Por Carlos Saglul | Con su novela La Resistencia, el escritor Julián Fuks se transformó en ganador de la última edición del Premio José Saramago. Antes había cosechado otros galardones como el Jabuti, considerado el más importante de Brasil. El autor nació en San Pablo en épocas del Operativo Cóndor, cuando sus padres argentinos migraron tuvieron que abandonar el país tras el golpe de Estado de 1976.

La Resistencia reconstruye la historia de una familia de exiliados argentinos de la dictadura argentina del ‘76 en Brasil. A veces las historias más importantes que lo siguen a uno tienen que ver con preguntas no resueltas. ¿Hay algo de esto en la novela?

-Sin duda, no faltan preguntas no resueltas. Diría incluso que esa es su materia principal: mucho más que de afirmaciones, se trata de una novela hecha de una serie de interrogantes, indagaciones, reflexiones que nunca llegan a una conclusión precisa. Como punto de partida se colocan algunas cuestiones: ¿Se puede heredar un exilio? ¿Deberíamos, mis hermanos y yo, considerarnos argentinos privados de un país, de una patria? ¿Tienen sentido aún estas postulaciones identitarias? Y, tal vez más importante que estas cuestiones ligadas al pasado, están también los problemas del presente: ¿Qué resistencia podemos plantear ante los autoritarismos y violencias que se perpetúan en el tiempo? ¿Interrogarse incesantemente sobre estos problemas puede convertirse en una forma de resistencia?

-Lo  difícil del exilio es que si uno se adapta al país de acogida, donde viva está exiliado. Es un mismo árbol pero con dos raíces. ¿Algo de esto percibiste en tus viejos, te quedó?

La Resistencia, en su edición original en Portugués

-Lo que siempre me intrigó en mis padres es que su experiencia parecería corresponder poco a lo que se lee en los libros, a la suma de pérdidas y sufrimientos en la cual consistiría el exilio. Cuando en fin se fueron de Argentina, en un momento de tal riesgo e incomodidad, pienso que sintieron una distensión significativa, algo como un desahogo. Y luego fueron bien recibidos en Brasil, crearon vínculos fuertes, profundos, indisolubles con el nuevo país. Sin embargo, algo del dolor del exilio permanecía allí, en alguna parte que yo no alcanzaba ver, una especie de luto nada evidente con el que trataban de elaborar todo lo habían perdido, todo lo que habían vivido en décadas anteriores

-¿Ustedes trataron de volver a la Argentina?

-Sí, vivimos en Buenos Aires en los años 1988 y 1989. Yo tenía poco más que seis años y no supe comprender bien qué significaba todo eso. Para mí, ese fue mi exilio personal, me sentía alejado de mis primeros amigos, de mis primeros lugares, de la parte de la familia que había quedado en Brasil. En ese momento ya podía sentir que yo también sería siempre una especie de desterrado, ese árbol de dos raíces, nunca plenamente adaptado a ninguna parte. Para mis padres era algo más grave. No podían recuperar el país que habían dejado, que ya no estaba ahí, no existía más. Y era fuerte la tensión en las calles, las discusiones ríspidas entre los que habían salido, presuntos desertores, y los que se habían quedado, presuntos cómplices de los crímenes pretéritos

 -Cuando recibiste el Saramago dijiste que esperabas que el libro le sirviera a los que resisten.  En Brasil, en Argentina, parece que la vida para grandes sectores es siempre “resistir”. ¿Cómo ves el presente del país en el que naciste?

-Es un momento de pleno desaliento, y de alarme ante el recrudecimiento de un autoritarismo casi olvidado, o de un deseo de autoritarismo –lo que puede ser aún más grave. Nunca había sentido, personalmente, la inmensa fragilidad de nuestras democracias latinoamericanas. Ahora veo, asustado, el modo en cómo un golpe parlamentario puede hacerse día a día un proceso cada vez más intenso de alienación política y casación de derechos

-El discurso del arte y la política van por carriles distintos, pero a veces se tocan. ¿Cuándo pasa eso en tu trabajo?

-En La resistencia siento que me interesaba sobre todo lo íntimo, lo familiar, lo personal, pero la política entra con fuerza por esa afirmación tan certera que nació con el feminismo: lo que personal es político. Hablar de la adopción de mi hermano, en especial en tales circunstancias, hablar de vidas que se dejaron marcar por la trayectoria convulsiva de un país conlleva inevitablemente una inmersión en la política. Y, como se puede notar, el movimiento no se encierra ahí: justamente como respuesta al momento que vivimos hoy en tantas partes del mundo, siento que el tiempo pide una literatura más comprometida, una literatura eminentemente política. No lo pienso como un deber de todo escritor, obviamente, pero es donde veo más fuerza en una literatura del presente

-¿Cuándo se edita tu novela en Argentina?

-Sale en el primer semestre del año que viene, por el grupo Penguim Random House, con mi propia traducción

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