Messi, Milei y el eje del mal

La polémica visita de Lionel Messi a Donald Trump reabrió el debate sobre deporte y política, en un contexto atravesado por la guerra en Medio Oriente, las tensiones con Irán y el alineamiento internacional del gobierno argentino. ¿Qué diría Diego?
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Por Federico Chechele | Los presidentes de Estados Unidos rara vez gozan de buena imagen a nivel global debido a sus históricas políticas intervencionistas y guerreristas. Mucho menos la tiene el actual mandatario, Donald Trump, quien ha impulsado una política antimigrante con acciones racistas del Servicio de Control de Inmigración (ICE), la reciente intervención de Venezuela y la sustracción de su presidente Nicolás Maduro, además de estar involucrado en el escándalo de los archivos Epstein -donde fue señalado por presuntos abusos infantiles- y la actual guerra contra Irán que mantiene a Medio Oriente en llamas.

En ese contexto, el capitán de la selección argentina Lionel Messi viajó con sus compañeros del Inter Miami y participó de una ceremonia con Trump en la Casa Blanca. Hubo bromas, felicitaciones e incluso un momento de oración promovido por el presidente norteamericano. Al final del encuentro, el propietario del club e hijo del empresario cubano anticastrista Jorge Mas, junto a Messi, le obsequiaron entre risas a Trump una camiseta con el número 47, en alusión a la ubicación del presidente en la historia de Estados Unidos.

Messi tiene 38 años. No es un chico que recién empieza a jugar al fútbol, es una figura global, uno de los deportistas más influyentes del planeta y alguien con el peso suficiente como para evitar una escena de ese tipo si así lo hubiera querido. Incluso, si hubiera existido presión para participar, podría haber marcado distancia con algún gesto o declaración. Ni siquiera un pronunciamiento por la paz, que se supone que es lo que todos quieren. No lo hizo. Mostró una tibieza extrema y para peor, legitimó a Trump a la vista de todo el mundo.

Para reforzar este idea, basta recordar que en 2025 Messi se ausentó de la ceremonia en la que el entonces presidente estadounidense, Joe Biden, iba a entregarle la Medalla Presidencial de la Libertad, uno de los máximos reconocimientos civiles del país. No le importó. En ese momento se leía que Messi era una superestrella que no necesitaba de premiaciones vinculadas a la política.

En reiteradas entrevistas Messi afirmó que no se involucra en cuestiones políticas. Sin embargo, como capitán de la selección argentina evitó fotografiarse en el balcón de la Casa Rosada con un gobierno democrático  -y peronista- tras la consagración en el Mundial de Qatar 2022. El jueves hizo todo lo contrario: se prestó a una puesta en escena con un evidente propósito político y a un espectáculo belicoso, enmarcado en el discurso de guerra del presidente de Estados Unidos. Messi no tiene alma ni mística. Carga, inevitablemente, con la sombra de D10S.

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En las últimas décadas, Occidente fue construyendo el concepto de “eje del mal”, una expresión popularizada por el presidente estadounidense George W. Bush poco después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Con ese término se identificó inicialmente a Irán, Irak y Corea del Norte, países acusados por Washington de apoyar el terrorismo y desarrollar armas de destrucción masiva.

Occidente a través de su maquinaria informativa le trasladó a la humanidad la idea que todo lo que está del otro lado del hemisferio es un potencial peligro para la civilización. Muchos les han creído, pero muchos otros han batallado contra ese imaginario. Actualmente el genocidio perpetrado por Israel contra el pueblo de Gaza en vivo y en directo para todo el planeta, más la verborrágica política de Trump de imponerse a través de la fuerza, desnudan aún más dónde ubicar al bien y al mal. 

El problema es que Argentina se sumó a lo que entendemos como el eje del mal (Estados Unidos e Israel) sin consenso previo y encendiendo las alertas ante los riesgos de involucrarse en conflictos ajenos.  Participar de este bloque es un peligro latente, así lo evidenciaron todos los países de Medio Oriente que forman parte del Consejo de la Paz que inventó Trump y que fueron bombardeados en los últimos días por Irán.

A pesar de ello, las señales de esa alineación del gobierno argentino se multiplicaron. La llegada del presidente Javier Milei a Estados Unidos y la factible foto con Trump refuerza su sociedad y por consiguiente su posicionamiento global, que no es otra cosa que ir en busca de libertades a través de bombas, y toparse con petróleo.

El gobierno argentino está tan involucrado que el propio Pablo Quirno, actual Ministro de Relaciones Exteriores, ante una consulta televisiva no negó la posibilidad de que soldados argentinos se sumen a la guerra de Medio Oriente. Ameritaba un sí o un no, y dijo: “todavía no”.

Incluso, el Ministro de Defensa argentino, Carlos Presti, viajó a Estados Unidos para reunirse con autoridades del Pentágono. Si bien negaron que la agenda estuviera vinculada a la guerra de Estados Unidos e Israel con Irán, sí realizó un informe detallado de la situación operativa de las Fuerzas Armadas y luego escuchó con atención la exigencia norteamericana de patrullar en la Zona Económica Exclusiva Argentina para interrumpir la actividad de la pesca china.

En todo este conglomerado guerrerista y económico, hace apenas unos meses el gobierno argentino habilitó el juicio en ausencia de 10 acusados iraníes y libaneses por el atentado contra la mutual judía AMIA. Otro misil a la relación con Irán.

La guerra en Medio Oriente representa un escenario complejo y peligroso para cualquier país que decida involucrarse. En un mundo atravesado por la inteligencia artificial, la vigilancia satelital y las redes sociales, capaces de amplificar cada acontecimiento en cuestión de segundos, resulta paradójico la censura y el control de la información. A pesar del flujo constante de datos y contenidos, los detalles concretos sobre muchos acontecimientos llegan fragmentados, incompletos o directamente no llegan. Esta creciente cortina informativa suele interpretarse como una señal poco auspiciosa para ciertos actores del conflicto y, por extensión, genera preocupación sobre las posibles repercusiones para países como Argentina en un escenario internacional cada vez más tensionado.

Sobre todo con lo inexperto que se mostró el gobierno argentino cuando se enteró a través de las redes sociales que un avión financiado por la AFA repatriaba al gendarme Nahuel Gallo en un operativo encabezado por Claudio “Chiqui” Tapia que dejó en offside a toda la Casa Rosada. La operación contó con el respaldo de las máximas autoridades de la Conmebol y de la FIFA, y sorprendió a la gestión libertaria justo cuando Milei se mostraba exultante frente a la oposición en la apertura de sesiones legislativas. Hoy el gendarme Gallo, quien todavía no dio explicaciones sobre su incursión en Venezuela, permanece bajo la órbita del Gobierno, sin contacto con su familia hasta que baje la exposición mediática del caso.

En el tablero internacional, las imágenes pesan. Y a veces conectan escenas que parecen lejanas. Messi queda pegado a un Estados Unidos que impulsa la guerra y cuya alianza Milei refuerza. Junto a Trump y Benjamín Netanyahu, sus imágenes, en mayor o menor medida, terminan desparramadas en el piso.