Redacción Canal Abierto | Hoy inicia la 45ª  edición de la Feria Internacional del Libro en Buenos Aires. Como todos los años, esta fecha sirve de mojón para que la industria editorial haga balance de lo sucedido en el año. «Para nosotros, el año no corre de enero a diciembre, sino de Feria a Feria”, explicó a Canal Abierto Matías Reck, responsable de la editorial Milena Caserola.

Los informes presentados por la Cámara Argentina del Libro muestran que el sector no es un archipiélago en el contexto de adversidad económica del país, que se profundiza desde la corrida de abril de 2018. Los 43 millones de ejemplares impresos en 2018 envidian a los 52 del año anterior y ven como una utopía los 129 de 2014.

“El editorial es de los sectores más sensibles y vulnerables a los vaivenes socioeconómicos del país. Encabeza el ranking de los consumos inmediatamente prescindibles, junto con el teatro, el cine y también el consumo de servicios como el taxi”, afirma Ecequiel Leder Kremer, gerente de Librería Hernández y tesorero de la Fundación El Libro, ente organizador de la Feria.

En las últimas ediciones del evento creció la presencia de editoriales independientes y autogestivas. Compartiendo el stand entre varios proyectos, sus catálogos conviven con los de los grandes tanques de la industria. Haciéndose eco del fenómeno, los organizadores habilitaron el Nuevo Barrio, un sector exclusivo para editoriales pequeñas que nunca participaron del evento.

“La adversidad genera núcleos y necesidad de juntarse y eso se vio mucho en colegas de otras editoriales. No se está editando la misma cantidad ni las mismas tiradas que antes, pero se sigue trabajando. Este proyecto neoliberal no solamente quiere vaciar al Estado, sino vaciar de contenido los productos culturales. Y desde este lugar se ha notado una gran resistencia”, plantea Ramón Tarruella, escritor y responsable de la editorial platense Mil Botellas.

Los continuos tarifazos, devaluaciones y aumentos de precios vividos desde que la Feria anterior cerró sus puertas no dejaron indemne a este sector, que buscó estrategias y escenarios para capear el “temporal” y seguir existiendo. “Nosotros lo que hicimos fue una serie de estrategias para convivir con la crisis y no sucumbir. Esas fueron ferias y encuentros se dieron porque las librerías son lugares en los que cada vez se vende menos. Están acorraladas por diferentes cuestiones. La idea fue juntarnos para remarla y estar juntos en este momento. Se dio una unión que se tradujo en coordinación de eventos en los que compartimos un espacio en el marco de un momento muy adverso. Convengamos que el libro es un objeto prescindible y el margen que queda después de pagar los impuestos lo terminas gastando en otro tipo de actividades”, afirma Tarruella.

Leonel Arancé, de la editorial platense Club Hem nucleada en el colectivo Malisia, cuenta: «no podemos invertir de antemano en un ejemplar. En muchas situaciones hemos hecho preventas. Anunciamos lo que estamos por lanzar y ahí empezamos a vender. A quienes compran con esta modalidad lo pagan más barato y obtienen otros beneficios. Eso permite contar con el dinero de antemano y genera otra relación con el lector. Nosotros consideramos que así como los libros construyen lectores, los lectores construyen el libro”.

Reck aporta que el planteo del precio ha sido central para su propuesta. “Nuestro planteo fue poner los libros al mismo precio que una pizza y una cerveza. Existe el mito de que el libro es caro y ese rumor va en contra de la industria cultural. Al que crea eso le sugiero que se acerque a otro tipo de espacios y va a encontrar libros a precios accesibles. El cambio es más cultural”, sostiene.

En contraposición, Leder Kremmer plantea: “a la clase media no le está alcanzando para pagar los servicios. Mientras la gente no pueda cubrir los gastos esenciales no va a comprar un libro. No hay que ser economista para llegar a esa conclusión. En buena parte de las librerías de Argentina hay ofertas para todo tipo de bolsillo. Pero es muy difícil ofertarle o hacerle una propuesta a una persona cuando esa persona no está. Porque esa persona perdió el laburo, no salió de la casa y tiene otras angustias”.

La construcción de un público lector también ha sido la clave para la supervivencia de estas editoriales. “Hay un público afín, ávido de lectores y lectoras que se abocan específicamente a lo que es la narrativa emergente, contemporánea y autogestiva. Y las editoriales que tienen esos calificativos generan ese tipo de narrativa que se está desarrollando. En ese sentido creo que ese público sigue estando cautivo”, afirma Arancé.

Por su parte, Reck sostiene: “lo que se edita es un poco lo que está pasando, como los movimientos feministas, política en general, narrativa y poesía contemporánea. Hay colecciones en distintos catálogos de las diferentes editoriales que están bastante en sintonía con la llamada crisis. Por eso decimos que nuestras editoriales no están en crisis, porque trabajan sobre ella. A la gente le interesa mucho acceder a este tipo de materiales y por otra parte es muy económico acceder a un libro a un promedio de $400, comparado con otros productos. Me parece que es algo que todavía se puede comprar y el beneficio es grande porque te abre un montón de cuestiones”.

Por fuera del mundo independiente, las cosas no parecen estar mucho mejor,. Sólo difiere el tamaño de la empresa, que le da margen para esperar que las cosas cambien. “Hay que reconocerle a Macri un espíritu democrático y distributivo, porque le pegó a todo el mundo”, bromea Leder Kremer. Y agrega: “los grandes conglomerados de la edición presentes en Argentina han tenido caídas muy alarmantes en sus índices de ventas. También en las tiradas. Todos los editores han puesto el pie en el freno. Los índices que dio la Cámara Argentina del Libro con respecto a la caída en las tiradas son realmente calamitosos. Estamos produciendo menos de la mitad de lo que se producía en 2013 o 2014”.

Además de su rol como editor, Tarruella ha escrito libros que fueron publicados por editoriales de gran envergadura, por lo que también tiene un conocimiento de esa esfera. Desde ese lugar arriesga que “las editoriales grandes han bajado sus ventas mucho más que las independientes. Su caída está entre el 40 y 50%, eso se nota mucho en las multinacionales”.

Uno de los efectos que la crisis ha traído es la retracción de la actividad y la pérdida de riesgo en editoriales, cuya característica es la búsqueda de nuevos valores. Arancé cuenta: “se ha vuelto exquisito el filtro por el que pasan las decisiones. Cada vez se filtran más los libros. No es que antes no se pensara y se hicieran libros a rolete. Pero había un filtro más grande, no sólo por lo que uno quiere editar, sino por el público cautivo que pueda tener. Eso se volvió más selectivo, pensando en los costos de impresión y en la posibilidad del público lector de poder acceder a todos los libros que quiera. Eso hace que el mundo editorial se vaya volviendo cada vez más conservador”.

Esta misma idea es compartida por Tarruella, quien afirma que “se piensa más de una vez antes de editar el libro. Hoy se plantea más como encararlo, qué títulos se editan y qué tiradas. Antes, si perdías, más o menos podías seguir. Ahora el riesgo puede llevar a un agujero muy grande en tu proyecto editorial”.

Crisis es oportunidad. Ese parecería ser el lema del mentor de Milena Caserola, quien sostiene: “nosotros nacemos de la crisis. En el 2001, con experiencias autogestivas y asamblearias, y en el 2005 organizamos la Feria del Libro Independiente. Así que no es que transitamos la crisis, sino que nacimos de la crisis. Ahora estamos de alguna manera fortalecidos porque armamos el catálogo durante estos de 12 años y tenemos un montón de títulos. Hoy tenemos la posibilidad de estar en la Rural, pero si en algún momento no tenemos la tenemos, volveremos a poner dos caballetes y un tablón en la calle haciendo ferias”.

Además de las políticas de exclusión y empobrecimiento que genera este panorama, ¿qué ha hecho el Estado para revertirlo? Tarruella manifiesta que “hay  un retiro absoluto del Estado como lugar de consulta o posible lugar de ejecución de políticas para las editoriales, de las que puedo nombrar concretamente dos: uno eran los encuentros de MICA, de industrias culturales argentinas. Eso estuvo suspendido durante tres años y ahora lo vuelven a hacer a mediados de junio. Eran eventos muy interesantes. El otro eran las compras que la CONABIP hacía todos los años y desde la nueva gestión no se hicieron más. Eso se nota cuando las bibliotecas populares van a la feria porque tienen poco dinero, y cuando lo tienen. Antes tenían aportes del Estado con el que compraban libros que llevaban a distintos bibliotecas del país”.

En ese sentido Leder Kremer refuerza el concepto contando que “los Estados en general son uno de los grandes apoyos de la industria editorial, comprando libros de distribución gratuita para el sistema escolar y las bibliotecas públicas. Eso dejó de pasar e impactó muy fuertemente en el sector de la producción, sobre todo”.

Atentos a este tipo de reclamos, diputados de la oposición presentaron un proyecto de ley que se fue macerando durante años con los distintos actores del sector, que busca crear un Instituto del Libro que fomente y proteja la actividad, tal como existe en otras esferas de la cultura.

“Es una buena propuesta que debe ampliarse más a la discusión para ver de qué se trata. La mayoría de los que están en el sector de libro no están tan al tanto de esta ley»- dice Reck-. En otras áreas de la cultura como el teatro, el cine o la música, hay instituciones u organizaciones que dan cuenta de la actividad y esto no pasa en el libro, donde queda todo en el deseo y la iniciativa de los privados. Ahí hay que involucrar un poco más a sectores públicos y estatales. Me parece más que interesante porque hay muchísimo por desarrollar. Como país estamos en foja cero en cuestiones como la impositiva, de derechos, traducciones, impresión, subsidios o compras de libros para instituciones”.

Leder Kremer también apoya la propuesta de cuya elaboración fue parte y amplía: “hace falta sentar al Estado en forma orgánica en relación con el sector a desarrollar políticas editoriales. Esto necesita plasmar un concepto federal. No puede ser que la producción y la venta, aunque hoy sean magras, sigan concentrándose de esta manera en Capital Federal y Gran Buenos Aires. En esos puntos se producen y venden más de la mitad de los libros del país. Estamos convencidos que las librerías y las editoriales tienen un rol cultural importante y que el libro es un artefacto inherente al pensamiento crítico, a la defensa de la autonomía mental”.

«Pero para que eso ocurra tiene que haber políticas de Estado que apoyen la producción, tiene que haber acciones de promoción del libro y de la lectura. Y estas no pueden ser aisladas, sino que tienen que ser permanentes. Es mucho lo que tiene un instituto para hacer. Este instituto crea un observatorio del sector editorial. Hay que entender qué es lo que quiere la gente, pero no en base a la democracia de los clicks, sino realmente con análisis en profundidad, atendiendo a otras cuestiones, con investigaciones. Que haya un instituto bien fondeado, a partir del presupuesto nacional, que tiene que apoyar con créditos blandos la producción de ediciones argentinas. Este organismo tiene que realizar estrategias para que la circulación del libro en Argentina no sea tan costosa, para que los autores argentinos tengan una mejor salida al mundo. Hay que subvencionar traducciones como lo hacen otros países, en los que se financia la traducción de los libros y de esa manera se incentiva la edición de esos autores en otros países”, agrega.

Y concluye: “Hay mucho para hacer, para rescatar y para defender. Tenemos que ser conscientes que el libro, al igual que muchas instituciones de nuestro país, está en peligro. Y ahí tenemos mucho para perder”.

Recibí más periodismo de este lado

Nuestros temas