Redacción Canal Abierto | Desde la noche del domingo, el Congreso nacional se volvió infranqueable a dos cuadras a la redonda. El operativo policial para contener la manifestación que se anticipaba masiva incluyó vallas, cordones de efectivos, hidrantes y perros, en ese orden y a estratégica distancia unos de otros. Tanta previsión a cargo de la Policía de la Ciudad funcionó como profecía autocumplida: la imposibilidad de llegar al Congreso caldeó los ánimos de los manifestantes y convirtió a la Plaza en una intifada.

Organizaciones sociales, sindicatos y sueltos llegaron de a cientos de miles, incluso luego de un jueves en el que la represión en manos de Gendarmería intentó disuadirlos. La masividad de la marcha fue un reflejo del contundente rechazo popular a una reforma que quiso aprobarse este lunes por segunda vez, previa presión a los gobernadores por parte del Ejecutivo para que disciplinaran a sus diputados y permitieran quórum y aprobación.

El paro de 24 horas desde las 12 del mediodía anunciado por la CGT fue la frutilla del postre, luego de que la central obrera amagara con parar si se concretaba el decreto con el que amenazó el Ejecutivo. Las dos CTA, por su parte, ya tenían resuelto una huelga general desde el viernes.

Para las 14, cuando el debate sobre el futuro de las jubilaciones estaba a punto de comenzar, las primeras escaramuzas sobre Rivadavia comenzaron a presionar sobre el vallado y terminaron por vencerlo. Al poco tiempo, la situación se repetía sobre Hipólito Yrigoyen y la manifestación amenazaba desbordar la contención policial, último grado de separación entre la multitud enojada y los legisladores, que continuaban sesionando.  


En la esquina de Solís y Adolfo Alsina, a una cuadra de la Plaza, varios medios de prensa y un móvil de la Policía con agentes en descanso compartían esquina con un grupo de manifestantes. Cuando un carro hidrante avanzó por Solís resguardado por una fila de infantes a cada lado del camión, la gente comenzó a gritarles “¡hijos de puta!”. Uno de los policías, el jefe, respondió al insulto con uno, dos, tres, cuatro disparos de goma a una distancia criminal de veinte metros. La postal se repitió, similar, en cada calle del barrio de Congreso.

Mientras voluntarios de la Cruz Roja atendían personas con heridas cortantes y afectadas por los gases.

Pasadas las 15, la indiferencia adentro del recinto se hizo insostenible y se impuso un cuarto intermedio para ofrecer algún tipo de respuesta a la escalada de violencia policial que se había desatado afuera. Pese a la llegada de algunos legisladores a la Plaza, la represión no cesó y los manifestantes siguieron presionando por avanzar precedidos de una lluvia de piedras. En minutos, legisladores y prensa –incluidos los cronistas de esta nota- fueron expulsados del lugar con una nube de gas lacrimógeno que eliminó cualquier posibilidad de revertir la escalada y también de documentarla.

Para las 18, la manifestación se encontraba sobre la Avenida 9 de Julio, donde la Policía de la Ciudad con refuerzos de Gendarmería nacional emprendía una cacería de final incierto, igual que la votación. Al cierre de esta nota, ya se contaban 57 detenidos.

Foto: Nicolás Stulberg

en octubre

Nuestros temas