Por Pepe Mateos (*) | La pandemia rompió un orden, si se le puede llamar “orden” al estado de cosas previo a la irrupción del virus. Un virus que desarticuló una fluctuación de un sistema que ya era muy precario en sí, y lo precarizo aún más.

Los artistas, músicos, actores, artistas plásticos y toda la estructura que gira alrededor han sido gravemente afectados. Solo en nuestro país se calcula en 500 mil las personas vinculadas de distinta forma a la industria cultural.

Los que ejercen oficios vinculados al arte poseen un aura, transmiten algo intangible que es tan necesario como tantas otras actividades para nuestra existencia.

Padecen esta disrupción pandémica, más o menos que aquellos que practican otros oficios, que en algunos casos como changarines, vendedores ambulantes, albañiles, personal de casas particulares y tantos otros, solo les garantiza una subsistencia diaria.

En todo este complejo entramado social, los artistas como tantos otros gremios y sectores buscan sobrevivir, fortalecerse y resignificar con las estrategias que tienen a mano o van descubriendo. Como todos.

Aquí algunas de esas historias.

Gustavo Mulé, violinista

“Los artistas tenemos que proveer a las personas un refugio para el alma en tiempos difíciles”

Gustavo Mulé, integrante de la Orquesta Sinfónica Nacional, es uno de sus primeros violines y paralelamente lleva adelante diversos proyectos de Música de Cámara, solista con otras orquestas, docencia en el Conservatorio Astor Piazzolla de la ciudad de Buenos Aires y ha tocado en el Teatro Colón, el Auditorio del CCK, Usina del Arte, entre otros lugares.

“Pasé por distintas etapas durante la cuarentena”, relata Gustavo. “En principio se suspendieron muchos proyectos que estaban en punta, cuando todavía lo que pasaba en Europa parecía muy lejano y sentí una enorme tristeza. Al ver que la situación se prolongaba sentí la necesidad de canalizar de algún modo lo que venía haciendo. Así fue que comencé con algunos trabajos virtuales a distancia. Un mundo que desconocía, y que me permitió mantenerme en contacto con los músicos y el público haciendo música. Tuve que aprender algunos rudimentos técnicos como edición de video y sonido, y en algún caso tuve que pedir ayuda con algún equipamiento un poco más profesional porque todo era hecho en su mayor parte con un celular.

“Luego vinieron algunas flexibilizaciones y pudimos volver a los escenarios, pero sin nada de público y con producciones más profesionales con la organización del ministerio de Cultura, que organizó un ciclo por streaming y se hicieron producciones audiovisuales excelentes y grabamos con una prestigiosa pianista, Paula Peluso. Fue un respiro sentir que volvíamos a tocar en vivo.

“El vivo tiene un plus que nada lo reemplaza, ese riesgo de estar en un escenario frente a un público activa la magia donde parece todo posible.  Volvimos a tocar con un grupo reducido integrado por colegas de la Sinfónica Nacional casi un año despues de iniciada la cuarentena con un aforo reducido, fue una gran emoción y aprovechamos para homenajear al gran Astor Piazzolla en el aniversario de los 100 años de su nacimiento.

“La pandemia nos obligó a tomar conciencia de lo endeble que es todo. Un virus microscópico puede poner a un planeta al borde del abismo. Los artistas tenemos antes que cualquier otra cosa una función social de proveer a las personas un lugar de refugio para el alma en tiempos difíciles”.

Pompapetriyasos, Grupo de Teatro Comunitario de Parque Patricios

“Si no podemos imaginarnos mundos nuevos y adonde queremos ir, vamos a ser llevados”

Pompapetriyasos desde hace 17 años viene generando producciones artisticas colectivas interviniendo el espacio público. Han realizado 6 espectáculos, “Lo que la peste nos dejo”, “300 millones”, entre otros, composiciones musicales, audiovisuales y trabajos fotográficos siempre integrados al barrio, al territorio, haciendo hablar a las voces que expresan el espacio que los habita. Su directora, Agustina Ruiz Barrea, tomando la voz del grupo, dice, “En el 2019 estábamos armando un espectáculo, ‘Postales de un lenguaje recurrente’. Una historia que transcurría en las calles y en los balcones, en departamentos prestados y aglutinaba mucha gente. Hicimos dos funciones y comenzó la cuarentena. Al mismo tiempo nos estábamos mudando con mucho esfuerzo a un espacio mayor. Decidimos pelear contra el aislamiento vincular y trasladamos toda nuestra tarea a la virtualidad y de esa manera sostuvimos el sujeto colectivo”.

“Vivimos en un barrio del sur de la ciudad de Buenos Aires donde la mayoría de las niñas y los niños que concurren a nuestros talleres van a la escuela pública y la escuela se llamó a silencio, no hubo una voz pública que los contuviera. Un padre un día nos dijo; ‘Ustedes abrieron las ventanas de mi casa’.

“Si bien no podíamos compartir espacios físicos logramos compartir tiempo y eso nos sostuvo a la distancia.

“Todos los talleres produjeron algo. Nos sentimos muy orgullosos de un espectáculo, “Callar en silencio, historias del cartón”, es una investigación sobre los restos que dejan nuestros cuerpos en el encierro. Trabajamos con la realización de máscaras de cartón donde cada participante exponía su mito personal. “Ustedes pelearon contra el mito del encierro eterno”, nos dijo una investigadora. La máscara nos habilito la posibilidad de construir fantasía.

“En términos económicos recibimos subsidios y apoyo de la comunidad, pero de todas maneras se nos retrajo el sueldo a todos y decidimos sostenernos entre todos porque formamos parte de un entramado, esto lo permite el colectivo, el estar con otros, es muy emocionante saber que uno forma parte de algo más grande que uno mismo.

“De todos modos es muy duro no sentir los otros cuerpos en el espacio, no sentir esa vibración que los otros cuerpos expresan. No hay nada más esencial que el encuentro con el otro, el afecto, eso no se puede cambiar por nada”.

“Estamos ante un cambio de paradigma de la humanidad y tenemos que ver cómo nos podemos imaginar, reinventarnos, pensar adonde queremos ir con el poder de la fantasía y la imaginación, imaginarnos como colectivo, si no podemos imaginar adonde queremos ir, vamos a ser llevados”, concluye Agustina”.

Los Pompapetriyasos - Foto Pepe Mateos

Gisella Pérez, bandoneonista callejera

“La pandemia me tiró para atrás”

Gisella Pérez viaja desde Monte Chingolo a recorrer con su bandoneón bares y restaurantes de la ciudad de Buenos Aires. Despliega un reportorio que se nutre de tangos arrabaleros de la década del 30 con una impronta escenica muy personal.

“Estudie clarinete en el Conservatorio y Comunicación en la UBA. Con mi novio, bah, uno que era mi novio, tocábamos en distintas orquestas y también cantaba. Él tocaba el violín, yo se lo había regalado y me convenció para que me compre un bandoneón. Después me dejó, lo quería matar, pero gracias a él me encontré con el bandoneón. El bandoneón tiene una presencia, te aporta una teatralidad. Trabajé haciendo de todo, comidas para llevar y tocando en milongas que ya cerraron. La pandemia me perjudicó en todo, en principio en la movilidad, la dificultad para moverse a Capital. Después somos muchos los que salimos a la calle a buscar un mango y hay otros que no hacían música que salieron a rebuscarse y no tienen ningún código. A mí me gusta salir a la calle, toqué en el tren, el subte, lo disfruto. Antes de la pandemia, haciendo todo San Telmo me levantaba 3 lucas, hoy con suerte llego a la mitad.

“Salgo jueves, viernes y sábado y me mudé con mi abuela, la cuido, la ayudo y zafo el alquiler”.

“La pandemia me tiro para atrás, me cuesta proyectar, imaginar un futuro, el mundo se ha puesto más incierto de lo que ya era.”

Lula Mari, artista plástica

“Cuando el futuro se vuelve muy incierto el pasado nos salva”

“Antes de la pandemia trabajaba con la pintura, hace unas 20 años, desde dos lugares distintos que son un poco lo mismo. Mi trabajo personal y las clases. Las dos se retroalimentan. En marzo cuando empezó la pandemia me dio un temor muy grande y les dije a mis alumnos que se suspendían las clases. No veía la cuestión virtual como una posibilidad, sobre todo porque el taller es un lugar muy rico donde lo colectivo y el pensamiento grupal nos alimentan a todos por igual y no me parecía que esto se pudiera dar en la virtualidad. Después algo siguió por la voluntad del grupo y empecé a armar unos videos con la parte más técnica de las clases y esto empezó a funcionar, a tener su propia dinámica. Fue muy novedoso, de repente encontré un nuevo formato y resultó mejor de lo que pensaba. Se incorporaron alumnos que de otra manera no podrían participar, por distancia o espacio en el taller. Se armó una pequeña comunidad que nos resultó muy necesaria para todos los que participábamos porque pudimos conectar con algo que es la temporalidad de la pintura que es un lenguaje más largo de lo que estaba pasando alrededor, marcado por la urgencia y la incertidumbre. Esa conexión que se dio nos sostuvo a todos”.

“De alguna forma antes de la pandemia tenía una incomodidad con lo que venía sucediendo. No se pueden sostener las vidas con lo que estamos armando, el desastre ambiental, las formas de consumo, las formas de vincularse. Para mí la pandemia es revelar, poner al día, que no se puede sostener un estado de cosas. Lo que no quiere decir que después de esto venga un orden mejor”.

“No sé qué le puede aportar el arte a la gente, si lo que me aporta a mí.

“Cuando el futuro se pone muy incierto el pasado me salva porque veo que hubo un montón de momentos conflictivos en la historia, no tenemos un paraíso perdió atrás ni un paraiso prometido adelante, solo una historia conflictiva y el arte estuvo ahí. Cuando veo una pintura de cualquier período histórico o geografía, hay una alianza inmediata con aquellos que atravesaron esos conflictos y conectarse con eso es tener una clase de temporalidad con respecto a la propia experiencia de nuestros tiempos y la sensación que también podemos producir belleza no solamente temor, muerte y destrucción sino que también habitamos una corriente sensible y de la que el arte da cuenta y es parte”.

Eduardo Pinto, cineasta

“Con la gente muriendo y con hambre a quien le va a importar el cine”

Eduardo Pinto es un cineasta con muchos años de trabajo encima cumpliendo distintos roles en la industria del cine, y fue el director y guionista de ocho largometrajes, Caño dorado, Corralón, Palermo Hollywood, entre otras películas y varios cortometrajes.

“El mismo día que empezó la cuarentena –relata- terminé de editar una película, Sector Vip, que se estrenó este año. Toda la post producción se hizo de modo virtual, algo que no había hecho nunca. Constantemente estoy filmando y produciendo, películas independientes, películas por encargo o trabajando de director de fotografía. Siempre tengo varios proyectos. Durante la cuarentena como no podía filmar tuve la clara visión de aprovechar para terminar guiones que quedaban en carpeta a causa de la dinámica del trabajo. De esa forma pude terminar de escribir tres guiones de largometrajes, el desarrollo de una serie y otro guión que pude filmar este año, “Desarmadero”. Eso fue lo positivo del 2020 para mí. Después se da algo en el cine que hay una modificación estructural en el trabajo, se vuelve muy complicado filmar comercialmente”.

No pude salir a filmar y no generé dinero en todo el año, un cambio muy fuerte en lo económico. Fue muy duro. Tuve momentos de quietud, depresión, tristeza”.

“Me decía, dónde voy a pasar mis películas si no hay más cine. Tuve una melancolía por algo que no sabemos cómo va a volver, los estrenos, los festivales, las proyecciones. Mi respuesta a esto fue hacer, hacer y hacer”.

“Tuve preguntas casi existenciales porque con gente muriendo y con hambre, ¿a quién le va a importar el cine?”

“La pandemia es un cimbronazo, una explosión, una peste, una ola gigantesca que nos arrasa. Una destrucción a partir de la cual habría que generar una nueva sociedad”.

“Es un momento bisagra y somos testigos. Fui testigo de la dictadura, del inicio de la democracia, del menemismo que destruyo el país, de las torres gemelas, del 2001, de todo lo que sucedió en los últimos 40 años, pero esto no lo había previsto. La naturaleza supura y vomita, es una señal, claramente”.

 

Fotos: Pepe Mateos

Publicado originalmente en vaconfirma.com.ar

 

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