“La patria es una mala costumbre, a veces necesaria”

En medio del fervor mundialista, Bruno Napoli apunta al patrioterismo que emerge y es utilizado en diferentes épocas y contiendas por los grupos de poder. Trae a este escenario la figura del dictador Galtieri, criminal que asesinó en mesas de tortura y en el campo de batalla austral.
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Leopoldo Fortunato Galtieri

Por Bruno Napoli* | La frase, tan sarcástica como certera, pertenece a Jorge Luis Borges, y es bienvenida en días de alta intensidad patriotera. Cualquier político argentino lo sabe y practica asiduamente; siempre se echa mano a la banderita en momentos de desidia, genuflexión y entrega del patrimonio.

Así como no tenemos desde 1989 ningún presidente argentino que pueda justificar su patrimonio, cada gestión de una u otra forma apeló a la fórmula con frases o eventos rimbombantes en momentos de crisis. Es redituable y efectivo, aunque algo breve en el tiempo, y con extrañas reverberancias en las reacciones posteriores de los festejantes (pero sirve un tiempo el desahogo emocional).

Otras instituciones que han vivido del berretín patriótico han sido las Fuerzas Armadas y la Iglesia Católica argentinas. Estas dos corporaciones han asesinado y bendecido la tortura de sus propios jóvenes en tiempos de paz y hasta inventaron una guerra para continuar la masacre (y no ser menos que sus vecinas). La primera, con un genocidio que tiene nombre sin traducción en el mundo ya, por su intensidad y odio: “desaparecidos”. La segunda es un caso particular y de estudio, pues es la única Iglesia Católica de Latinoamérica que envió a sus funcionarios de toda jerarquía a participar en mesas de tortura y bendecir a quienes serían arrojados vivos al mar. Presenciaron la picana y la violación, incluso con la intención de sacarle a los secuestrados alguna última información en la extremaunción. Linda forma de servir a Cristo y la patria, matando a sus propios adolescentes y jóvenes (insisto, un caso de estudio). Y esto a contrapelo del resto del continente, donde las iglesias se dedicaron a salvar a sus feligreses, ocultándolos y participando activamente en movimientos sociales de protesta y educación popular como el caso de Brasil, o ayudando a salir del país a los perseguidos por Pinochet en Chile, como lo hizo la Vicaría de la Solidaridad de la Iglesia transandina, y ni hablar de las iglesias en Colombia o México, con posturas mas firmes aún. Aquí fue todo lo contrario.

Los genocidas Massera, Videla y Agosti en el palco del Mundial 78.

Fortunato afortunado

Alguien que lo entendió en su fuero íntimo fue el asesino y cipayo Leopoldo Fortunato Galtieri: un general del ejército argentino que gobernó el país de facto entre el 22 de diciembre 1981 y el 18 de junio de 1982, luego de dar un golpe dentro del golpe contra su propio colega de armas, el otro asesino Eduardo Viola.

Fortunato, terminado el Liceo Militar General San Martín, ingresó al Colegio Militar de la Nación haciendo carrera a la par de las ignominias de las FFAA. Participó en la represión de obreros y estudiantes durante la dictadura del general Juan Carlos Onganía dejando un tendal de muertos y heridos. Luego del golpe militar del 24 de marzo de 1976 estuvo a cargo de la Zona de Defensa 2, que comprendía las provincias de Santa Fe, Corrientes, Misiones, Chaco y Formosa, dejando esta vez un tendal de desaparecidos en la región. Una vez asumida la presidencia de facto continuó el plan sistemático de desaparición de personas a nivel nacional y aplicó una política económica ortodoxa que subió la tasa de desocupación, llevó la inflación a tres dígitos (anual) y provocó una recesión que derivó en protestas masivas contra el dictador, reprimidas con ferocidad por su gobierno.

En este contexto de debacle económica, política y social, Galtieri echo mano a la banderita: decidió ocupar militarmente las Islas Malvinas, declarando la guerra al Reino Unido de Gran Bretaña, que robó ese (nuestro) territorio hace casi dos siglos.

En estado de ebriedad constante, era atendido por el médico de Casa Militar para mantenerlo en pie (literalmente, pues en muchas ocasiones había que levantarlo del piso por sus borracheras) y así poder continuar la faena. La junta militar de entonces, conformada por el mismo Galtieri junto a Jorge Anaya y Basilio Lami Dozo, consideró que la acción bélica daría resultados positivos de apoyo gracias al patriotismo despertado en la población, y así darle continuidad al crimen de Estado.

A la guerra en el Atlántico Sur fueron enviados a morir otra vez los jóvenes (una obsesión de esos asesinos); conscriptos que cumplían el servicio militar obligatorio en las provincias casualmente de la Zona Militar 2 que él mismo había reprimido unos años antes. Armas obsoletas, uniformes no preparados para el intenso frío de la región y escasa comida fueron el contexto de un combate desigual, que terminó con la muerte de cientos de soldados.

Los sobrevivientes del combate fueron traídos a miserables cuarteles por la noche y encerrados durante varios días para alimentarlos y mejorar su aspecto antes de ser liberados. Fueron recuperados por las familias que reclamaban en la puerta de esos lugares de “engorde”, pero con la obligación de no hablar del tema, las condiciones ni los desmanejos realizados por oficiales durante la guerra.

Los soldados no recibieron ningún tipo de ayuda, tratamiento, ni reconocimiento durante dos décadas. Recién con el cambio de siglo comenzaron a aparecer a cuentagotas algunas pensiones como veteranos de guerra. En el trayecto de este abandono hubo mas muertes por suicidio de excombatientes que bajas en el conflicto bélico, que duró apenas dos meses y medio. Durante esa guerra de invierno desatada por el dictador, este nunca dejó de tener un plato de comida caliente y un whisky diario de alta calidad y precio.

Las organizaciones de ex combatientes lucharon para vencer el silencio impuesto por los dictadores y una sociedad que se desentendió de su suerte.

En 1985, Leopoldo Fotunato Galtieri fue absuelto en el Juicio a las Juntas Militares por los crímenes de desaparición forzada de personas. Un año después, un tribunal castrense lo condenó a 12 años de prisión por “negligencia militar” durante la acción de Malvinas. Pero en 1989 Carlos Menem, como presidente de la Nación, lo indultó de estos cargos. Galtieri continuó en libertad gozando los privilegios de una vida acomodada y afortunada. Recién en junio de 2002, veinte años después de ese desaguisado, se le dictó “prisión domiciliaria” pero por otra causa judicial (de 1979). Sin embargo fue breve el “castigo”: a los 6 meses murió en el Hospital Militar, muy bien atendido y cuidado, en una cama caliente.

Juicio a los genocidas (1985)

Hoy, ante cada mención a Malvinas y su despropósito, en medio de contiendas deportivas emocionales animadas por irresponsables y desinformados (o muy bien informados) nadie cuelga carteles en los estadios repudiando a este personaje deleznable, las dictaduras que lo encumbraron para desaparecer y asesinar jóvenes, ni enviar a la muerte a chicos desarmados de toda condición, a morir por su embriagada ambición.

Se insulta con razón a los enemigos de la contienda, pero se olvidan de los cipayos y asesinos locales, militares, políticos y jerarcas de la Iglesia que apoyaron la locura malvinera. Se lee con justa razón “Inglaterra la concha de tu madre”. Pero no se lee ni escucha la única consigna posible en estos escenarios patrióticos y mal acostumbrados: “Galtieri asesino”, o el mas efectivo “Galtieri, hijo de puta, la puta que te parió”.

*Bruno Napoli es historiador y autor de “La dictadura del capital financiero” (Red Editorial).