A estas alturas de la pesadumbre que me causan la perfidia, el cinismo y la torpeza de los Unos Buenos y los Otros Malos; de una irritación que a paso firme crece desde el pie y empieza a transfigurarme, a descomponerme, soy el señor Núñez llegando a las oficinas de “La Pirotecnia” con una valija repleta de armas  al grito de “¡Tomen sus recaudos, miserables!”. Soy Núñez, el del cuento “Also sprach el señor Núñez”, de Abelardo Castillo. Soy Núñez y no puedo menos que decirles: “Cuando un hombre, por un hecho casual, o por la síntesis reflexiva de sus descubrimientos cotidianos, comprende que el mundo está mal hecho, que el mundo, digamos, es una cloaca, tiene que elegir entre tres actitudes: o lo acepta, y es un perfecto canalla como ustedes, o lo transforma, y es Cristo o Lenin, o se mata. Señores míos, yo vengo a proponerles que demos el ejemplo y nos matemos de inmediato”.

Yo lo haría. Pero soy un cobarde y, además, creo que el mundo no puede prescindir de mis servicios.

Quiero decir: de los Otros Malos nunca jamás esperé otra cosa. Pero de los Unos Buenos… ¡Qué tristeza! De los Unos Buenos nunca jamás me había figurado que podían llegar a transformarse en politiqueros de cuarta, en militantes enajenados que sin detenerse a pensar siquiera un segundo sueltan palabras y se ponen a gritarlas de cara a micrófonos y cámaras. Palabras y conductas perturbadoras que no hacen más que brindarle más atajos y coartadas a la arremetida de los Otros Malos.

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