De una u otra manera estamos exiliados, ¿no te parece? Porque estamos fuera de lugar y afuera de toda consideración y conversación acerca del estado de las cosas, del ánimo de las cosas. De cómo sería más justa y placentera la vida. El aire, la tierra, el barrio. Esas cosas, ¿no?  Y no me vengas con ese artilugio del voto. ¿El voto? No más que una concesión de naturaleza apenas misericordiosa. Quizá una obnubilación. Señoras y señores: las cosas siempre han sido así, en este momento son así, y, lamentamos informarles, siempre serán así. No pierdan el tiempo en pensamientos y actividades estrambóticas”. Eso, eso nos metieron en la cabeza. Nos enseñaron, habitualmente de modo feroz, que no hay otra cosa que hacer que sostenerse la cara con la mano, labios fruncidos, el codo apoyado en la mesa, y ponerse a golpetear esa aturdida mesa con los dedos de la otra mano. Sin pausa, a la espera del milagro, de la claudicación de los poderosos, de los dueños de la voz. Pero es un exilio que no tiene relación alguna con represión, persecución o dictadura. Es un exilio por minutos llevadero. No ese asunto de verse obligado a poner las patas a correr porque tenés la certeza absoluta de que si no lo hacés te van a secuestrar, torturar, y de inmediato desaparecer. Bueno, convengamos que todavía lo hacen. Metidos en un uniforme y a plena luz del día. Ahora lo hacen en democracia, al amparo de leyes, guiños y, cosa que aturde hasta los huesos, con el favor y el aplauso de los sectores más ruines de la sociedad. ¿O no viste en la tele a ese tipo con una remera en la que tenía estampado su mensaje: “24/03/1976. DIA DE GLORIA”.  Fue en Mendoza. Una marcha amorfa contra una cosa amorfa, o a favor de una cosa amorfa. A nadie le hubiera parecido insólito ver al lado del tipo de la remera a alguien con un letrero “¡Basta de pasas de uva en el pastel de carne! ¡Carajo!”. Y la periodista de teene que elige al tierno tipo de la remera del veinticuatro de marzo de mil novecientos setenta y seis. Le pregunta por qué está en esa marcha. Y el tipo, mientras la cámara muestra su pecho, su camiseta, dice que no aguanta más el peronismo, que son todos ladrones y autoritarios, y blablabla. Y a la periodista (¿o era un periodista?) no se le ocurre, en momento alguno de la entrevista, preguntarle el por qué de la frase en su camiseta, cuando, al parecer, los que están ahí están protestando por la cuestión de la reforma judicial, la cuarentena interminable, los ladrones kirchneristas, muera Venezuela. ¡Quiero ver a mi sobrina, carajo! Así están las cosas, hermano. Un revoltijo, un desparpajo de disparates. 

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