Por Hernán López Echagüe * | Bien, la historia, en este tramo del relato, viene de amistades, uniformes y políticos. O de compinches, proxenetas y asesinos asalariados que a la luz del día tienen la ingeniosidad de vestirse de azul y hacer alarde de charreteras. Marito Chorizo, llamémoslo así para eludir equívocos, era amigo de Pedro Klodczyk, el Polaco, jefe de esa asociación ilícita que los medios de comunicación, tan afectos a la reticencia, suelen llamar policía de la provincia de Buenos Aires. Y el Polaco, llamémoslo así para eludir el anudamiento de los dedos al teclear, era amigo de Duhalde. En La Bonaerense, minuciosa enciclopedia de la historia criminal de la asociación ilícita que campea en la provincia de Buenos Aires, Carlos Dutil y Ricardo Ragendorfer relatan el nacimiento de la relación: “Klodczyk conoció a Duhalde a principios de la década del ochenta, cuando el actual gobernador era un simple empresario inmobiliario de Lomas de Zamora y el uniformado combinaba sus tareas de policía administrativo con sus actividades comerciales en Lanús, su ciudad de toda la vida (…) El Polaco era muy amigo de Mario Rodríguez, el Chorizo, nacido en General Belgrano, un pequeño pueblo de no más de quince mil habitantes de donde también es oriunda Hilda Beatriz González, la maestra que se enamoró del pequeño guardavidas que años después llegaría a Vicepresidente. Pronto, Chiche haría buenas migas con Alicia, la mujer de Don Pedro”.

Al abrigo político y judicial que le ofreció Duhalde, en pocos años el patrimonio del Polaco creció a carretadas. Cuentan Dutil y Ragendorfer: “…a la casa que construyó, `ladrillo por ladrillo, entre muchos domingos’, en la calle Estados Unidos 4460, en Lanús, pudo sumarle el chalet de tejas negras donde se lo suele ver, valuado en unos 250 mil dólares, en La Lucila del Mar; ocho dúplex más sobre la calle 56, entre Costanera y Calle 1, en Mar del Tuyú, y el ‘chalet grande’ que estaría construyendo en Aguas Verdes (…) el Jefe llegó a poseer una Traffic, un Suzuki Samurai, un Honda Civic, su parte en la fábrica de bulones Ci-klo y el Cessna de 120 mil dólares…”.

Durante los ocho años de la administración Duhalde, del Duhalde gobernador, los principales oficiales de su policía aparecieron enlazados, una y otra vez, a crímenes de toda clase. Robo de automóviles; regencia de la prostitución, del juego clandestino y del tráfico de drogas; torturas, desapariciones; el atentado contra la Amia; asesinatos a sangre fría, en particular de menores de edad, inermes y a todas luces inofensivos. Mario Rodríguez (a) Chorizo, Oscar Rossi, (a) Coco; Juan José Ribelli, (a) Juancito, (a) El Patrón, mano derecha de Klodczyk; Juan Carlos Rebollo, (a) el Loco; Mario Naldi, (a) El Gordo, (a) el Ñoño; Eduardo Pérez Rejón, (a) Quico; Domingo Lugos, (a) Pinocho; Miguel Angel Canelo, (a)  Capitán Nintendo. El Loco, el Chorizo, el Patrón, el Ñoño. Un catálogo de rufianes, de modo alguno melancólicos, a tener en cuenta. Nombres cuya sola mención mueve de inmediato a sospechar en la comisión de un delito, acaso en contumacia y descaro. Siempre en violencia. Nombres, en fin, que excitan todo tipo de pensamiento pero nunca jamás el favor de una sonrisa.

El Polaco, a juicio de Duhalde —al que ahora podríamos llamar el Negro o el Cabezón, para no perder el hilo del apodamiento—, era el mejor jefe de policía del mundo. Vaya uno a saber qué entiende Duhalde por mejor. Quizá el camarada y compinche más conveniente, el que está en el momento indicado al servicio del gobierno más indicado. Y por mundo supongo que entiende su casa, o sea su provincia, o sea su hacienda y todo los bienes que caben en toda su comarca. Así las cosas, y sin ánimo de resultar cargoso, podemos convenir que el Polaco era el capanga de cuyas malas artes precisaba para mantener a raya a los peones que cada tanto, y menos tanto cada vez, alborotaban la paz en su estancia.

En ocho años de gobierno de Duhalde, del Duhalde gobernador de la provincia de Buenos Aires y hacedor de la mejor policía del mundo, ocurrieron doscientos cincuenta y nueve casos del llamado “gatillo fácil”. Las víctimas promediaban los veinte años. Gatillo fácil se ha convertido en un eufemismo al que recurren los medios de comunicación para decorar los asesinatos que comete la policía sin razón ni fundamento. Porque sí, porque no. Porque el asesinado de manera impía es un joven irremediable, un mal nacido que echa a perder todo lo que toca, olisquea o mira.

 

* Pasaje del libro El Regreso del Otro, Hernán López Echagüe (Planeta, 2010).

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