Redacción Canal Abierto | En mayo, los investigadores del Conicet Vicente Barros e Inés Camilloni presentaron el libro La Argentina y el cambio climático. De la física a la política, donde preanunciaban que el cambio climático –con su consecuente aumento de lluvias y temperaturas- provocará más inundaciones, por un lado, y sequías, por el otro, entre otros efectos difíciles de afrontar.

Si bien los vaticinios se manifestarán en mayor medida hacia fines de este siglo, los efectos de este cambio comenzaron a hacerse visibles ya en los ’80 para los pobladores de la cuenca del Río Salado, que atraviesa la pampa húmeda y que en este momento se encuentra bajo el agua.

“La cuenca del Salado es inundable. Las condiciones de tipo físico, topográficas, hacen que sea una zona baja ya que antiguamente fue un desierto. En algún momento hubo un cambio climático natural y empezó a ser una zona húmeda, donde hay precipitaciones. Ahora hemos entrado en una etapa más húmeda, que se asocia a un cambio climático producto de la acción de la civilización”, explica Ángel Menéndez, jefe de Programa del Instituto Nacional del Agua (INA) y docente en la Facultad de ingeniería de la UBA.

Según sostiene Menéndez, el mayor problema que trae esto es que el cambio en la temperatura genera “una redistribución del agua en la Tierra”. “Sumado a esto, el segundo factor a tener en cuenta es que ha habido un cambio en el uso del suelo. Ha habido una tendencia al incremento de la agricultura en detrimento de la ganadería. Y el cultivo anual de grano, en el balance hídrico anual, tiene menos capacidad para evapotranspirar agua”, relata.

La evapotranspiración es como un bombeo de agua: cuando la lluvia cae, la vegetación la absorbe y por evaporación la devuelve a la atmósfera. En tiempos de ganadería la zona estaba cubierta por pasturas, que son anuales, es decir que había allí una bomba continua de evapotranspiración. “Los granos, en cambio, están sólo en un cierto período del año. Eso significa que hay menos agua que se está evapotranspirando y más agua que se infiltra hacia la napa, por eso las napas han subido”, agrega el experto.

La zona inundada concentra el 25% de la agricultura y el 26% del ganado vacuno del país, además del 60% de la producción lechera bonaerense. Paola Domínguez, presidenta de la Fundación La Salud de los Niños y concejal de Ayacucho –una de las localidades más afectadas, junto con Bolívar, Maipú y General Lavalle, entre otras- concentra en el uso del suelo el principal problema a resolver: “A gran escala, el problema tiene que ver con el tipo de siembra que se está dando, porque se amplió el campo sojero. Y con los pesticidas que se usan. La tierra no tiene nada que ver la que era hace años atrás, ya no absorbe y el agua llega muchísimo más rápido a lugares donde antes tardaba días en llegar. Ahora en minutos tenemos el agua de Tandil en Ayacucho, aunque nos separan 70 kilómetros. Con esta inundación hubo tres puentes rotos y quedaron lugares sin ningún tipo de acceso, no llegaban ni los bomberos”.

Sin conciencia, no hay obra que alcance

La cuenca del Salado cuenta con un Plan Maestro Integral que apunta a crear algunas conducciones para drenar el agua en momentos de grandes excedentes. Este plan, que lleva muchos años y atravesó etapas de mayor y menor dinamismo, apunta a mitigar las inundaciones en el ámbito rural. En las zonas urbanas, la obra pública involucra defensas que en varias ciudades ya existen pero que el río siempre puede desbordar.

“Si no cambiamos la mentalidad de la siembra, las cosas van a seguir cada vez peor por más obras que se hagan. En un momento se les cerró la puerta a los pequeños productores y los que trabajan los campos se unieron para hacer plata más rápido y fácil a través de la soja y ahora hay que volver a educar. Hoy por hoy, el que hace agroecología hace una diferencia terrible entre su campo y los otros”, sentencia Domínguez.

Menéndez es un poco más optimista: “Este es un país sumamente creativo y entre los productores agrícolas, sobre todos los de la zona pampeana, hay gente que sabe mucho. En la Argentina se trabaja mucho la siembra directa que es una de las soluciones que se encontró para minimizar la erosión del suelo y ayudó mucho. La gente que ha trabajado en el campo desde siempre aprende y cuida el campo. El desafío es generar conciencia de buenas prácticas agrícolas que en general siempre han sido iniciativa de los productores”.

 

Foto: Santiago Hafford