Por Carlos Saglul | Lo llevan en la sangre. Cuando no se trata de mandar a su casa a los genocidas, se festeja la muerte. Para el oficialismo, Santiago Maldonado se murió ahogado entre cien gendarmes porque era tímido y no pidió ayuda. Rafael Nahuel fue muerto por la espalda porque era mapuche, pobre, corría y seguro “algo habría hecho”. Ni hablar del arrebatador al que mató -también por la espalda- el policía Luis Chocobar. No tenía armas, pero eso es un detalle, porque el presidente Mauricio Macri afirma que “el que tira una piedra puede matar”.

Su consultor y asesor, Jaime Durán Barba –partidario de la “campaña permanente”- señaló que “en las encuestas la gente pide a gritos la pena de muerte”. Y lo dice alegremente, casi como si Cambiemos pensara ganar las próximas elecciones haciendo ejecuciones con entrada libre.

Ya decía Benito Mussolini: “Necesito la pena capital para realizar al pueblo italiano, para volver a acostumbrarlo a la vista de la sangre y de la idea de la muerte”.

Los subsuelos de la alegría que prometía Cambiemos dejan escapar tufillos siniestros, y este afán de retroceder siglos en materia de legislación laboral y de justicia social puede avanzar hacia otras áreas de la cosa pública.

En muchos países, las ejecuciones fueron en su momento verdaderas fiestas populares. En Inglaterra, existía la fiesta anual del Tyburn, una festividad donde “la mujer de las sillas” se ganaba quinientas libras esterlinas promedio. Las ejecuciones de los reos de alta traición eran espectacularmente crueles. En cuanto el ejecutado moría, lo bajaban de la horca, lo castraban, le abrían el vientre y echaban sus entrañas en una caldera con agua hirviente. Luego le sacaban el corazón del pecho. La gente festejaba. Al final del espectáculo algunos aplaudían. Todavía en 1811 se denegó la petición para que se derogara esta festividad.

En las ciudades griegas tenía lugar una ceremonia un tanto más participativa. Se sacaba a un par de reos de la cárcel y la gente los perseguía por las calles a pedradas y garrotazos hasta que, acorralados en un lugar en las afueras de la ciudad, eran lapidados. De esta manera, los chivos expiatorios permitían crear la ilusión de que todo mal era expulsado de la comunidad. Este rito, llamado pharmakos, procede del término pharmakón, que es la raíz de palabras como “fármaco” o “farmacia”, y que viene a significar a la vez, en el contexto que dio origen a la filosofía griega, dos cosas contradictorias. En este caso, aquello que enferma y su remedio, el veneno y lo que salva, lo que condena y lo que libera.

Meditando sobre los significados opuestos del término griego, el escritor Eduardo Galeano señaló: “En un mundo que prefiere la seguridad a la justicia, hay cada vez más gente que aplaude el sacrificio de la justicia en los altares de la seguridad. En las calles de las ciudades se celebran las ceremonias. Cada vez que un delincuente cae acribillado, la sociedad siente alivio ante la enfermedad que la acosa. La muerte de cada malviviente surte efectos farmacéuticos sobre los bienvivientes.”

La policía mata una persona por día, las cárceles están repletas. Y en nombre de la reina seguridad, los ricos terminarán custodiados por ejércitos y los pobres matándose entre sí. En la mayoría de los casos, el narcotráfico, quizá la principal forma que asumió el delito, no comienza en la marihuana sino como salida laboral. Los narcotraficantes suplen al Estado ausente. En la Argentina ya hay pena de muerte y no fue legislada: se fusila por la espalda. Y te felicitan.

Ya que se nos dio por la máquina del tiempo con la que uno descubre que la historia es experiencia pero también mucho maquillaje, podríamos retroceder hasta la Edad Media y montar esas ejecuciones que respaldan desde el Gobierno como espectáculos, pero ni así se podrá romper la trampa del miedo en la que nos metió este sistema: la inseguridad del que tiene todo frente a la violencia contenida o no, del que en algunos casos, perdió hasta su humanidad.

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