Redacción Canal Abierto | Hace 65 años, el 16 de septiembre de 1955, sectores de las Fuerzas Armadas derrocaban a Juan Domingo Perón para instaurar la dictadura cívico militar autodenominada Revolución Libertadora.

Era el inicio de un proceso represivo y proscriptivo que duraría 18 años, durante los cuales tanto peronismo y como antiperonismo forjarían -o reforzarían- identidades posibles de rastrear hasta nuestros días.

Para entender las derivaciones políticas y culturales de aquel golpe de Estado, y la forma en que modificaría la historia moderna y reciente de la Argentina, Canal Abierto entrevistó al investigador del CONICET e historiador Omar Acha. Además, su visión sobre los cambios en los modos de participación de la juventud y la utilidad del concepto de “grieta” para simplificar tensiones sociales que siempre estuvieron ahí.

¿Qué cambios identificas en la cultural política argentina tras el golpe de Estado de 1955?

-En principio, hay que recordar que los actores comprometidos con el golpe de 1955 pensaban que cortándole la cabeza al peronismo, se cerraba el ciclo. La realidad es que se equivocaron: el derrocamiento violento de Perón terminó por inaugurar el peronismo como época.

Y es que si bien al golpe de Estado de 1955 lo podemos ubicar entre junio y septiembre de 1955, la memoria o construcción de sentido en relación a aquel proceso siguió abierto en el tiempo. Mientras para unos significó un movimiento libertador y justo para retomar la senda republicana y liberal de la Constitución de 1853; para otros fue la ruptura de un forma constitucional legítima, válida, democrática y popular. Al mismo tiempo, desde algunos sectores de izquierda, hubo quienes interpretaron aquel momento como una oportunidad para radicalizar e ir más allá de lo que el peronismo había prometido pero no realizado.

Lo cierto es que el significado o la interpretación de 1955 fue motivo de disputa entre el peronismo y sus detractores, pero también en el seno mismo del movimiento peronista. Es posible ver allí cómo sectores ortodoxos y revolucionarios se disputaron el sentido de aquel golpe de Estado.

Lo mismo sucedió con la lectura y los recortes historiográficos sobre la emergencia del peronismo: si uno toma el golpe de 1943 como inicio del proceso, ponemos el énfasis en sus orígenes militares; si tomamos el 17 de octubre de 1945, es en tanto movilización popular; y si ponemos el foco en junio de 1946 (la elección que llevó a Perón a la presidencia), como cuestión de Estado o de gobierno.

Incluso hay investigadores que plantean un vaciamiento al interior del peronismo, algo así como un desgaste o desencanto en las bases previo a 1955…

-Algunos historiadores hablan de una rutinización del régimen, un concepto que se toma de otras experiencias europeas a partir de la burocratización y aquietamiento de las aguas transformación. Según esta tesis, esto habría facilitado la caída de Perón. El problema de esta tesis es que en 1954 hubo una elección para reemplazar al fallecido vicepresidente en la que el peronismo sacó incluso más votos que en la reelección de 1951.

 

“Para algunos sectores el golpe fue un movimiento libertador y justo”

¿En qué medida el golpe de Estado significó la inauguración de la dicotomía que hoy conocemos como peronismo y antiperonismo?

-Con el golpe emergen –o se consolidan– varios relatos en relación al peronismo: por un lado, desde el antiperonismo se crea una caracterización de lo que entendían como un régimen corrupto, violento, asociado al abuso de poder y el ataque a las libertades; desde el peronismo, e incluso en sectores que hasta entonces no eran peronistas, se construye una reivindicación de las causas y luchas por los derechos sociales.

Fue un hito que consolidó formas de pensar y valorar el peronismo que todavía subsisten.

Creo que a lo largo de la historia argentina podemos rastrear un gran partido ideológico o cultural –que no es equivalente a partido político– como núcleo de identificación que atrae sectores y les da una emoción política, el antiperonismo. En él confluyen caracterizaciones negativas que coinciden con otras formaciones sociales que no son propias de la Argentina, como es la estigmatización de la pobreza o el otro, y que acá se expresan en calificativos  como “negros”, “cabecitas”, “el que no trabaja”, “los violentos”.

Creo que en 1955 se consolida ese lugar de identificación que en cada momento supo encontrar distintas formas políticas, ya sea a través de golpes militares o bien en espacios partidarios –por ejemplo, en Cambiemos.

Pero siempre está la impugnación del peronismo como forma anti democrática o no republicana…

-Sí. Pero en primer lugar, hay que decir que la llegada del peronismo al poder en 1946 se da a través de elecciones democráticas e incuestionables. De hecho, son las primeras elecciones totalmente transparentes de nuestra historia. Luego, y sólo por citar otro ejemplo de republicanismo, la reforma de la Constitución de 1949 también se alcanza a través de un mecanismo totalmente legal y legítimo.

A decir verdad, el antiperonismo fue un sector menos republicano y mas golpista que el peronismo.

En uno de tus libros retomas la célebre máxima que entiende al peronismo en tanto “hecho maldito del país burgués”, inmortalizada por John William Cooke para plantear la inviabilidad de cualquier armado político que no tenga en cuenta el peronismo. ¿Crees que continúa vigente aquella definición?

-La premisa de Cooke tenía que ver con la concepción del peronismo como vía de entrada a un proyecto socialista a nivel nacional. Esto quiere decir que en la medida en que su retórica estaba vinculada con la lucha de clases y por la impronta que a su interior tenía la clase trabajadora organizada, el peronismo debía conducir a una contradicción y disputa que cuestionaría la premisa peronista del “buen capitalismo” o “capitalismo mas justo”.

Esa tesis de Cooke no se verificó. Al menos pensándolo en la larga duración, el peronismo fue una forma de integración social y política democrática de las masas populares, con sus dinámicas progresivas y ciertas lógicas políticas que llamaríamos populistas que establecieron un nosotros popular y ellos minoritario y oligárquico.

La democracia –y te diría, la historia argentina– sin el peronismo, es incomprensible.

Lo mismo se podría decir del antiperonismo, ¿no?

-Por supuesto. Y todo parece indicar que en los últimos años, con la emergencia y consolidación de Cambiemos, el antiperonismo habría logrado encontrar su forma política. De todas formas, incluso al interior del PRO encontramos una pata peronista, por ejemplo, con Monzó y Santilli, ahora Pichetto.

A fin de cuentas, el antiperonismo no es una identidad rígida, sino el rechazo de lo popular, de lo plebeyo.

En tu libro Los muchachos peronistas trabajas la relación entre juventud y política entre los años 1945 y 1955, un tema muy abordado por muchos historiadores pero sobre las décadas del sesenta y setenta. ¿Ves una continuidad o un cambio de paradigma entre ambas épocas? ¿Y respecto de la actualidad?

-Hoy creo que hay jóvenes en la política, y no necesariamente una juventud política como la de los ‘60 y ‘70. Esto se revela en distintos sectores partidarios en los que no se revela una autonomía de proyecto, o una separación respecto de sus mayores.

En su momento, la llamada Tendencia Revolucionaria o Montoneros cuestionaron la autoridad de Perón. Y no se trataba de un berrinche de jóvenes irresponsables, sino de una proyección que aspiraba a un socialismo nacional o anti capitalismo. Lo mismo sucedía en otros espacios, como en los partidos Socialista y Comunista, en sectores del catolicismo.

¿Te parece que puede relacionarse con actual dificultad de proyectar grandes cambios?

-Exacto. En los 60´ y 70´ sí había un convencimiento sobre la necesidad y posibilidad de cambiarlo todo, y la juventud era particularmente activa de ese convencimiento.

Pese a los grandes desafíos y problemas de la actualidad, es muy difícil pensar un mundo radicalmente diferente al que tenemos. Pero es algo que nos conciernen a todas las edades o generaciones.

¿Qué opinión te merece la utilización del concepto de “grieta” para caracterizar -y a veces, impugnar- las actuales tensiones políticas, sociales y económicas de la Argentina?

-Creo que es un hallazgo en tanto representación de una separación cultural que es puede rastrear en la historia argentina, e incluso a nivel global. El enfrentamiento y la división entre dos campos es parte de la política.

¿No termina siendo una simplificación?

-Es cierto que la academia y los intelectuales intentamos precisar los matices, pero para hacer política hay que simplificar. Lo hizo y lo hace el peronismo, pero también el antiperonismo. Incluso el Frente de Izquierda abona una construcción de sentido similar cuando se ofrece como opción obrera frente a los explotadores, creando un campo estructural y simplificador. Lo mismo sucede en otros países, por ejemplo Estados Unidos, cuando Donald Trump y los demócratas se califican unos a otros.

De las clases sociales no surgen automáticamente formas políticas. Estas se tienen que construir, lo que supone un trabajo de edificación y simplificación.

 

Entrevista: Diego Leonoff (@leonoffdiego)

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