Publicada originalmente el 25 de junio de 2026
Por Federico Chechele | El Gobierno imaginó una escena que nunca ocurrió. Javier Milei apostó a que la Selección Argentina se coronara campeona y que, como en 2022, millones de personas inundaran las calles de celeste y blanco. En ese entusiasmo veía una oportunidad para revitalizar a su gobierno que atraviesa uno de sus peores momentos, y darle impulso a un proyecto de reelección que tanto preocupa por estos días.
Según el propio Presidente, existían seis propuestas para organizar los festejos que fueron enviadas a la AFA y a la delegación. La promesa era que ni él ni ningún funcionario capitalizarían políticamente semejante celebración. La realidad terminó siendo exactamente la contraria.
Argentina perdió la final frente a España. El frío y la lluvia de julio recibieron a una delegación sin Lionel Messi, mientras apenas una parte del plantel recorrió los seis kilómetros que separan el aeropuerto de Ezeiza del predio de la AFA. En medio de la frustración y de la línea temporal más estúpida en muchas décadas, Milei publicó en sus redes sociales una imagen generada con inteligencia artificial donde aparecía abrazado junto a Messi en el despacho presidencial.
Nada salió como lo había imaginado un Gobierno que repite que “todo marcha de acuerdo al plan”. Incluso el feriado anunciado antes de conocerse el resultado de la final terminó generando malestar entre los jugadores. Sin embargo, el golpe más inesperado llegó desde las tribunas.
La bandera con la consigna “Las Malvinas son Argentinas” trascendió el estadio y se convirtió en un símbolo mundial. Mientras el Gobierno intentaba minimizar el episodio, comenzaron a multiplicarse sus repercusiones internacionales. El diario inglés The Guardian publicó un editorial sosteniendo que las islas “no pueden ser británicas para siempre”; el reclamo argentino alcanzó niveles históricos de búsquedas en Google durante la final, vista por cerca de mil millones de personas, y hasta el Gobierno de Estados Unidos difundió por primera vez un mapa en el que las islas aparecían dentro del territorio argentino. Todo lo que el gobierno se niega a hacer.
Para colmo, empezó el fútbol argentino y la bandera de “Las islas Malvinas son Argentinas” comenzó a aparecer en todos los estadios. Una avalancha popular contra un presidente que calificó de “berrinches propios de un adolescente termo mononeuronal” a las críticas de quienes cuestionan o relativizan la estrategia internacional de su gobierno respecto a las islas.

Nada de todo lo que se esperaba pudo tapar el colapso económico que desangra a la mayoría de los argentinos. El propio Messi se ubicó arriba de la realidad cuando le dedicó el triunfo frente a Inglaterra “a la gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes o que la vive peleando”.
Más allá de esa voz que atraviesa a millones, según el Monitor de Opinión Pública (MOP), la mitad de los argentinos ya se considera de clase baja y seis de cada diez hogares no llegan al día 20 de cada mes. El 86 % sostiene que su salario pierde frente a la inflación y el 63 % necesitó algún tipo de ayuda financiera para cubrir gastos básicos. Apenas el 37 % logró sostenerse exclusivamente con sus ingresos.
Imposible vivir en estas condiciones. Las preocupaciones también cambiaron de orden. Hoy encabezan la lista los bajos ingresos, la corrupción y la inflación. Aunque el Gobierno celebra la desaceleración inflacionaria y el equilibrio fiscal, la economía real continúa debilitándose. La actividad cae, el consumo se retrae y buena parte de los sectores productivos permanece en recesión. El ajuste fiscal y monetario apenas pueden contener los precios, pero al costo de una fuerte pérdida del poder adquisitivo que golpea a la producción, al comercio y al empleo.
El Gobierno insiste en confiar en que la estabilidad macroeconómica atraerá inversiones. Sin embargo, difícilmente ese proceso pueda consolidarse sin un mercado interno dinámico. La experiencia argentina demuestra que el equilibrio de las variables macroeconómicas, por sí solo, no alcanza para mejorar la calidad de vida cuando la economía cotidiana continúa estancada.
Es un verdadero Armagedón. El Gobierno no tiene nada concreto para mostrar que permita tomar un poco de aire y recuperar la iniciativa.
Esta semana le apareció la peor de las encuestas. Según la consultora Q Social, la aprobación del Gobierno cayó al 31 %, el registro más bajo desde su asunción, mientras que la desaprobación alcanzó el 64 %. A su vez, el 68 % mantiene una visión negativa de la situación económica. En otras palabras, siete de cada diez argentinos cuestionan el rumbo del país. El humor social en llamas.
Por eso el nuevo Jefe de Gabinete, Diego Santilli, recorre el país con la billetera abierta para convencer a los gobernadores de la necesidad de eliminar las PASO para el año que viene. La preocupación es evidente: una mala elección primaria podría producir un impacto político y financiero semejante al que sufrió Mauricio Macri tras las PASO de 2019, cuando el resultado electoral precipitó una crisis que terminó por sepultar sus aspiraciones de reelección.
La eliminación de las Primarias también tendría otro efecto: reducir uno de los pocos mecanismos con los que hoy cuenta la oposición para ordenar las visibles disputas internas. Mientras el gobierno intenta modificar las reglas del juego, buena parte de la oposición (kirchnerismo y kicilofismo) continúa enfrascada en sus propias diferencias, alejándose de una sociedad que reclama a gritos una alternativa frente al modelo de ajuste.
Quienes sí comenzaron a construir una respuesta coordinada fueron las centrales sindicales. La CTA Autónoma y la CTA de los Trabajadores ya venían articulando acciones conjuntas, pero ahora fue la CGT la que decidió convocarlas para avanzar en un plan de lucha unificado.
La primera demostración de fuerza fue la movilización en apoyo a las jubiladas y los jubilados, probablemente el sector más castigado por las políticas de Milei. Y anunciaron que continuará con la movilización de San Cayetano y terminará con una gran marcha federal y un paro general.
También se movilizarán el día que el gobierno convoque al Consejo del Salario. Los reclamos tienen un fundamento concreto. Desde la llegada de Milei a la Presidencia, el salario mínimo, perdió cerca del 40 % de su poder adquisitivo. Según el Centro CIFRA, el deterioro es todavía mayor cuando se lo compara con el costo de los alimentos, el transporte y la línea de pobreza. Hoy el Salario Mínimo, Vital y Móvil ronda los 376.600 pesos, cuando debería acercarse al millón para recuperar el poder de compra perdido.
La imagen final de la semana también habla de un Gobierno a la defensiva. Dieciocho funcionarios posaron en la Casa Rosada para celebrar el traspaso a la provincia de Santa Fe de la administración de la Ruta Nacional A012. Una fotografía que pretendía transmitir fortaleza institucional, pero que terminó exhibiendo a un gobierno que busca instalar gestos de gestión mientras la agenda pública sigue dominada por la pérdida del poder adquisitivo, el malestar social y la incertidumbre económica.
La ilusión de convertir un triunfo deportivo en un punto de inflexión político terminó evaporándose antes de empezar. El fútbol no alcanzó para ocultar el desgaste del gobierno. Nada alcanza.
Federico Chechele en X: @fedechechele

