Por Carlos Saglul | Tiene razón el presidente Alberto Fernández cuando dice que Argentina “es un país con una historia especial” en lo que hace al rol del Estado aludiendo seguramente a la dictadura y el genocidio. Pero al tiempo, es verdad que es peligroso confundir autoritarismo con autoridad. Ser responsable del Estado implica, a veces, ante situaciones de emergencia, tomar actitudes que pueden llegar a no tener total consenso.

En todo el mundo hay manifestaciones de la derecha en contra de la vacuna, la única esperanza para terminar con el COVID-19, una de las mayores tragedias sanitaria de la humanidad. Convengamos, no obstante, que la ruindad de la oposición al actual gobierno argentino adquirió una ferocidad difícil siquiera de empatar.

“Envenenador de masas”, “dictador”, las fake news pululan a tal extremo que los familiares de un trabajador de la salud fallecido debieron aclarar públicamente que la muerte no se debió a la vacuna “Sputnik V”. La derecha apuesta que un alud de muertes por COVID- 19 sepulte al actual gobierno en la impopularidad. Si Alberto Fernández actúa lo acusa de autoritario, y de “no hacer nada” si acciona en contrario. Esto no quita que hayan existido errores graves en el tratamiento de la pandemia.

La segunda ola que ahora se teme obliga a preguntarse cuando terminó la primera. Sin embargo no existen, salvo las limitaciones en el transporte público, prohibiciones destinadas a evitar el contagio. Los medios han invisibilizado la pandemia como si hubiera terminado. La vacuna fue erigida algo así como la solución milagrosa cuando en realidad no hay milagro que supla la responsabilidad colectiva.

Se han visto funcionarios sin barbijos a los besos y abrazos, en actitudes que terminan haciendo poco creíbles las recomendaciones en contrario que hacen a la población.

Durante las fiestas de fin de año se multiplicaron las aglomeraciones en plazas y parques. Las playas son festivales de contagio. Las calles de los sectores comerciales se convierten a diario en aglomeraciones de gente que anda apretada como ganado rumbo del matadero. ¿Alguien ha sido siquiera multado por andar sin barbijo? Hasta se ven policías sin ellos. Mucha gente no toma en serio las medidas de prevención, pero acordemos, el Estado colabora haciéndose el distraído.

La hegemonía liberal significa, entre otras cosas, que sean parte de la normalidad jóvenes que salen ante las cámaras de televisión quejándose con consignas como “molestan más las prohibiciones que el covid, yo ya estuve contagiado”. Es decir, “el otro” no existe. Estos pibes no tienen padres, ni abuelos ni vecinos que pueden contagiarse y morir. No es la “guerra del cerdo”. Simplemente el otro no está, no me reflejo en él. Enfrentar al covid es parte también de una batalla cultural, volver a recuperar los valores que el neoliberalismo trituró haciendo imposible toda empatía.

La solidaridad perdida es parte de un relato donde lo colectivo está ausente. Se salva quien puede. Y que se “mueran los que se tengan que morir”, como dijo un líder político votado en las últimas elecciones por casi la mitad de los argentinos.

Una vida digna, estudiar, trabajar, ya no son para las grandes mayorías parte de un proyecto colectivo, imposible de construir sin el otro. Como decía Zygmunt Bauman “aquello que era un trabajo a ser realizado por la razón humana en tanto atributo y propiedad de la especie ha sido fragmentado (“individualizado”), cedido al coraje y la energía individuales y dejado en manos de la administración de los individuos y de sus recursos individuales”. Para Bauman “esa fatídica retirada se vio reflejada en el corrimiento de la ´sociedad justa´ hacia los derechos humanos, lo que implica reenfocar ese discurso en el derecho de los individuos a ser diferentes y a elegir y a tomar a voluntad sus propios modelos de felicidad y estilo de vida más conveniente”.

Defender solidariamente la vida del otro como si fuera la propia es la única elección posible de la razón en los días que nos tocan. No hay lugar para actitudes timoratas ante circunstancias tan extremas. Poner en riesgo la vida del otro, es mucho más que una conducta antipática.

Si no nos ponemos de acuerdo ni en eso, es difícil construir algo en común. El rol educativo del Estado debería ser justamente ese, imponer con fuerza un relato alternativo que haga posible sentirnos parte de un proyecto común que comienza por respetar la vida del otro. Esto se hace con elocuencia pero también ejerciendo la autoridad.

Iustración: Marcelo Spotti

Recibí más periodismo de este lado