Por Carlos Saglul | Cuando Mauricio Macri ganó la presidencia de la Nación, la hija de Luciano Benjamín Menendez confesó que su padre se sentía muy feliz. Sus ideas habían vuelto al gobierno de la República. El genocida, a pesar de que ya había sido condenado doce veces a cadena perpetua por los crímenes cometidos en los 238 campos clandestinos de detención bajo su mando, disfrutaba de prisión domiciliaria.

Alberto Salguero Vaca Narvaja lo encontró cuando salía de su casa del barrio cordobés de Villa Palermo. Lo siguió con su coche y cuando lo identificó no pudo menos que gritarle: “¡Asesino, hijo de puta!”. Lejos de huir, Menéndez bajó de su auto y lo enfrentó. Pretendió dar pelea pero el primer golpe del biólogo lo noqueó. Otro integrante de la familia, cuyo apellido significaba en Córdoba una condena a muerte segura durante la dictadura, Camilo Vaca Narvaja, señaló al enterarse de su muerte: “secuestró y degolló a mi abuelo, fusiló a mi tío. Se llevó a la tumba dónde están los nietos apropiados y los cuerpos de los desaparecidos para poder enterrarlos y los que creemos en Dios darles cristiana sepultura. El infierno lo espera y la memoria histórica lo condena por siempre”.

En vida, Menéndez cosechó muy buenas amistades en la política, la Iglesia, el Poder Judicial y fundamentalmente, el empresariado. ¿Cuántos de estos poderosos firmarán mañana avisos necrológicos en el diario La Nación? Bienvenido Martínez, ex preso político, apuntó que “el genocidio no fue imaginado por los milicos. Ellos fueron los brazos armados de los Macri, Fortabat, Soldati, Pérez Companc, Blaquier”.

Según recordó la agrupación Hijos de Córdoba, Menéndez fue el principal responsable del “plan sistemático y generalizado de exterminio de la oposición política” aplicado durante la última dictadura cívico militar (1976-1983) en Córdoba y en otras nueve provincias del noroeste.

En su carácter de jefe del Tercer Cuerpo de Ejército y de la llamada Área 311, que abarcaba diez provincias, Menéndez impartía órdenes e instrucciones, supervisaba sus resultados y generaba las condiciones para que sean eliminadas todas las pruebas para que sus autores tuvieran impunidad. “Esas maniobras le permitieron ser el dueño absoluto de la disponibilidad de personas”, definieron los jueces en sus fallos sobre el accionar del fallecido represor.

Alumno de la Escuela Contra-Revolucionaria Francesa para la cual “no se mata asesinos, sino enemigos de la Patria” tenía en claro que no perseguía partisanos armados sino ideas, mucho más peligrosas que las balas para el sistema que defendía.

En 1977 estableció el denominado “pacto de sangre” por cual todos los oficiales y suboficiales deberían participar de ejecuciones y torturas.

Simpatizante de la Fundación Mediterránea y de su fundador, Domingo Cavallo, las ideas cuya aplicación posibilitó el genocida -venciendo la reacción social a través de la tortura, los asesinatos y las desapariciones de miles de argentinos- están más vigentes que nunca en su poder destructivo. ¿Menéndez es el último dinosaurio o, en todo caso, apenas parte de una especie que muta pero no desaparece, no pierde la ferocidad, la disimula?

 

Foto: Télam

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