Por Inés Hayes | Una misteriosa estatua de la antigua Roma subastada en Sotheby’s de Londres por 24,5 millones de dólares es el comienzo de esta historia. ¿Por qué desapareció de la vista del público durante setenta años? ¿Quién fue su dueño, el hombre cuya muerte se convirtió en el secreto mejor guardado de la aristocracia argentina? Con la pasión, la curiosidad y la precisión del periodismo, Federico Fahsbender, redactor e investigador de la sección de Policiales de Infobae y columnista de América TV y C5N, logró entrar en el corazón de una elite para desentrañar el enigma de la estatua y de su amo, Federico Zichy Thyssen, un conde drogadicto con una mansión en Barrio Parque, heredero del magnate alemán del acero que fue uno de los principales financistas de Adolf Hitler. En sus últimos años, Zichy Thyssen se enfrentó a sus hijos, en una disputa por una herencia multimillonaria que continuó más allá de su tumba. Internaciones forzadas, un funeral escandaloso y una guerra de sucesión con un nivel de lujo y riqueza impensado en el siglo XXI, en una investigación que se lee como una novela y que retrata el fin de una era de la aristocracia y el derrumbe de un linaje.
¿Cómo te llegó el relato de la Venus? ¿Podrías contar un poquito sobre la escultura?
-Me llegó por una fuente. En diciembre de 2021, en plena pandemia, con la cepa Omicron del COVID en pleno auge, 40 mil casos diarios, esta fuente me dice que le preste atención a la escultura de la Venus, un mármol romano del siglo I° después de Cristo, subastada por 24,5 millones de dólares en Sotheby’s de Londres. Según Sotheby’s, el mármol romano más caro de la historia. Vi la lista de propietarios en el brochure de la subasta, su procedencia, lo que, más o menos, determina cuán genuina es una obra de arte. Encontré una lista de lords escoceses, la desaparecida casa de Hamilton, William Randolph Hearst incluso. Pero el último dueño estaba en blanco. Ese último dueño, me dijo la fuente, era Federico Zichy Thyssen, conde por su padre, heredero de la siderúrgica Thyssen por su madre. Conocía muy bien la historia de Federico; había entrevistado a su viuda seis años antes en la mansión del Barrio Parque, donde la estatua había estado durante décadas, en medio de una guerra de sucesión descomunal con los seis hijos que el conde tuvo y reconoció en vida. Thyssen me parecía un personaje fascinante, excéntrico, un rico como ningún otro en la clase alta argentina. Me fascinaba porque era una figura que nunca había sido explorada. Debería haber sido uno de los tipos más famosos de la Argentina, pero no lo fue, porque no quiso, o porque estaba demasiado ocupado con el caos de su propia vida.
-¿Qué descubriste entonces?
Encontré que el silencio en torno a la estatua era total. Sotheby’s se limitó a decirme que no compraba nada flojo de papeles. En el mundo del conde que yo ya conocía todos se callaban la boca o se hacían los desentendidos. Tomó años de insistencia probar a un nivel documental total que la estatua le perteneció a Federico y, por herencia, a su viuda y que esa estatua había salido del país. Entonces, solo entonces, pude comenzar a formar el libro en mi cabeza.
-¿Quién fue Thyssen y qué relación tuvo con el nazismo?
Federico Thyssen fue un megaempresario, ganadero, criador de caballos árabes, cazador de ciervos, pasajero de sus aviones privados, adicto a los opioides, borracho, déspota, criollo gringo y dandy, playboy, gran conquistador de mujeres, capitán de a bordo de la era de oro del jet set, un rico entre los ricos, un macho de la riqueza del siglo XX. El Thyssen original en la historia es su abuelo, Fritz, que financió el ascenso al poder del Tercer Reich y se exilió en Argentina durante la posguerra, tras ser condenado en los juicios a los colaboracionistas civiles.
Federico, nacido en Alemania, en ese momento tenía seis años. Entonces, los Thyssen vinieron a la Argentina como los parias más ricos del mundo. Federico conservaba un retrato de Fritz en su mansión de Barrio Parque, a metros de la Venus. En el retrato, Fritz estaba vestido con un uniforme similar al de las Wehrmacht, aunque había peleado en la Primera Guerra. Federico sintió en ciertos momentos de su vida una especie de añoranza por Fritz, una idealización que solo puede explicarse en base a la dificilísima relación que tuvo con su madre. Por otra parte, no me consta que el conde haya dicho una palabra nazi en su vida.
-El libro es la historia de una investigación periodística, ¿qué te dio tu profesión como periodista de policiales para hacerla?
Me dio todo. El libro es una reivindicación del método de trabajo del periodismo policial: documento y fuente, una y otra vez. No hay mucho más que eso. La “mirada” viene mucho después. Y, en el fondo, es una reivindicación del periodismo policial. Todavía es una clase bastarda dentro de la profesión, a pesar del rol inmenso que tiene. Hay un sector, a veces un poco guionado por el hampa, que lo considera una simple vocería de la cana o del aparato judicial. No se lo considera periodismo de investigación. Tampoco es parte del llamado periodismo narrativo. Te da, precisamente, método. Te enseña a interpelar al sistema en sus propios términos. Federico, sus hijos y su viuda dejaron el rastro de su historia a lo largo del sistema civil y penal. El logro es saber encontrarlo, unir las piezas, un dato te lleva al otro. El periodismo policial, por otra parte, es un ejercicio en templanza. Si escribís sobre narcotraficantes y delincuentes altamente peligrosos casi todos los días de tu vida, entonces, un conde multimillonario no te asusta. Mi libro anterior, El Trueno en La Sangre, es un policial neto, un spaghetti western que sigue el canon, al que conté porque era una de las últimas historias de su tipo: delincuente, delito, detención, condena, fuga, caos, detención, condena. La Diosa de Thyssen, en parte, es un gran chisme de la alta sociedad. Pero es un policial también. Hay miles de páginas de documentos judiciales; hay patrulleros, una autopsia en la Morgue Judicial y un informe forense completo que reveló cosas impensadas. Hay jueces, fiscales y abogados, acusaciones feroces, pero no hay siquiera una indagatoria, ni hablar de un procesamiento o una condena. Por qué ocurre esto, este anti-climax, este canon en reversa, es evidente en el libro, y esa conclusión es tan policial como escribir un tiroteo. No la digo a los gritos, me parece de mal gusto. Siempre escribo confiando en la inteligencia y la intuición del lector.

-Es también la historia de la clase alta argentina, ¿podrías contarnos qué descubriste de nuevo en relación a eso?
No descubrí nada nuevo, pero sí reafirmé ciertas cosas. La clase alta tiene sus propios niveles, diferencias sutiles, que, a la vista de un tipo como yo, que se tomó dos bondis toda su vida para llegar a la redacción, deberían ser invisibles. Pero no todos los partidos de polo son iguales, ni siquiera los habitués de sus tribunas; un dólar no es igual a otro dólar. En el libro cuento que Máxima Zorreguieta, princesa de Holanda, vivió en un departamento de contrafrente en Barrio Norte, a pesar de todo un aparente pedigree. El mundo de Federico -con un estilo fácil de comprar pero imposible de reproducir-, siempre fue cultivado en silencio. Esa es la verdadera exclusividad. Si caminás por las Lomas de San Isidro te vas a dar cuenta: cuanto más alta la hiedra del frente, más grande la fortuna.
-Recorriste oficinas judiciales, juzgados, la morgue, cementerios, casas de familias, ¿cómo fueron esos recorridos?
Son los recorridos del periodismo policial. A la Morgue la conocés por los informes de sus forenses. Fue raro para mí llegar a la tumba de Federico. El conde había vivido en mi cabeza durante tres años. Nunca conocí su voz. Ninguno de las decenas de íntimos que entrevisté tenía un audio suyo, un video. Nunca pude dialogar con él en mi cabeza. Al final, me encontré con su lápida.

-¿Cómo fue tomado el libro por la familia del conde y por el público en general?
Por la familia, no sabría decir: los seis hijos reconocidos de Federico me dejaron en claro que no querían participar del libro. Otros ni siquiera respondieron los mensajes. Pero al entorno de Federico, a los íntimos de diferentes partes de su vida que hablaron en secreto en el libro, les encantó. Tenían esa cosa masónica de ponerte a prueba, de saber cuánto sabías para contarte un poco más. Son muchos más los que hablan sin ser citados que los que accedieron a una entrevista con nombre y apellido. En el primer caso, no fueron entrevistas sino diálogos de años, vínculos casi. Uno me dijo: “Creí que no lo ibas a lograr”. No creí que me subestimara. Contar a Federico y a su estatua, una historia más secreta que la otra, era difícil. Otros llegaron después de la salida del libro, personas que tantas veces intenté contactar y que, oh sorpresa, respondieron. El más importante de todos fue Aldo Federico Vega, o Larry, cuya historia es parte del libro. Es un hombre de Corrientes que asegura ser el hijo no reconocido de Federico. Viajó desde Corrientes para conocerme y que lo entreviste. Hoy tiene una demanda por filiación en curso en Tribunales: el Juzgado N°93 ordenó exhumar el cuerpo de Federico para practicar un estudio de ADN. Si prospera, Larry, un hombre que usa bombacha de campo y viaja en micro semicama, puede ser reconocido como el hijo número 7, un Thyssen y un heredero, con todo lo que esto implica.
Sobre el público, hay un pequeño fandom en torno al libro que es maravilloso, una cosa casi de culto, gente fascinada por una buena historia.
-¿En qué estás trabajando ahora?
En mis inminentes vacaciones.


