Por Gladys Stagno | “Las Malvinas se recuperan con diplomacia sabia y no con gestos de patrioterismo baratos, berretas”, sostuvo Javier Milei como primera reacción a un gesto de la Scaloneta que lo enojó tanto como entusiasmó a la hinchada.
La bandera que cayó de la tribuna luego de la derrota a Inglaterra, y que Giovani Lo Celso recogió, rezaba en letras negras sobre fondo blanco: “Las Malvinas son argentinas”. Y así, en ese simple acto, barrió con todos los intentos que había hecho el gobierno nacional por “desmalvinizar” el partido Argentina-Inglaterra que terminó en un 2 a 1 glorioso.
Los esfuerzos por evitar que algo así pasara —cuando los cantos y la historia anticipaban que podría ocurrir— responden a razones más actuales que pasadas, exceden la admiración que Milei profesa por Margaret Thatcher o su posición colonial de que las Islas “nunca van a ser argentinas”. Las motivaciones hay que buscarlas en los negocios en ciernes del sector petrolero.
Intereses coloniales
El megaproyecto Sea Lion (León Marino) es un yacimiento de petróleo ubicado en alta mar, en la cuenca norte de las Islas Malvinas. La exploración está a cargo de dos empresas: la británica Rockhopper, que posee el 35% de las acciones, y la israelí Navitas Petroleum, que tiene el 65%.
Con un costo total superior a los 2.100 millones de dólares, el plan de ambas compañías es extraer, en el mediano plazo, una cifra cercana a los 170 mil barriles de petróleo por día. Se trata de un número jugoso. Hoy toda la Argentina, con Vaca Muerta incluida, produce un promedio de 900 mil barriles por día.
Pero el proyecto que planea comenzar a extraer petróleo de la cuenca en marzo de 2028 se da en el medio de un fuerte conflicto diplomático, enmarcado en la disputa por la soberanía sobre Malvinas, y está flojo de papeles.
Es que la licencia de explotación del gobierno colonial viola dos resoluciones de la ONU. La primera —la 31/49— data de diciembre de 1976 y prohíbe las decisiones unilaterales en el territorio en disputa. La segunda, la 1803, es más antigua (1962) y declara la soberanía permanente sobre los recursos naturales. Su espíritu aludía a casos como éste, ya que intenta garantizar que “los países en proceso de descolonización” mantuvieran el control total de sus riquezas frente a intereses extranjeros.
Por incurrir en esas violaciones, ambas empresas ya fueron sancionadas por Argentina, acusadas de operar sin autorización en la plataforma continental. Rockhopper, en 2013. Navitas, en 2022.
Pero el acercamiento de la administración Milei a los gobiernos de Israel y Estados Unidos —que no respaldan el reclamo argentino de soberanía sobre el archipiélago—ha teñido el proyecto de otro color y los hechos que antecedieron al partido explican el enojo posterior.
Cercados por la hinchada
La Selección entonando “por Malvinas, por el Diego”, la popularización del cantito que clama “volver a robarle un gol al ladrón” y la insistencia de la hinchada en gritar que “el que no salta es un inglés”, supusieron bastante caldo de cultivo para motivar que el Gobierno tomara medidas.
El día anterior al partido, la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, acordó con la FIFA y el FBI en el Centro Internacional de Cooperación Policial de Virginia que impedirían el ingreso de cualquier elemento vinculado al reclamo argentino de soberanía sobre las Islas, usurpadas hace 193 años.
“Está definido que ni mensajes de odio ni contenido político, y ‘las Malvinas son argentinas’ es un mensaje político”, argumentó la funcionaria.
Para amortiguar, el canciller Pablo Quirno se vió obligado, el sábado previo, a publicar una nota de opinión en La Nación titulada “Malvinas: la fuerza de una causa justa”, en la que aseguró que el proyecto Sea Lion incumple un “mandato internacional”.
Pero la bandera entró y, minutos después de que el plantel agitara en el campo de juego la sábana de hotel pintada de contrabando, la foto del hecho se expandió como reguero de pólvora. Rápidamente, el Reino Unido reclamó una sanción ejemplificadora a la FIFA por lo que consideraron una manifestación política. Al día siguiente, Milei salió a criticar a los jugadores por radio tratándolos de “imprudentes”.
Como consecuencia, la Cancillería tuvo que emitir un comunicado que venía evitando. En él reclama ante la Embajada del Reino Unido por el ingreso del buque inglés HMS Medway en aguas argentinas. La presencia inglesa había sido informada por la Armada el 2 y el 3 de julio al Ministerio de Defensa. Pero ni su titular, Carlos Presti, ni Quirno habían dicho nada.
No pueden ser británicas para siempre
En el marco del interés por la explotación hidrocarburífera en la región, el reclamo argentino sobre Malvinas tiene una vigencia cada vez mayor. Y el gesto de la Scaloneta, una relevancia que el Gobierno argentino intenta disimular sin éxito.
The Guardian, el diario británico más importante, acaba de publicar un un artículo firmado por Simon Jenkins en el que plantea la posibilidad de discutir la soberanía.
“No pueden ser británicas para siempre”, sostiene Jenkins y compara Malvinas con la disputa entre Inglaterra y España por el Peñón de Gibraltar, en la que ambos países acaban de arribar a un acuerdo para poner fin a los controles fronterizos.
“¿Será mucho esperar que una negociación similar surja producto de la semifinal?», plantea. Explica que sostener la ocupación imperial en las Islas “le cuesta a los contribuyentes británicos más de 60 millones de libras esterlinas en materia de defensa por año”. Y recuerda que antes de la guerra de 1982, el gobierno británico “estaba negociando una transferencia de la soberanía de las islas con los argentinos” y “se esperaba que surgiera un acuerdo futuro”.
Guerra y declaraciones del gobierno argentino actual mediante, el futuro es mucho más incierto ahora.

