Por Federico Chechele | En la familia no existía una biblioteca, había dos hogares por la separación de mis padres. En lo de mi madre había un espacio que amontonaba dos enciclopedias y algún libro de escaso interés, con olor a viejo, una herencia de un paso maltrecho por la facultad. En lo de mi padre, en esos tiempos, sólo se leía el diario. Estábamos en dictadura, todo era oscuro y había desinterés.
Con el retorno de la democracia de a poco fuimos llenando los lugares con esos colores con los que los lomos de los libros rediseñan las casas. Fueron apareciendo la revista Humor, el diccionario -que vivía abierto sobre la mesa como una herramienta latente-, las nuevas enciclopedias que tenían contenidos más interesantes y, de a poco, seguramente por pedido del colegio secundario, fueron apareciendo las primeras novelas. Mientras tanto, en la calle, la alegría por el fin de la dictadura convivía con el dolor. Las marchas retumbaban con consignas como “¿Dónde están nuestros hijos?” y “Aparición con vida”. Las palabras empezaban a romper el miedo.
Al poco tiempo los libros se trasladaron a mi habitación, lugar que se fue transformando en una trinchera de aprendizaje. Un día transcribí a mano, uniendo dos hojas gigantes que traía mi madre del Ministerio de Economía, “Fuegos” de El libro de los abrazos de Eduardo Galeano, y lo pegué en la pared. Nadie me dijo nada. Después llegaron los clásicos. Las novelas empezaron a darle profundidad a esa pequeña biblioteca que crecía como podía, desordenada y apresurada.
Y entonces apareció el Nunca Más. El horror escrito sin metáforas. Ese informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) que recogió documentos y denuncias sobre las desapariciones, los secuestros y las torturas para esclarecer las atrocidades durante la dictadura cívico-militar. Ese libro irrumpió en las casas de millones de argentinos y terminó siendo un símbolo por sus testimonios, por lo novedoso y por su cruda redacción.
Tras esa aparición, la biblioteca se empezó a expandir a otra velocidad. El querer saber qué ocurrió durante la dictadura se volvió inagotable. Cada libro era una pieza de un rompecabezas al que se le fueron sumando otros formatos para amortiguar la brutalidad de lo vivido pocos años antes.
Con la certeza que aportaban los testimonios de sobrevivientes y de familiares de desaparecidos, en las movilizaciones, la memoria se organizaba al grito de “nunca más”, pero también de exigencia: “Juicio y castigo a todos los culpables”. En ese clima apareció en la biblioteca Las locas de Plaza de Mayo, del periodista francés Jean-Pierre Bousquet, una descripción apasionante de la lucha de nuestras Madres con una portada desgarradora.

La habitación ya quedaba chica. Los ejemplares se acumulaban como si tuvieran voluntad propia, como si empujaran desde adentro. Y cuando ya no entraban, se mudaron otra vez, a un nuevo hogar, con una nueva familia y con amigos que entraban y salían llevando libros en carteras y mochilas. Por aquellos años, cuando la democracia crujía, las calles advertían: “Si no hay justicia, hay escrache”, “juicio y castigo a los genocidas” y “a donde vayan los iremos a buscar”.
Los cinco tomos de La voluntad, escritos por Eduardo Anguita y Martín Caparrós, iluminaron la biblioteca con decenas de historias de la militancia revolucionaria, pero también unieron pedazos de acontecimientos sanguinarios. La ferocidad de una causa reaparecía amplificada en nuevos relatos.
La familia crecía, y con ella la biblioteca. Libros infantiles convivían, casi sin pudor, con relatos de centros clandestinos, con descripciones de torturas, con la maquinaria del terror al mando de Videla y con el respaldo de los grupos económicos de siempre. A la inocencia y el horror los separaba un estante.
Para matizar esa crudeza, se fueron sumando novelas que abordaban la dictadura desde otros ángulos: Cuarteles de invierno, de Osvaldo Soriano; El beso de la mujer araña, de Manuel Puig y La casa de los conejos, de Laura Alcoba. Otras formas de acercarse al espanto sin nombrarlo.
Pero, una vez más, la biblioteca fue guardada en cajas. Triste y solitaria, se replegó en un departamento pequeño, donde su presencia visual cobró más fuerza que nunca. En ese contexto irrumpió, imponente por su volumen, el libro Montoneros, de Roberto Perdía, uno de los jefes de la organización, que no le esquivó al debate ni a la autocrítica y plasmó la relación de la cúpula montonera con Juan Domingo Perón, el asesinato de José Antonio Rucci, la Contraofensiva de 1979 e incluso su participación en el menemismo. La historia sin maquillaje.
Mientras tanto, avanzaban los juicios contra los genocidas. Y en las calles, una consigna se volvía cada vez más concreta: “Cárcel común, perpetua y efectiva”. Y otra seguía perforando todo: “¿Dónde están los nietos que faltan?”. Todavía faltan alrededor de 350.
Finalmente, la biblioteca se consolidó en un nuevo hogar, diseñada especialmente para albergar cientos de libros y con la promesa de seguir creciendo. Y entonces llegó Putas y guerrilleras, el estruendoso relato de las periodistas Miriam Lewin y Olga Wornat, quizás el más descarnado y honesto sobre lo ocurrido en los centros clandestinos de detención, que vino a romper silencios y cuestionar los conceptos establecidos. El libro que faltaba.
Hoy, en esa biblioteca también hay un libro mío. De aquella oscuridad inicial, sin libros a mano y con una búsqueda persistente por entender lo ocurrido, tuve la oportunidad de escribir Unidad 9, la resistencia de los Presos Políticos, vinculada a la cárcel de la ciudad de La Plata, que relata lo que padecieron más de 5000 presos durante la dictadura. Hambre, golpes, aislamiento, tormentos. La degradación sistemática del ser humano.
Esa historia tuvo su juicio y condenadas que son parte de las 361 sentencias por crímenes de lesa humanidad, con un total de 1.231 personas condenadas. Hay aproximadamente 539 genocidas detenidos, 454 de ellos bajo arresto domiciliario.
La década del 70 fue atractiva por su inmenso fervor cultural, político y social, marcado por una intensa militancia juvenil y la explosión del rock nacional. Fue una época de cambios y de alta participación popular. Hay miles de libros que retratan con esplendor y escozor aquella década. Por eso la dictadura aplicó el sistema de aniquilación y por eso se escribe tanto.
La reconstrucción de la memoria colectiva y la búsqueda de justicia dieron impulso a una intensa producción literaria e investigativa, atravesada por la imperiosa necesidad de documentar el horror, resistir al olvido, desclasificar archivos secretos, restituir la identidad de los nietos apropiados y examinar en profundidad las causas y consecuencias del plan sistemático de represión.
Que nuestras bibliotecas estén colmadas de libros sobre las atrocidades de la dictadura también es una respuesta a la censura, a la quema de libros, a los autores prohibidos. Leer y escribir son, todavía, actos de memoria, de reparación y de rebeldía.
Los 30.000 lucharon por una sociedad más justa, por un país con trabajo, con dignidad, con amor hacia el otro. Y quisieron silenciarlos. Millones siguieron luchando por la memoria, por la verdad y por Justicia. Este 24 de marzo, a 50 años del golpe, seguimos exigiendo “Qué digan dónde están”, pero fundamentalmente, no olvidamos ni perdonamos.
Federico Chechele en X: @fedechechele

