La última batalla de Lula

Brasil concentra la disputa política en una Sudamérica inclinada hacia la derecha. Las encuestas favorecen al actual presidente sobre el hijo del golpista Bolsonaro, pero para ganar en primera vuelta necesita más del 50% y el resto de los candidatos son conservadores.
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Publicado 3/10/2026

Por Mariano Vázquez | En la recta final, la economía brasileña muestra indicadores pujantes: con crecimiento sostenido, el desempleo se ubica en mínimos históricos, la ocupación alcanzó un récord y el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva sostiene y amplia inversión social. Al mismo tiempo, Estados Unidos, y especialmente Donald Trump, ha puesto todo el arsenal digital y simbólico para tratar de arrebatarle a Lula su reelección. Washington apuesta a la coerción comercial con nuevos aranceles a productos brasileños y, en paralelo, a la injerencia abierta en los comicios, como lo hizo sistemáticamente (y con éxito) en cada elección latinoamericana.

Tras la inesperada victoria del ultramontano Abelardo de la Espriella en Colombia, las elecciones brasileñas se convirtieron en la disputa principal por la batalla ideológica en Sudamérica.

En Brasil, la ultraderecha aspira a alzarse con el premio mayor de la región y pintar de reaccionario al subcontinente. El único dique de contención es el actual presidente Lula da Silva, que busca la reelección y aspira a acceder por cuarta vez a la Presidencia de la República. Será, además, su séptima candidatura presidencial, luego de aquel primer intento en 1989. Siempre necesitó de una segunda vuelta. 

A un día de la primera vuelta, las encuestas muestran una disputa estrecha entre Lula y Flavio Bolsonaro. El último sondeo de BGT/Nexus, difundido el 28 de septiembre, otorgó 42% a Lula y 37% a Bolsonaro. Días antes, otras encuestas, daban un margen más corto.

El resto de las candidaturas tienen porcentajes menores, aunque sus votos pueden ser claves para una segunda vuelta: Augusto Cury (5%), Ronaldo Caiado (4%) y Renan Santos (4%), mucho más abajo Romeu Zema y Samara Martins apenas alcanzan el 1% cada uno. Todos se ubican en el sector conservador.

Como en 2002, Lula enfrentará a un Bolsonaro, pero esta vez no será Jair Messias, en prisión domiciliaria e inhabilitado por el intento de golpe de Estado para que Lula no asumiera la presidencia en enero de 2022. Flavio, uno de los hijos del clan, fue elegido por descarte, poco carismático y enfrentado a su madrastra Michelle, a quien muchos consideraban la verdadera continuidad de Jair Bolsonaro. A pesar de estas circunstancias, el bolsonarismo compite.

La magnitud de la elección queda expresada también en el tamaño del electorado: más de 158 millones de personas habilitadas para votar el 4 de octubre. En esta jornada se elegirán presidente y vicepresidente, 27 gobernaciones, la renovación de las 513 bancas de la Cámara de Diputados y 54 de las 81 bancas del Senado. Para ganar en primera vuelta se necesita el 50% más un voto.

En la última semana un actor inesperado se coló en la campaña: Nuestra Señora de la Concepción Aparecida, patrona de Brasil. La noticia, publicada en la cadena O globo, que circuló y causó estupor en el catolicismo, fue el pedido de sectores evangelistas para que, si Flavio resulta electo, se quite el título de Reina y Patrona de Brasil, otorgado oficialmente en 1930 mediante un decreto del Papa Pío XI.

En Brasil, el voto evangélico es especialmente fuerte y un activo del bolsonarismo. En la elección de 2022, Lula debió enfrentar una campaña de desinformación que intentó vincularlo con el satanismo y cuestionar su identidad cristiana. La dimensión alcanzada por aquellas noticias falsas mostró hasta qué punto la disputa religiosa puede ser utilizada como instrumento electoral.

La campaña también se recalentó con la prohibición de Lula contra las apuestas deportivas y los casinos online. Esto produjo el enojo de los clubes grandes de fútbol, que hoy basan su política de poder en la alianza con estas empresas que lucran con la adicción, sobre todo en la franja juvenil. Dijo Lula al respecto:

“Firmé una Medida Provisoria que prohíbe todas las apuestas deportivas y casinos online en el país […]. Una medida dura, drástica y necesaria. Las bets se habían convertido en un cáncer. O sacábamos ese tumor o él iba a acabar con nosotros […] Oí gente que perdió bienes materiales. Perdió sueños. Horizontes. Familiares. Las bets afectaron la salud mental de millones de personas inocentes”

El escenario regional, muestra a Argentina, Chile, Paraguay, Perú, Bolivia, Ecuador y Colombia aliados sumisamente al Escudo de las Américas de Trump. También a Venezuela convertida en un protectorado de los Estados Unidos, como lo confirma el encuentro entre Delcy Rodríguez y Trump en la última asamblea de la ONU. Allí, la presidenta encargada no se atrevió a mencionar la invasión estadounidense del 3 de enero y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa. El pequeño Uruguay y, por ahora, Brasil, quedan del lado progresista.

Este contexto nos retrotrae a la década de 1990, en un escenario de sumisión similar. En ese contexto, Lula ha buscado marcar una diferencia con respecto a la relación que otros gobiernos sudamericanos mantienen con Washington. “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”, afirmó el presidente, en una definición que resume buena parte de su política exterior y su rechazo a una relación de subordinación con Estados Unidos.

Lula sabe de la magnitud del desafió. Fue perseguido y encarcelado durante la dictadura, estuvo preso injustamente en democracia y perdió tres elecciones consecutivas hasta llegar al Palacio Planalto en 2003. Dirigente sindical y tornero mecánico, su vida es la historia de los excluidos: nordestino que emigra con su familia a las grandes urbes industriales para salir de la pobreza. Las tres veces que logró la presidencia fue en segunda vuelta, las tres veces marcó la diferencia y le mejoró la vida a la gente. Sabe que esta es la batalla de su vida para detener al nuevo fascismo que corroe como un cáncer toda la región, impulsado por el propio Trump y su nuevo corolario a la Doctrina Monroe, que busca expoliar aún más a la región.

El bolsonarismo también busca continuidad. Flávio Bolsonaro se presenta como heredero político de su padre y reivindica su legado. Jair Bolsonaro, condenado a 27 años y tres meses por su participación en la trama golpista posterior a las elecciones de 2022, cumple actualmente prisión domiciliaria. Flávio ha prometido indultar a su padre.

Por eso, la elección del 4 de octubre tiene una dimensión que excede la disputa entre dos candidatos. En ella se cruzan modelos económicos, proyectos de sociedad, concepciones diferentes sobre la relación con Estados Unidos y visiones contrapuestas sobre el futuro político de Brasil.

La primera vuelta difícilmente cierre la disputa. Todo indica que el 25 de octubre volverá a concentrar la atención de Brasil y de buena parte de Sudamérica.    

Hoy, el último dique al fascismo, es Lula.    

Publicado originalmente en Sangrre