Buenos Aires, primavera de 1984. Un diálogo

Por Hernán López Echagüe

-¡Pero que alguien me pellizque el culo, che! ¿De veras sos vos, hermano? No lo puedo creer, che. ¿Cuándo volviste? ¿Cuántos años pasaron? ¿Siete, ocho? ¡Estás igual! Todo una mierda, che. Ahora, al menos, de nuevo tenemos democracia, ¿no? ¡Seguro que por eso volviste! Dale, contame. ¿Cómo andás, cómo fue caminar por la ciudad después de tantos años?

-Mirá, a lo largo de meses no hice otra cosa que recorrer sin pausa las calles del centro, de esa pequeña y limitada geografía que fue el alma de mis más poderosos y buenos recuerdos. Tomé café en La Giralda y ginebra en La Paz; comí una porción de pizza en Serafín, de pie, acodado en el mostrador; gasté horas husmeando las mesas de saldos de las librerías; me entreveré en discusiones y charlas con personas cuyos rostros y nombres no recuerdo. Empecé a perder peso. A pesar de que no sabía qué diablos buscaba, me movía con el aplomo y la certidumbre del que conoce perfectamente su destino y hacia allí se dirige. Presumo que mi propósito, lo único que alimenta el complejo mecanismo interior que me mueve a dar un paso tras el otro, es la búsqueda. La búsqueda como una entelequia. La gloria de encontrar a la búsqueda, de buscarla y encontrarla y dominarla y percibir detenidamente su sabor. Porque la ciudad ha desaparecido de la mano de mis amigos desaparecidos. Los bares y las plazas, las calles y las avenidas y los subterráneos y las librerías, todo sigue en su lugar, pero dan la impresión de ser meras maquetas por las que se desplazan sin ton ni son figuras de cera, gente metida en sombríos disfraces. Esos hombres y mujeres son simples extras. Los protagonistas de lo que ha sido mi vida, mi historia, y que con vehemencia deseo abrazar y ver y oler, ya no están. Mejor dicho: yo soy el único que perdura. Los militares argentinos le han brindado a la palabra desaparición una magnitud desmesurada en nuestro vocabulario. Acaso ignoraban que, por sencilla derivación o consecuencia semántica, le estaban otorgando idéntico poder y tamaño a búsqueda. Desaparición remite a sombras, encierro y quietud; búsqueda, en cambio, a movimiento, intemperie y acción, y, como factible y lógica culminación, hallazgo. Hasta el 24 de marzo de 1976 había habido paraguas, perros, documentos, bufandas, tortugas y libros que desaparecían; cosas de fortuita valía que, por lo demás, en oportunidades uno lograba recuperar visitando la oficina pertinente o quizá publicando un aviso en cualquier periódico. Hasta la irrupción de los militares también había habido casos aislados de empresarios, banqueros y dirigentes políticos o sindicales que desaparecían, sin dejar rastro alguno, con millones de pesos a cuestas; también hombres de paso ligero que al amparo de cualquier excusa desaparecían tras la puerta de su hogar para nunca retornar; también hijos que hastiados de sus padres desaparecían. Pero eran desapariciones tramadas, voluntarias, que en ocasiones avivaban en la gente un buen grado de simpatía, e incluso admiración. Ahora, hermano, ocho años más tarde, a la nómina debemos añadirle la desaparición de millares de hombres, mujeres y criaturas, dueños de voces, perfumes, historias e ideas cuya recuperación se me antoja tan imposible como necesaria. Una identidad desaparecida, una generación abovedada que yace, inerte pero a todas luces explosiva, vaya uno a saber en qué catacumba.

-¡Ahhhhh!, claro, seguro… Una alegría verte de nuevo, che. Nos hablamos, ¿dale?