El último viaje de Melingo

El músico, fundador de Los Twist e integrante de la formación canónica de los Abuelos de la Nada, falleció a los 68 años. Estaba terminando “Tangos Bajos Rework”, donde revisitaba su disco clásico con invitados de lujo.
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Redacción Canal Abierto | La borrachera por la tercera estrella argentina que acaba de lograr la scalonetta perdura. Esa noche, en Niceto, el tipo sale al escenario y con el micrófono emula al «Dibu» Martínez con el guante de oro. Esa noche hará en pequeño, su propia versión a escala de lo que Spinetta hizo con sus Bandas Eternas. A lo largo de la velada, bautizada como Encuentro Maximalista, ostentará su curriculum/prontuario musical a través de los músicos que lo acompañarán: Andrés Calamaro, Hilda Lizarazu, Cachorro López, Miguel Zavaleta, Richard Coleman, Fernando Samalea, Hugo Lobo, Maxi Prietto, Mhuammad Habbibi, Juan Ravioli, Fernando Noy y Katja Alemann. En sucesivas reediciones del evento, se sumarán Gustavo Bazterrica, Kubero Díaz, Patán Vidal y Stepahnie Ringes.

Son más que nombres con los que Daniel Melingo, fallecido hoy a los 68 años, ha compartido proyectos o veladas. Son distintas estaciones en su largo viaje a bordo de la música.

El mojón inicial se encuentra en Brasil. A mediadios de los 70 y con 18 años, el joven clarinetista se cruzó su trayecto con el del grupo Agua, un colectivo de músicos originado en chile peor con integrantes de distintos países de sudamérica. Quizá por no contar con un clarinete ni con un argentino, decidieron que el Melingo siguiera con ellos en momentos en los que se disponían a colaborar con Milton Nascimento, cuando el tropicalista encaraba la grabación de su díptico Minas y  Gerais.

Cuando en Argentina la dictadura empezaba a hacer las valijas, el tipo, ya de vuelta, estaba donde todos sus colegas querían estar. Junto a Pipo Cipolatti daba forma a Los Twist, esa máquina de hacer hits donde mezclaban el revival con el humor más corrosivo y el flamante repatriado Miguel Abuelo lo había escogido como una de las cinco puntas de esa estrella que fue la reencarnación de Los Abuelos de la Nada en su formación canónica, banda para la que aportó Chalaman, inevitable en cualquier antología o fogón. Como si esto fuera poco, tiempo después, fue uno de los convocados por Charly García para integrar para la banda con la que presentó Clics Modernos en el Luna Park durante el primer fin de semana en la flamante democracia.

Hacia fines de la década, la primavera iniciada entonces había devenido en un verano sofocante y se avecinaba un invierno que duraría más de una década. Como tantos argentinos, Melingo sintió que el piso de Buenos Aires se resquebrajaba y se fue a España. Allí, junto a la sueca Stefanie Ringes y sus compatriotas Pablo Guadalupe y Willy Crook dio forma a Lions In Love, una banda de que combinaba el sonido bailable a lo Manchester con el flamenco y con los que grabó dos discos: el debut homónicmo y Psicofonías.

Tras una breve estadía en Londres, donde la música también fue parte del viaje, esta vez como DJ y productor, volvió a Buenos Aires. Ya no era el pibe del saxo, era un músico con prontuario. De la mano de su amigo y antiguo secuaz en los Abuelos de la Nada, Cachorro López, se lanzó como solista. Tras dos proyectos que no llegaron a zarpar, un disco de reversiones de clásicos del rock nacional y otro conceptual dedicado a El Eternauta, dio luz a H2O. Allí el reggae y el funk conviven con la impronta portaña. Y con un montón de invitados: Pipo Cipolatti, Pedro Aznar, Crook, Calamaro son algunos de ellos.

Dos años después, vuelve a encontrar un destino que lo trascendería e iniciaría otros tripulantes. El puerto de llegada estaba en casa. Tangos Bajos fue un disco de tango clásico que interpeló a las nuevas generaciones. Con una voz grave, rota, que remitía a un Tom Waits autóctono, Melingo le puso el cuerpo a un género que muchos daban por muerto.  Y demostró que no sólo estaba vivo, sino que tenía mucho por dar a través de nuevas generaciones que empezarían a generar un repertorio en el que la nostalgia le abría pueras a las problemáticas de actualidad.

En 2014, con Linyera, abrió una puerta que no iba a cerrar hasta tres discos después. Primero fue el tango, crudo y milonguero. Luego, en Anda, se fue a las músicas mediterráneas, esas que suenan a Grecia y a Turquía, a puertos antiguos y a caravanas. Finalmente, en Oasis, la psicodelia se coló como un sueño después de la siesta. Tres discos, tres universos, tres viajes en uno. Y como corolario de ese viaje épico, montó La ópera del linyera, un espectáculo que era teatro, música y poesía, donde el personaje del vagabundo se volvía metáfora de su propia búsqueda y econtraba su final.

En 2025, el tipo ya tenía la barba canosa y la voz más profunda que nunca. La vitalidad, la creatividad y la inquietud todavía peinaban como en años mozos y dio forma a la Típica Melingo, una orquesta de 14 músicos con el ADN de un tipo que había pasado por el rock, el pop, el exilio y la psicodelia. Y mientras afinaba los últimos arreglos, trabajaba en Tangos Bajos Rework, un regreso al disco que lo había reinventado. Versiones nuevas, invitados de lujo como Fito Páez, Pablo Lezcano y un resurgido Pity Alvarez luego de su estancia tras las rejas, y un registro audiovisual que iba a capturar esa obra para siempre. El lanzamiento estaba listo. Pero Melingo, como todo viajero, sabía que la última travesía no se anuncia.

El tipo se fue. Pero su música quedó en cada estación del recorrido: en Brasil, en el rock de los 80, en el exilio español, en el tangobajero, y en la orquesta que soñó en sus últimos días. Porque Melingo fue un hombre hecho viaje y un viaje hecho música. Y como todo viaje, solo termina cuando alguien deja de recordarlo.

Foto: Ignacio Arnedo / Rolling Stone