Un partido, dos independencias

Argentina se enfrenta hoy a Cabo Verde en los 16avos de final del Mundial de Futbol. Ambos países celebran su independencia con una diferencia de 5 días, aunque se produjeron con más de150 años de distancia. Un recorrido por la relación entre sus historias
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Redacción Canal Abierto | A las 19 horas del día de hoy, Argentina y Cabo Verde se enfrentarán en Miami por los dieciseisavos de final del Mundial. Pero la pelota, en este caso, es apenas el disparador de una historia más amplia: la de dos naciones que, separadas por un océano, celebran sus independencias con apenas cuatro días de diferencia. El domingo 5 de julio Cabo Verde cumple un nuevo aniversario de su emancipación de Portugal; el jueves 9, Argentina hace lo propio con la suya, aquella del 9 de julio de 1816. El fútbol, como pocas cosas, pone en el mismo escenario a dos países que, desde la distancia, se miran y se reconocen.

La coincidencia de fechas es notable, pero los procesos de independencia de ambos países no podrían ser más distintos en tiempo y forma.

La independencia argentina se inscribe en el ciclo de revoluciones americanas de principios del siglo XIX. El 9 de julio de 1816, el Congreso de Tucumán declaró formalmente la independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica, rompiendo con el Reino de España tras años de guerra. Fue un proceso gestado por las élites criollas, impulsado por las ideas ilustradas y las guerras napoleónicas en Europa.

La de Cabo Verde es mucho más reciente y tuvo un carácter radicalmente distinto. Proclamada el 5 de julio de 1975 en el Estadio Várzea, fue el resultado de una larga lucha anticolonial contra Portugal. Aquí es donde la mirada de la Laura Efron –doctora en Estudios Africanos por la Universidad de Ciudad del Cabo (Sudáfrica) y docente de Historia de Asia y África en la UNQ y la UBA– aporta un contexto imprescindible: “En un contexto de guerra fría, de guerras revolucionarias de liberación y al mismo tiempo de neoliberalismo. Amilcar Cabral, líder político e intelectual de la independencia, había sido asesinado dos años antes. Sin embargo, el Partido Africano por la Independencia de Guinea y Cabo Verde, basado en las ideas de Cabral, tomó el gobierno e impuso un plan de reformas basado en sus ideas: reforma agraria, reforma educativa y planes económicos de nacionalización. Cabo Verde y Guinea mantuvieron alianzas (que promovieron la estabilidad económica insular) hasta 1980 cuando en este último país se impuso un golpe de estado. Desde entonces, tomaron caminos separados”, señaló la académica a la consulta de Canal Abierto.

A partir de la década de 1990 el país se volcó a la economía de mercado y al multipartidismo. Al salir del yugo colonial, la economía de Cabo Verde era muy precaria. Tanto el gobierno revolucionario como los posteriores proyectos procuraron desarrollar el mercado local. Hoy en día, su economía depende en un 75% del turismo, representando un 25% de su PBI. Al ser un territorio insular, depende en gran medida de la importación de productos y recursos”, agrega Efron

Esa doble herencia –la revolución anticolonial y el posterior viraje al mercado– explica buena parte de la fisonomía actual del archipiélago: una democracia estable, pero con los pies de barro de una economía volcada al exterior y sensible a los vaivenes del turismo global.

Un vínculo más profundo que el fútbol: la migración caboverdiana a Argentina

Pero si hay algo que hace particularmente interesante este cruce mundialista es que Argentina y Cabo Verde no son desconocidos. Desde fines del siglo XIX y principios del XX, miles de caboverdianos emigraron a la Argentina. Pero, ¿cómo fue esa llegada?

Esteban Alvarez es integrante de la Colectividad Caboverdiana de Ensenada –la más antigua de la diáspora caboverdiana en el mundo, que el año próximo cumple 100 años– y lo explica a Canal Abierto con la memoria viva de su familia: “Muchos llegaban de polizones. Otros recibían una carta de invitación desde Argentina y venían. Los dejaban entrar porque en esa época Cabo Verde era colonia portuguesa, y a todos los portugueses los recibían. Los primeros empezaron a llegar alrededor de 1810, 1820, pero los más masivos fueron a principios del 1900. Vinieron ya como negros libres, obviamente. En realidad, los primeros fueron llegando a todas las costas: Ensenada, Dock Sud, también en Bahía Blanca, en Brasil, en Estados Unidos. Siempre zonas portuarias, porque el caboverdiano, al ser isleño, tiene una condición muy grande en el agua. En esas épocas no todo el mundo sabía nadar, y los caboverdianos ya sabían nadar, pescar, amarrar, tenían el oficio del mar”

La comunidad creció hasta sumar hoy más de 30.000 descendientes. La Sociedad de Socorros Mutuos Unión Caboverdeana de Dock Sud, fundada en 1927, es otra de las instituciones históricas. Y esa organización no fue sólo para el arraigo. También tuvo un componente solidario que marcó a fuego la experiencia migrante.

Alvarez recuerda: “Mis viejos, los dos descendientes de caboverdianos, siempre me inculcaron la importancia de estar con la gente de la colectividad y de no perder los orígenes. Es una cuestión de agradecimiento, porque ellos vinieron con una mano adelante y la otra atrás. Es muy lindo sentirse parte de una colectividad. Además, no nos olvidemos que la colectividad caboverdiana en Ensenada era una asociación de socorro mutuo, de ayuda mutua. Se ayudaban entre sí muchísimo: el que ya estaba instalado le daba una mano al recién llegado”.

Pero el vínculo no fue sólo de subsistencia. La comunidad caboverdiana en Argentina jugó un rol activo y decisivo en el proceso de independencia de su tierra natal. ¿Qué empujó a tantos a irse? Alvarez lo cuenta con crudeza: “Antes de la independencia, a Cabo Verde le estaba yendo muy mal. Los portugueses no se hacían cargo de nada y hubo una época de mucha sequía, muchísima, la gente se moría. Ahí fue cuando empezaron a salir como polizones. Después, ya instalados acá, mandaban cartas para que los hijos pudieran entrar al país”.

Y agrega un detalle que revela la trama fina de esa solidaridad: “También había una tía de mi mamá, una señora grande que no tuvo hijos, que se hacía cargo de todos los caboverdianos que llegaban a Ensenada: les daba de comer, los ponía en su casa, les conseguía trabajo. Venía otro y ella iba al puerto, lo buscaba y lo ayudaba”.

Ya en la década de 1970, con el movimiento independentista en pleno furor, la colectividad local se organizó para aportar desde la distancia. Alvarez cuenta que “el tema de la independencia, que arrancó en los 60 y se dio en el 75 y acá ya había muchísimos caboverdianos. La colectividad era muy grande. Lo que hacían eran fiestas en la Casa Suiza, en Buenos Aires. Mi viejo era uno de los que organizaba esas fiestas. Juntaban plata y la mandaban para Cabo Verde para la independencia. Recaudaban todo lo que podían y lo enviaban para comprar armas y para toda la organización. Había un compromiso muy grande”.

Esa ayuda a la independencia caboverdiana no ocurría en un vacío político. Se daba en plena efervescencia social y represión en Argentina, a pocos años del golpe de Estado de 1976. Alvarez lo describe con una mezcla de picardía y conciencia histórica: “A los militares les hicieron canciones, hicieron fiestas con tambores, y ellos nunca se dieron cuenta de nada. Pensaban: ‘Los negritos están haciendo una fiesta, dejálos que bailen con los tamborcitos.’ Y nosotros mandábamos la plata igual. Pero ojo, porque en esa época también estaba el Che Guevara, estaban las fuerzas revolucionarias y también las reaccionarias acá. Estaba todo complicado”

Y cierra con un dato que humaniza aún más esa militancia silenciosa: “Pero los caboverdianos ya eran tangueros, digamos, ya estaban curtidos en la cultura argentina, ya eran argentinos. Mi viejo era anarquista, trabajaba en Luis Fuerza, estuvo en muchísimas marchas, siempre del lado del trabajador”

Esa doble pertenencia –la sangre isleña y el compromiso con la clase obrera argentina– es quizás el mejor resumen de lo que significa ser parte de una diáspora que no olvida ni se desentiende.

Dos modelos políticos, dos destinos, una pregunta común

Las trayectorias posteriores a la independencia también ofrecen un contraste revelador. Argentina, tras su independencia, transitó un siglo XIX convulsionado por guerras civiles entre unitarios y federales, y no logró consolidar un Estado nacional estable hasta fines de ese siglo. El siglo XX trajo golpes de Estado, populismos, dictaduras y democracias frágiles. Culmina el primer cuarto del siglo XXI siendo el primer experimento libertariano en llegar al Gobierno.

Cabo Verde, en cambio, tras independizarse, mantuvo un régimen de partido único socialista hasta 1990, cuando accedió al multipartidismo. Desde entonces, se ha consolidado como una de las democracias más estables de África. Sus indicadores de desarrollo superan la media del continente, con avances notorios en salud y educación. El turismo –hoy su principal motor– es el reflejo de aquella apuesta por el mercado local que, décadas atrás, buscaba sustituir la precariedad heredada del colonialismo.

Pero aquí, la segunda observación de Laura Efron invita a no perder de vista el contexto global que enmarcó ambas emancipaciones, y que hace que la comparación lineal sea engañosa: “Cada contexto contó con desafíos particulares acordes con su época. Sin embargo, la aceleración del capitalismo generó un contexto de mayor explotación y desangramiento de los territorios coloniales africanos y asiáticos, comparado con las experiencias coloniales previas. Es importante dimensionar que la experiencia colonial del siglo XX duró menos de un siglo como tal (si tomamos por referencia al Congreso de Berlín de 1885 como efeméride de punto de partida)”.

Y agrega que “eso significa que la aceleración del sistema trajo aparejada también una aceleración en las formas de expropiación y explotación. Teniendo tal contexto de base, la creación de estados independientes (que para ser reconocidos tuvieron que respetar las lógicas del estado nacional dominantes) ha sido mucho más desafiante. ¿En qué medida era posible construir un proyecto autónomo, basado en las necesidades locales y no en las demandas internacionales?”.

Esa pregunta resuena con fuerza tanto en las antiguas metrópolis como en los nuevos estados. Para Argentina, la independencia del siglo XIX llegó antes de la consolidación del capitalismo global como hoy lo conocemos; para Cabo Verde, la emancipación llegó en plena Guerra Fría, cuando el margen de maniobra de las naciones recién nacidas estaba ya recortado por los imperios económicos y las alianzas geopolíticas.

Ambos pueblos celebrarán la próxima semana su emancipación. O lo que queda de ellas. Uno de los dos, además seguirá con la ilusión de alzar la copa del mundo.