrás el caos y somos un país previsible”. Los diarios, he visto, andan ocupados en otros menesteres: ¿Quiénes son los candidatos que infunden mayor confianza? ¿Menem, López Murphy, Macri, Carrió, Reuteman? Infobae.com, cabe subrayarlo, le ha destinado reveladoras líneas a la marcha nacional, pero lo ha hecho a su modo; luego de informar que el gobierno encomendó a los servicios de inteligencia del Estado, del Ejército y de la Prefectura Naval el estudio de la situación, el libelo de Daniel Hadad advierte: “Algunos de los informes realizados en estos días por esos organismos indican que los activistas ya habrían ingresado una buena cantidad de armas al interior de la Capital Federal, para no tener que lidiar hoy con los estrictos controles policiales especialmente preparados en los accesos a la Ciudad, y hacerse de las municiones una vez superadas esas barreras”.

Me pongo a conversar de manera informal con algunos compañeros de Darío; los recuerdos afloran, espontáneos, irreprimibles, el uno tras el otro, en una especie de necesaria e impostergable celebración de la vida. Quería crear la Juventud Piquetera; no sabés cómo dibujaba el chabón; tendrías que hablar con todos esos pibes a los que sacó de la droga, porque odiaba la droga, quería sacar a los chicos del pozo, los estimulaba con la música. Uno de los muchachos extrae un papel ajado de entre las ropas; desde el miércoles último lo lleva siempre consigo a la manera de preciado tesoro. Es un breve documento que Darío escribió años atrás, cuando en el colegio secundario de Solano fundó una agrupación estudiantil. “Cuando decimos `lo imposible sólo cuesta un poco más´, reafirmamos nuestra decisión de alcanzar finalmente los ideales de todos los que pelearon contra la estupidez, la miseria, el hambre, la ignorancia y la explotación. Estamos hablando de nuestros 30.000 mejores compañeros, de los que dieron la vida por un mundo verdaderamente digno para todo el género humano, la vida invalorable de esos ejemplares compañeros nos empuja aún más a seguir hacia delante, con la alegría de sabernos la continuación de sus vidas, es con ellos y sus ideales que realizamos día a día, construyendo desde abajo el sueño que buscamos, que de una vez y definitivamente se vuelva realidad”.

 

(…) Entonces la insondable columna se echa a andar, lerda, abatida, hacia el puente, hacia el maldito puente, donde, como si nada terrible hubiera ocurrido, como si su presencia exhalara sosiego, cientos de policías ahogados en cascos, escudos y armas largas, nos observan con recelo. El padre de Darío se niega, hasta el enojo, a hacer a un lado las muletas y meterse en un auto. “Si no soy capaz de hacer esto por mi hijo, de caminar hasta Plaza de Mayo, como lo hubiera hecho él, soy una mierda de padre y persona”. Claudia, la novia de Darío, camina a su lado; en momento alguno ha dejado de largar lágrimas, gotas extrañamente blancas que en su rostro pálido y ausente, a pesar de la lluvia fina que lo empapa, veo serpentear, imborrables, decididas, hasta la comisura de los labios. A Leo, hermano de Darío, tras un fuerte abrazo le entrego las pocas líneas que he podido escribir anoche: “Tu hermano era un tipo testarudo y exigente. Acaso por eso lo asesinaron de manera impía y cobarde. Porque no hacía más que luchar, con formidable tenacidad, por un mundo nuevo; un mundo loco e insolente, desde luego, como el que Nicolás Guillén ha sabido describir en su poema Tengo:

Cuando me veo y toco
yo, Juan sin Nada no más ayer,
y hoy Juan con Todo,
y hoy con todo,
vuelvo los ojos, miro,
me veo y toco
y me pregunto cómo ha podido ser.

Tengo, vamos a ver,
tengo el gusto de andar por mi país,
dueño de cuanto hay en él,
mirando bien de cerca lo que antes
no tuve ni podía tener.

Zafra puedo decir,
monte puedo decir,
ciudad puedo decir,
ejército decir,
ya míos para siempre y tuyos, nuestros,
y un ancho resplandor
de rayo, estrella, flor.

Tengo, vamos a ver,
tengo el gusto de ir
yo, campesino, obrero, gente simple,
tengo el gusto de ir
(es un ejemplo)
a un banco y hablar con el administrador,
no en inglés,
no en señor,
ino decirle compañero como se dice en español.

Tengo, vamos a ver,
que siendo un negro
nadie me puede detener
a la puerta de un dancing o de un bar.

O bien en la carpeta de un hotel
gritarme que no hay pieza,
una mínima pieza y no una pieza colosal,
una pequeña pieza donde yo pueda descansar.

Tengo, vamos a ver,
que no hay guardia rural
que me agarre y me encierre en un cuartel,
ni me arranque y me arroje de mi tierra
al medio del camino real.

Tengo que como tengo la tierra tengo el mar,
no country,
no jailáif,
no tennis y no yatch,
sino de playa en playa y ola en ola,
gigante azul abierto democrático:
en fin, el mar.

Tengo, vamos a ver,
que ya aprendí a leer,
a contar,
tengo que ya aprendí a escribir
y a pensar
y a reír.

Tengo que ya tengo
donde trabajar
y ganar
lo que me tengo que comer.

Tengo, vamos a ver,
tengo lo que tenía que tener.