Autoplagio con enmiendas

Por Hernán López Echagüe

Sí, así es. Esto lo escribí en diciembre del año dos mil once. Ahora andaba con ganas de escribir algo por el estilo y de pronto caí en la cuenta de que ya lo había escrito hace años. A veces hay palabras, como diría toda persona que gasta las horas cultivando su culto cultivo, que son inmarcesibles.

 

El periodismo en la era de la vociferación

La palabra, en esta era de periodismo de voz huracanada, es una cosa, un elemento, una coartada. Cualquier cosa. La usan como mejor les cae. Es un guante, es un zoquete, es una piedra, acaso una serpentina; es el puño de una camisa que a veces, según la conveniencia, abotonan o dejan suelto. Es, la palabra, la elección de la palabra, un artificio que usan para dejar entrever otras palabras que no se atreven a decir de modo directo, o para ocultar otras palabras que no se atreven a eliminar de modo directo. El periodismo ya no excita ideas, debates, perplejidad, deliberaciones internas. Genera rechazo o aprobación. Un ejercicio incesante de la opacidad. El periodismo, hoy, en la Argentina, es una entelequia. Los diarios y las revistas son factorías de arbitrariedades. Son el fin en sí mismo. Opinan y sancionan y alaban y desdeñan ya desde los titulares. El periodismo ha perdido el encanto que tiene todo oficio y ha pasado a ser una profesión desprovista de la vibración que causa la novedad; una profesión, como la de ingeniero, la de escribano o economista, que discurre al margen de la incertidumbre y el titubeo. Todo está claro de antemano, incluso antes de sacar el trasero de la silla y salir a cubrir una noticia.

Se me hace que los periodistas que trabajan en esos medios, en los medios de uno y otro lado, porque los propios medios nos han enseñado que hay el uno y el otro lado, digo, que esos periodistas, los que redactan las noticias, los pirulos, tendrían que pensar un poco más en lo que están haciendo. A qué modelo de periodismo le son funcionales. Causa mucha pena escuchar a tipos que te dicen, de La Nación, de Clarín, de Página/12, y de toda esa cosa de medios que militan en uno u otro lado, porque está el asunto partido al medio, “sí, es todo una mierda, pero no puedo perder el trabajo”. Todo bien. No pierden el trabajo pero sí la libertad. Ese asunto de la libertad. Parece una utopía hablar de la libertad, pero no, no lo es. No se puede perder la libertad a los 25, 30 años. En realidad, no habría que perderla nunca. Pero a esa edad, maldita sea perderla (licencia de traducción). Uno puede llegar a entender, pero nunca jamás aprobar, que periodistas de 60 ó 70 años, que comenzaron su oficio hace décadas a la manera de hacedores de un nuevo periodismo, comprometidos con las cosas, hoy no sean más que amanuenses de uno u otro lado, porque se ha instaurado, mi diablo, el uno y el otro lado. Y algo hay que llevar a la mesa.

Las noticias, en uno y otro lado, están repletas de opinión, de adjetivación. Una adjetivación sustantivada. La puesta en escena de un clima, de un ánimo. Un abuso de confianza. De los unos y de los otros. Abusan. Atropellan. Siembran una falsa opción que, de raíz, hace a un lado a los que no les importa ni una ni otra margen del río. A esos locos que andan navegando entre el despotismo que gritan los unos y la revolución que gritan los otros. ¿Qué nos dejan para decir sin ser considerados funcionales a los unos o a los otros?

No hay voces disidentes que tengan lugar en los unos y los otros. Que disientan, digo, con lo que piensan, informan y publican los unos y los otros. A eso se le llama oscurantismo. ¿No tenés espacio?, entonces “escribí en un blog”; “hacéte una página”; “mandá cartas de lectores”; “sumate al Facebook”.

La censura existe. Siempre existió. La censura es la base de la dominación cultural. Sin censura, sin un control de la información, ningún poder político y  económico avanza. Y no me refiero sólo a las noches de dictaduras, desde luego.

En las redacciones de diarios y revistas los periodistas tienen más certeza de lo que no pueden escribir ni publicar, de que lo que van a escribir y publicar. Existe, en uno y otro lado, porque hay un lado y hay el otro, una suerte de manual del oscurantismo fundado en la exclusión de ciertas noticias, en la reprobación de ciertos nombres, en una continua corrección de notas fundada no ya en cuestiones semánticas o gramaticales, sino en algún contenido que perturba los intereses políticos, mercantiles o ideológicos del medio. Amputación directa. Un manual que nadie ha escrito, un manual que no está escrito, y ni falta hace que alguien lo escriba. Está en los intereses de los dueños de los medios (puede ser el Estado, pueden ser empresarios del mensaje) y, de prepo, al calor de la necesidad de mantener un empleo, un ingreso mensual, la cabeza de los periodistas absorbe ese manual tal vez de modo inopinado. Los sumergen en la perversa dicotomía de silencio o chau, vista gorda o chau.

Quizá, lo que anda a la deriva no es la libertad sino, a mi juicio, la capacidad de discernimiento. Es el tiempo del pensamiento débil, del acomodamiento al pensamiento de un Otro más poderoso; del pensamiento fácil, de la ausencia de contradicciones. Todo es plano. Vivimos en un páramo de ideas.

A los que a veces nos asaltan las ganas de decir algo, de escribir o decir algo que no coincide con lo que dicen o escriben los medios de uno y otro lado, porque de dos lados está la cosa, se nos prohíbe nada y a la vez todo. La pequeñez del periodismo grande e importante de la Argentina, me trae a la memoria la pequeñez, divertida, escandalosamente entretenida, del decreto que lanzó años atrás el alcalde de Sarpourenx, pueblo minúsculo del suroeste de Francia donde impera la prohibición de morir. “No puedo enterrar [sic] a más gente”, dijo el alcalde, Gérard Lalanne, sin ocultar la pesadumbre. “Al primer muerto que llegue, lo mando al prefecto, el representante del Estado”. Y acto seguido decretó: “Artículo 1. Queda prohibido a cualquier persona que no tuviere una plaza en el cementerio y deseare ser inhumada en Sarpourenx, fallecer en el municipio. Artículo 2. Los infractores serán severamente sancionados por sus actos”. Es que en el cementerio Sarpourenx, de cuatrocientos metros cuadrados, ya no había cabida para cuerpo alguno.

Prohibido decir, gente. Porque si uno piensa y dice, enterrarán tus palabras en otro lado. Ya no queda espacio en el cementerio del periodismo.