Redacción Canal Abierto | A casi siete meses de decretada la cuarentena, mucho ha cambiado en las políticas sanitarias y comportamientos sociales de los argentinos: del cierre total de actividades y unas pocas decenas de contagios y muertes diarias, pasamos a una casi normal circulación de personas y más de 16 mil infectados y centenares de fallecimientos cada 24 horas.

“No es casual que cuando todos salían a aplaudir, el contagio estaba muy controlado. Y esto sucedía porque justamente había una hegemonía del cuidado. Luego, cuando avanzó o dominó otra lógica, la del descuido, vimos cuáles fueron las consecuencias”, señala Daniel Feierstein, sociólogo e investigador del CONICET, autor de La construcción del enano fascista, Los dos demonios recargados, e Introducción a los estudios sobre genocidio, entre otros libros.

¿Cómo y por qué se naturalizan las consecuencias humanitarias de la pandemia? ¿Es el resultado de un discurso individualizante que arrasó con la lógica de cuidado y la solidaridad, es la cara visible de una frustración frente a un problema cuya solución no pareciera estar en el horizonte o sencillamente o sólo es la negación como mecanismo de defensa? ¿Qué rol jugaron los medios, las redes sociales y el Estado en el relajamiento de las medidas?

En esta entrevista con Canal Abierto, el docente de la UBA y la UNTREF reflexiona sobre estos interrogantes, plantea nuevas preguntas y asegura: “como sociedad hemos normalizamos situaciones intolerables, como las miles de personas viviendo en la calle y otras desigualdades absolutamente desconcertantes; la pandemia se transforma en una barbaridad más a incorporar como parte de lo aceptable”.

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¿Crees que como sociedad llegamos a tomar noción de la crisis que significa la pandemia?

– Me parece que cuesta entender la magnitud o dimensión que implica, no sólo en relación a la transformación de nuestra vida cotidiana sino también en otros aspectos. Cuesta aceptar que hay muchas cosas que vamos a tener que cambiar por mucho tiempo, y que en definitiva no se trataba de una modificación tan momentánea, como suponíamos en un principio.

Por otra parte, si bien es cierto que la crisis económica internacional se venía incubando, la pandemia terminó por precipitarla. En este sentido, tampoco creo que hayamos tomado noción de la magnitud de las transformaciones sociales que se vienen. Sobre todo en una sociedad que producto de los ajustes permanentes, no se si banca que esto sea pagado por los que menos tienen. Creo que para las autoridades va a ser un verdadero desafío repensar la distribución del ingreso, o al menos de modo más acuciante que antes del Covid-19.

Cuando se desató la pandemia, intelectuales de Argentina y el mundo se lanzaron a proyectar un “nuevo mundo” post coronavirus (unos vaticinaron un futuro Gran Hermano con un Estado haciendo uso y abuso del “estado de excepción”, otros un paraíso socialista), como si aquel cimbronazo hubiera despertado un deseo de cambio o novedad. ¿Crees que hoy ya no existe tal expectativa?

– Creo que hubo análisis particularmente apresurados: Giorgio Agamben diciendo que la pandemia no existía y era una invención, y quedando absolutamente en off side; Slavoj Žižek con la idea del Covid-19 como golpe de Kill Bill al capitalismo, algo que por ahora no vemos ni parece asomar; y Byung Chul Han -a mi modo de ver, el mas interesante de los tres- planteando una lógica de vigilancia digital que no veo que la pandemia haya transformado respecto de lo que ya teníamos.

Pero para no caer en el otro extremo y plantear que nada va a cambiar, me parece que faltó entender que los cambios son mas lentos. Esta pandemia está poniendo sobre la mesa una serie de problemas que van a empezar a generar una lenta posibilidad de transformación, pero hay que ver hacia dónde va ese cambio. Porque depende de los pueblos qué se va a hacer con esto, y las posibilidades son múltiples. Creo que hay que poner los pies sobre la tierra y trabajar mas con los tiempos de lo social, tiempos que no suelen ser tan disruptivos.

En definitiva, es falso creer que aparece la pandemia y a los dos meses todo cambia; tampoco me parece que vaya a quedar todo exactamente igual, pero hay que pensar qué líneas se abren y cómo incidir en ellas.

Lejos de aquel sentimiento inicial de unidad o solidaridad comunitaria -se expresaba, por ejemplo, en los aplausos de las 9 pm-, hoy pareciera aflorar una individualidad sin tapujos ni pudor, más justificada que nunca…

– Creo que están en disputa distintos modelos de lazo social que no nacieron en los últimos meses sino que llevan décadas, tanto a nivel global como nacional, pero que en Argentina podríamos ubicar temporalmente a partir de la dictadura. Se trata de una emergencia de formas de legitimación del individualismo, el egoísmo, un solipsismo y cierto ataque o quiebre a las formas mas solidarias de articulación social.

Esa disputa vuelve a aparecer en relación a la pandemia, y con un plus que creo que está muy bien ilustrado en el documental “El dilema de las redes sociales”. Tiene que ver con que nuestras formas de comunicación están tendiendo a darle mucha mas viabilidad a lo peor de nosotros. Es decir, que en esa disputa que ya existía, la forma mas solidaria, más cooperativa y más comunitaria se encuentra con un problema con el recurso en el que se está reestructurando el lazo social.

Hoy las lógicas del algoritmo y el click tienden a priorizar mucho más estás formas mas vinculadas al odio, el individualismo, negadoras y recluidas en la mismidad. Así como ese medio (las redes sociales) nos juega en contra, lo que juega a favor es el hecho de que sea imposible enfrentar una pandemia con actitudes con ese nivel de individualismo, algo que nos obliga a formas de cooperación frente al contagio y la muerte.

No es casual que cuando todos salían a aplaudir, el contagio estaba muy controlado. Y esto sucedía porque justamente había una hegemonía del cuidado. Luego, cuando avanzó o dominó otra lógica, la del descuido, vimos cuáles fueron las consecuencias.

Da la sensación de que medios de comunicación hegemónicos y sectores de la oposición están a la cabeza de una suerte de campaña contra el miedo, un miedo al miedo (pero sin que haya verdaderamente una campaña del miedo, una “inmunidad de cagazo” que no fue tal). En concreto, abundan discursos que niegan al resto e insisten en que romper los protocolos y el cuidado es de valientes…

– Lo más grave es que se ha cambiado ese equilibrio que mencionaba antes, y que va mucho más allá de la grieta política. Si la conducta deseable, valiente o hegemónica es la del cuidado, o si pasa a ser la de la falta de cuidado y una prepotencia y desprecio por el cuidado del otro. De todos modos, vale decir que este viraje va más allá y es previo de la pandemia, porque como sociedad hemos aceptado y naturalizado situaciones que debieran ser intolerables, como son las miles de personas viviendo en la calle, la desigualdad absolutamente desconcertante e inaceptable. Cosas que aceptamos como naturales o normales. Y la pandemia se transforma en una barbaridad más a incorporar como parte de lo aceptable.

En las últimas semanas se viene dando un bombardeo brutal desde medios de comunicación hegemónicos que nos dicen “este país no tiene solución, la gente se está yendo y sólo los boludos se quedan”, ¿qué reflexión te merece?

– Este momento nos está mostrando una novedad grave, y es que los lazos de confianza y solidaridad se pueden romper. Sucedió con las prácticas genocidas de la última dictadura militar, pero que se reproducen con prácticas no genocidas aunque con efecto similar. Ahí juega mucho esta construcción del autodesprecio, y que viene surgiendo mucho en estos discursos. Un desprecio por lo propio que, por otro lado, no parece basarse en ninguna circunstancia consistente. Es decir, las cuestiones por las cuales sería despreciable nuestra identidad son circunstancias que uno puede encontrar en muchas otras sociedades. Sin embargo, eso nunca aparece en el horizonte.

Es respecto de esta cuestión que utilizaba la analogía entre la falta de cuidados por la pandemia y la evasión fiscal: la idea de creer que se puede estar por encima de la ley, de la norma, y que no hay nada que a uno lo obligue a entender que vive en comunidad. Creo que en este sentido nos hemos confundido todos, y no es sólo una cuestión de un posicionamiento político de derecha. Porque el propio campo popular, sobre todo en las últimos dos o tres décadas, ha colaborado en esta confusión sobre el sentido de la norma: en primer lugar, en creer que esta sólo puede ser imposición del poder y no entender que la norma es un límite al poderoso; y lo segundo es el relativismo -epistemológico y ético- por el cual se plantea que no hay verdad y sólo hay confrontación de opiniones, lo que entiendo ha legitimado el egoísmo y la crueldad como verdades tan válidas como la solidaridad y la cooperación.

En una entrevista reciente con Página 12 dijiste que era irreal pensar que con la estructura sanitaria argentina, los lazos sociales que tenemos y con un Estado destrozado, íbamos a poder ser el ejemplo mundial en el manejo de la pandemia. ¿Entendés que se debió encarar de otra manera, quizás mas realista, para no terminar generando una frustración social? ¿En qué medida crees que incidió que en aquellas comparaciones con el mundo se colara algo así como una cultura futbolera del “les estamos ganando”?

– Me parece que nos confundió mucho haber tomado una muy buena medida inicial, aún cuando después faltaban un montón de cosas. Si lo pensamos como metáfora futbolística, hicimos un golazo al minuto de partido y creímos que ya habíamos ganado el partido. Lo cierto es que no habíamos ganado nada y el partido era dificilísimo, con una cantidad enorme de cuestiones complejas que abordar. Creo que hubiera sido positivo trasmitir esto de un modo mas llano.

Se entró muy buen y a tiempo a la cuarentena, pero no se supo salir antes y de otras maneras. Por ejemplo, desarrollar una trazabilidad adecuada a nuestra sociedad; ir liberando a los sectores mas complicados en cuanto a la actividad económica, algo que luego fuimos entendiendo que no era el único o principal eje del contagio; pensar qué iba a pasar con los encuentros sociales, que en muchos sentidos ha sido el núcleo mas problemático.

Este triunfalismo inicial generó después mucha frustración, y no necesariamente era inevitable. Pero para no poner toda la responsabilidad en las autoridades, quizás tendriamos que haber tomado mas conciencia de la particularmente difícil situación que atravesaban todos los países del mundo, y más aún en sociedades como la nuestra, con el nivel de hacinamiento, desigualdad y destrucción del aparto estatal. Lo importante ahora es ver cómo revertir esa desazón porque esto no terminó, falta mucho.

Hoy por hoy las redes sociales surgen como luego de sociabilidad por excelencia, aún cuando se trate de vínculos fríos, lejanos y sin rostro. Incluso devinieron en espacios de expresión política -en muchos casos, de corte fascista- o de participación, como lo muestra la convocatoria oficial a un acto virtual por el 17 de octubre. ¿Crees que una de las marcas que puede dejar la pandemia es esta preponderancia de la virtualidad? ¿Son las redes un caldo de cultivo para un avance de la extrema derecha?

– Creo que hay un riesgo muy grande de avance de discursos fascistas producto de distintos elementos. Por un lado, por una re emergencia histórica del fascismo que responde a intereses y financiamiento de los capitales concentrados, y por otro a una situación sociopolítica global que facilita ese surgimiento. A esto hay que sumar este despliegue en las redes sociales, algo que vuelve más difícil enfrentarlo, y el enojo y la frustración producto de la pandemia y sus efectos. Todo esto genera un caldo muy favorable para el fascismo.

Sobre la cuestión del lazo social, hoy la coyuntura hace que no nos quede otra que aceptar la virtualidad en ciertas cuestiones, sobre todo en lo que tiene que ver con desplazamientos largos y eventos masivos. Hay otros lazos que vamos a tener que tratar de ir recuperando, aunque resulten distintas respecto a lo que acostumbrábamos en el pasado.

Una cosa era pensar la pandemia como una situación de excepción de 30 o 90 días. Esa instancia ya pasó, ahora hay que empezar a componer una nueva vida cotidiana.

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