Por Roxana Dib * | Las pruebas estandarizadas del Operativo Aprender del Ministerio de Educación para secundarios se han encaminado a “detectar” el grupo de estudiantes sobre el cual intervenir, poniendo bajo sospecha a los alumnos y entendiendo que son ellos los que no se adaptan a una trayectoria o régimen de educación formal. Es este operativo el que marca un cambio radical, poniendo bajo la mira no sólo a los estudiantes, sino también a sus familias y a los mismos docentes.

Durante los ’90 se iniciaron las pruebas anuales ONE, que durante la década pasada pasaron a tomarse de manera más espaciada, de forma bianual y hasta trianual. Esto fue así dado que el objetivo no era poner el acento en este tipo de estadísticas centradas en la calidad, eficiencia y eficacia, sino en ampliar la posibilidad de acceso de educación a todos los sectores, fundamentalmente a las clases populares.

Al asumir Mauricio Macri con su nuevo modelo educativo se vuelve la mirada hacia la estadística y la medición. El Operativo Aprender se constituye de exámenes estandarizados con múltiple choise, en que obviamente no se denota la capacidad de elaboración y construcción de las respuestas de los alumnos. En él se encuentran también preguntas en que se los indaga acerca de los docentes, por ejemplo cuando preguntan si son divertidas sus clases o si son de enojarse mucho, poniendo en manos de los alumnos a los docentes. Ahora el Operativo Aprender, como  en los  ‘90, pretende volver a ser anual y realizarse en todos los niveles de educación, provincias y municipios.

Poner énfasis en jornadas extendidas y creación de mayor cantidad de instituciones, pensando y haciendo pensar en que es su expansión la que funcionará como política extensiva e intensiva socialmente para “retener” a los alumnos en el sistema, es no tener presente que ese “retener” es el que nos hace ruido a los educadores, porque si tenemos que “cazar” estudiantes y apresarlos a un sistema, cual fuere, quiere decir que nuestra función ya no es la de educadores, sino más bien la de guardia cárcel de ese “sistema”.

Diversidad e inclusión ejes de un mismo debate

Sabemos que las evaluaciones estandarizadas no se ajustan a las realidades regionales de cada localidad, de hecho, en nombre de una inclusión muchas veces excluyente, los docentes se especializan a fin de poder construir junto a sus alumnos distintos caminos de aprendizajes y valoraciones.

Sin embargo, a fin de realizar ajustes y modificaciones, estas evaluaciones estandarizadas vienen a la medida justa, demostrando que es inminentemente necesario un cambio radical y absolutamente inconsulto; teniendo en cuenta que tanto alumnos como docentes son sospechados de no responder a una estructura que se muestra unitaria.

Desde la lógica meritocrática la inclusión se ve fragmentada, ya que es sólo el esfuerzo, la adaptación y el cumplimiento lo que llevará a los sujetos de aprendizaje al éxito en una escuela del futuro.

Bajo estos conceptos se busca masificar la educación, con propuestas universales para problemáticas diversas; llevando de esta manera a que la escuela seleccione a los alumnos, sin preguntarse qué es lo que no se les enseña o no se logra enseñar.

A pesar de esta realidad visible y en nombre de una supuesta inclusión que presume beneficio, aunque no se vislumbre ni explicita ni implícitamente, se insiste en una reforma inconsulta que no se adaptan a la realidad y propone promocionar a los mejores.

Si el formato escolar no responde a las necesidades actuales de la educación, lo correcto sería realizar una construcción en que participen todos los actores educativos. Eso sería una escuela democrática que promueva ciudadanía.

Si bien es necesaria una nueva interpretación de escuela, esta no puede darse alejada de la comunidad educativa, si no fortaleciendo la presencia plena y el derecho a la educación, desde una mirada más amplia y no homogenizante, en que todos tengamos voz para construirla.

 

* Por Roxana Dib es periodista y licenciada en Psicopedagogía

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