El glamour de la sordidez

Dirigida por Lucía Puenzo, Luisana Lopilato encarna a “Pepita la pistolera”, celebridad del hampa marplatense de los 80 y 90, en una película que no abreva en la biopic ni en juicios de valor.
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Redacción Canal Abiero | Cuando la luz se apaga en la sala, lo primero que se ve en la pantalla es un letrero que aclara que la historia de la que seremos testigos en la siguiente hora y media está basada en personajes reales, pero que no son necesariamente hechos reales. La que avisa no traiciona.

Inmersa en la corriente del subgénero true crime,llegó a las salas argentinas Pepita la pistolera, película dirigida por Lucía Puenzo en la que Lusiana Lopilato le da el cuerpo a Margarita Di Tulio, celebritie del hampa marplatense de lo 80s. A diferencia de otros ejemplares del género que cada vez gana más espacio en pantallas grandes, chicas y plataformas, la realizadora elige tomar el personaje no para contar su historia con fidelidad sino como instrumento para hablar de otras cosas o retratar una época.

Di Tulio cobró fama a nivel nacional en los 90 profundos, cuando la policía bonaerense decidió usar sus involuntarios servicios como perejil durante la investigación por el asesinato del fotorreportero José Luis Cabezas. Pero el público marplatense la conocía desde la década anterior, cuando se ganó su apodo al acribillar a balazos a tres personas que ingresaron a su casa.

La Feliz es la ciudad en la que ocurre la acción, pero no vamos a ver la postal a la que estamos acostumbrados. Si la Bristol, el casino y los lobos marinos son la imagen que a cualquiera le viene a la mente tras la mención de la ciudad, el espacio que predomina acá es el puerto. Pero no el de los también turísticos carritos que venden pescado, sino el de los barcos propiamente dichos. Y su tripulación, grueso de la clientela de Pepita, sus compañeras y empleadas.

De alguna manera, la directora despoja a Mar del Plata de lo que la hace reconocible para quienes no viven allí. Además de evitar el mar mostrándolo en planos cortos, gran parte de los planos muestran a los personajes en un entorno fuera de foco, despegados de la realidad.

Las pintadas proselitistas con el nombre de Menem y la referencia a una interna en la que algunos lo empiezan a ver como ganador, ubican temporalmente la trama en algún momento entre fines del 87 y julio del 88, cuando el gobernador riojano venció en la disputa con su par bonaerense Antonio Cafiero.  

No es un momento cualquiera para Mar del Plata. Ese verano de 1988 fue un fin de época. El femicidio de Alicia Muñiz por parte de su ex marido Carlos Monzón y el fallecimiento de Alberto Olmedo tres semanas después provocaron una pérdida de la inocencia respecto del mundo del jet set.

Pero si el reviente que se cobró las vidas de Muñiz y Olmedo estaba enmarcado en el glamour de los incluidos, la película pone lleva la mirada al lado sórdido. Pero allí la directora elije salir de lo comprobado y hace convivir a estas esferas en las fiestas negras que organiza el juez Jenkins, interpretado por Marcelo Subiotto.

Pero la incomodidad se encarna en la película a partir del cambio que se produce en la protagonista. El recorrido muestra un curioso empoderamiento que la lleva de ser una prostituta explotada por el Cuervo (Alberto Ajaka) a convocar a las hasta entonces compañeras para ser ella quien se quede con la plusvalía. “Ya estás del otro lado. Te convertiste en lo que combatías, Cuerva”, le dice el personaje de Nemeca (Charo López). Todo esto es mostrado sin juicio de valor, ya que el personaje nunca alcanza la oscuridad del Cuervo o Jenkins.

La historia dialoga con el presente a partir de términos como “trabajadoras sexuales” o “nos cuidamos entre nosotras”, en referencia a los femicidios del Loco de la Ruta. Estas consignas, que cobraron masividad a partir de la marea violeta y cuesta imaginarlas popularizadas en plenos años 80, invitan a pensar cuánto se ha avanzado y cuántos problemas siguen en el mismo lugar. La película no responde, pero nos invita a preguntar.

Con un elenco sólido y una realización que acaricia la perfección, Pepita la pistolera, utiliza el true crime para hacer un óleo de época que se anima a dialogar con el presente en la que el personaje no es juzgado ni absuelto, simplemente expusto.