Daniel Böhm y la poética del deseo en suspenso

En “Última fila”, su nuevo libro de relatos breves, el autor explora la extrañeza de lo cotidiano, la tensión de lo implícito y el arte como una forma de resistencia colectiva. “Desde ese lugar podemos mirar la basura que nos rodea en estos tiempos”, arriesga.
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Publicado 8/10/2026

Por Inés Hayes | Daniel Böhm es escritor, artista audiovisual y psicoanalista. Su obra se despliega entre el cine y la literatura. Publicó la novela Fuera de cuadro (2019) y Una flor en el jardín del mal (cuentos, 2023). Su reciente trabajo continúa esa exploración abordando los temas de su literatura: los viajes, la arquitectura, los personajes sabios y los animales.

En Última fila, su nuevo libro de relatos breves, el autor explora la extrañeza de lo cotidiano, la tensión de lo implícito y el arte como una forma de resistencia colectiva.

-Los cuentos aparecen en mi vida cotidiana: no nacen con destino de libro. Los escribo porque algo me da risa, curiosidad o espanto. Más tarde, a veces, me dan ganas de compartir esas vivencias, ocurrencias o descubrimientos. Cuando los reúno, el libro les da un marco y hace visible, de una manera misteriosa, algo que los vincula.

-No recuerdo cuál fue el primero que escribí, pero sí recuerdo muy bien el último: “Última fila”, que además abre el libro y le da título. Es quizá el relato en el que el deseo aparece de manera más explícita. Cuando terminé de reunir los veinte cuentos, me di cuenta de que en todos hay un deseo que queda en suspenso. Una “casidad”, al decir de Peter Pál Pelbart: algo que no sucede, pero deja un vacío inquietante y provocador. Una expectativa, un final no escrito pero posible. Creo que esa es una marca de mi escritura.

-Podríamos llamarlos así, aunque no sé si la etiqueta alcanza. La brevedad es central: los personajes y sus circunstancias apenas se delinean, pero dejan espacio para que cada lector proyecte algo propio y se identifique. Me interesa sumergirme en esas escenas con intensidad, sin despejar del todo su sentido. La ambigüedad también forma parte de la experiencia.

-La realidad es extraña, siempre. Cuando uno —el narrador o los personajes— se ubica en un margen, fuera del cuadro, empieza a ver lo absurdo, lo inquietante o lo hermoso de cada momento. Mis personajes insisten y se quedan ahí, participando de lo agridulce de la experiencia.

-El arte nos pone en contacto, en primer término, con una zona muy íntima de nosotros mismos. Hay ahí una comunión con lo bello y lo bueno. Desde ese lugar podemos mirar la basura que nos rodea en estos tiempos. Aunque parezca un gesto individual, esa experiencia también puede volverse colectiva: una forma de resistencia ante la fuerza bruta.