Redacción Canal Abierto | Las Letras de Liquidez (Leliq) saltaron a la fama hace un mes, como herramientas para desactivar la bomba de las Letras del Banco Central (Lebac), que a su vez nacieron como herramienta atractiva para que las inversiones financieras no apostaran al dólar. Pero con ellas, el titular del BCRA, Guido Sandleris, creó una bomba nueva.

A diferencia de las Lebac, sus primas Leliq son exclusivas para operaciones con entidades financieras, de un plazo todavía más corto (siete días), y a una tasa todavía más alta. “La idea era desactivar las Lebac. Pero en cada momento que se anticipa el vencimiento de las Lebac, ya tenés cuatro estadios en que las Leliq están absorbiendo parte de las Lebac que se van vendiendo. Si las Lebac hoy están al 57% de interés, las Leliq te ofrecen un 70%”, explica Ernesto Mattos, economista del Centro Cultural de la Cooperación.

Desde la teoría, la cosa andaba. Con estas letras, Sandleris pretendía llegar, entre octubre y junio de 2019, a un crecimiento cero en términos nominales dela base monetaria, que no es otra cosa que la suma del dinero legal en manos del público más las reservas bancarias. En otras palabras: pretendía absorber los pesos de la economía a través de los bancos y entrar así en un proceso recesivo –por falta de dinero circulante- que pinche el consumo y haga que los precios bajen. Así, el dinero ya no está en la calle porque está en la bicicleta. Pero la teoría monetarista no siempre se cumple y la inflación está lejos de estar controlada. Pero en el intento, el Central está pagando unos $1.000 millones por día en calidad de intereses y desfinanciando al sector productivo.

Todo lo que la gente deposita en plazos fijos, que hoy dan entre el 40 y el 50%, los bancos lo ponen en Leliq y ganan el diferencial. En vez de prestar esa plata o incentivar alguna línea de crédito para el sector productivo, le ponen la plata al Banco Central”, detalla Mattos.

Y agrega: “El peligro de esta práctica está en que las empresas residentes, de origen nacional, no pueden apalancarse con el banco y encima no tienen ventas. Al no tener ventas no tienen acumulación de ganancias y así no tienen forma de competir con las empresas trasnacionales que sí se pueden endeudar en el exterior. El tema está en las consecuencias sobre la economía real. ¿Cómo hacés que un industrial el día de mañana te diga ‘voy a poner una fábrica, voy a contratar gente y voy a invertir en tecnología’? Es la expertise de gente que no está saliendo en los medios, que se deprime, cierra sus fábricas y Dios sabe en qué termina todo eso”.

En ese contexto, llegan al país cierta clase de inversiones productivas poco deseables, una suerte de aves de rapiña que huelen sangre entre lo que Mattos califica como la “autopsia industrial”. “Vienen capitales que saben que se quedan con pequeñas empresas que cierran por estas causas, que ya tienen esquemas de distribución y comercialización, proveedores fijos a los que pueden proponerles bajas de precios. Y los proveedores tienen que aceptar porque el que tienen en frente no es el que conocían de toda la vida, sino una empresa multinacional”, relata.

 

Ilustración: Marcelo Spotti

en octubre

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