Por Hernán López Echagüe l Este libro es un relato de don y de dones. El don como apostura singular que algunos tienen. Y, por sobre todas las cosas, en este relato franco y detallado de la pelea diaria de locos repletos de dones, a pesar de la sensación de intemperie que se desparrama y se puede absorber en cada página, hay resurrección de ideas, intrepidez, ganas y tropiezos. Una sucesión de historia de vidas que va mucho más allá de la vida y el don de Darío Santillán y el don de cada una de las personas que aparecen narradas en estas páginas. A veces cuesta creer que personas sin enjuague alguno se metan a meterse y a desafiar a los que deciden en qué puede meterse uno sin temor a perder el trabajo, amistades o, cosa ordinaria en la Argentina, la vida. Todavía, en estos años, en este país desmesurado, demasiado a menudo persecutorio, se tiene como aventurero, irracional, como arrebato de juventud o, peor aún, como designio diabólico y estúpido, al que piensa en el Otro, al que le duele el dolor del Otro, al que le preocupa el padecimiento del Otro. En tanto hacen y hacen, de manera silenciosa y sin afán de retrato, a esos locos los tienen por rebeldes sin causa, subversivos. Un hatajo de inadaptados. Cuando los matan, esos rompe bolas de la calle pasan a ser noticia. Porque sirve su muerte. Para los medios de comunicación, para los hacedores de una política fundada en el desprecio a los que desde el llano procuran brindarle luminosidad a ese deseo de pasarla bien.

“A estos negros hay que matarlos a todos”, dicen los autores que dijo el comisario Fanchiotti, en Puente Pueyrredón, antes de lanzarse a la caza de Darío Santillán y en el hall de la estación Avellaneda del ferrocarril dispararle con una Itaka en la espalda. Si lo dijo o no, poco importa, porque al final de cuentas es lo que hizo, y, porque al final de cuentas, es lo que, apuesto, se dijeron miles de ciudadanos honorables en tanto miraban la tele. A todos, a todos. Hay que matarlos a todos.

La vida y la militancia y el asesinato de Darío no es más que la excusa de los autores de este libro para narrar las idas y venidas de decenas de jóvenes de la edad de Darío que también, en cierto sentido, no dejan de ser Darío y que son por completo anteriores a esa militancia joven que, nos dicen ahora, afloró en la última década por obra y gracia de un gobierno de identidad versátil.

La historia de este libro comienza en enero de 1981 y finaliza, de modo trágico, el 26 de junio del año 2002. O no finaliza. Quizá comienza. Porque la vida, entre los que creen que la vida es mucho más que un encadenamiento de resignaciones y conformismos, de bocas selladas y párpados que caen a plomo, es una sucesión de muertes y renacimientos marcada por el vigor de la insubordinación y la perdurabilidad en el tiempo.

Este libro es un guante que se ajusta a la historia de la opresión, la discriminación, el acoso y el menosprecio de las ideas y de los locos que a su manera luchan contra la opresión, la discriminación, el acoso, el menosprecio de las ideas y la humillación continua. Una familia. La historia de una familia que, como tantas otras, hace lo imposible por sortear un estado de humillación. Los Santillán, y todos los Santillán que andan deambulando por el imposible valle. Y vamos que eso de la humillación nada tiene que ver con palabras o insultos. La humillación tiene que ver con la imposibilidad que este sistema impone, nos impone a todos, absolutamente a todos, para desplegarnos, para desparramarnos, para sentir que, al menos, de vez en cuando, nos tienen en cuenta. Y que cuando no nos tienen en cuenta, a pesar de las voces fuertes, entonces nos matan. O nos acorralan y nos expulsan del sistema. De cualquier modo y a precio de changa.

Allá por 1997, 1998, cuando Darío Santillán, con sus 17 años, resolvió abandonarse a la militancia social, en las grandes ciudades del país las personas de buen pasar vagaban por las galerías de los centros comerciales examinándose atentamente el ombligo, es decir, venerando la idiosincrasia de su ombligo, del hoyito de carne estriada y con pelusas alrededor del cual gira la Tierra, su Tierra, es decir, su auto, su casa, su seguridad suya, su colegio privado de sus hijos, su asistencia médica privada, su televisión por cable, su temporada de descanso en su Brasil, en su Miami o en su Polinesia, su empleada sumisa, su rotweiller, su infidelidad excusable, su apoliticismo político y partidario del político que le asegure que por el resto de sus días tendrá su auto, su casa, su colegio privado, su asistencia médica privada, su televisión por cable, su temporada de descanso en su Brasil, su empleada sumisa, su perro jodido, su permiso para ser infiel y, vaya, claro, su aire de tipo apolítico. Gente que tenía a la pobreza como pecado mortal y despreciaba al pobre por encima de todas las cosas. La respetable clase media reía, había echado a dormir la visión y toda percepción de su propio sumidero. La respetable clase media vivía en una civilidad fundada en nubes de betún que nunca se disipaban.

La situación no ha cambiado mucho.

Conocí a Darío en el verano del 2002, cuando yo estaba escribiendo La política está en otra parte. Fue en Villa Corina, en la casa de Pablo Solana.

Habían transcurrido contados minutos de mi llegada cuando en el umbral de la casa asomó una cara barbada y risueña. Un muchacho de veintipico, enorme, acaso un metro noventa, buenos músculos, ojos del color del añil que parecían contemplar todo con aire parsimonioso. Era Darío, con quien partimos hacia el barrio La Fe para reunirnos con otros miembros del MTD-Lanús. Ya en el barrio, Darío se despojó de la camiseta y con el torso desnudo se puso a caminar a mi lado, en tanto, con extremada timidez, voz baja, casi inaudible, me refería las amenazas que continuamente recibían de hombres del justicialismo de Lanús y personas que, tenía certeza, no eran otra cosa que policías arropados de civil. Amenazas habitualmente nocturnas y a punta de pistola. El aguacero de la noche anterior había hecho del asentamiento un interminable y laberíntico lodazal. A pesar de la ferocidad del sol, que reverberaba en los ojos de Darío y en las latas y botellas diseminadas a uno y otro lado del trayecto, todo era caminos y senderos y atajos barrosos, y charcos que reventaban en infinitud de regueros que serpenteaban por toda parte. A nuestro paso, casillas de madera y chapa, casas inconclusas, montículos de escombros, miradas llenas de curiosidad, miradas llenas de amargura, miradas al acecho, y decenas de perros andrajosos y chicos jugando a la guerra y lánguidos cabeceos a la manera de saludo. Después hubo otros encuentros, en piquetes, en reuniones, en bares con un vaso de cerveza en la mano.

Lo vi por última vez el 19 de junio del 2002, en el barrio La Fe, en una pieza de paredes y cielo raso carcomidos por la humedad. Una mañana muy fría. Darío y otros miembros del MTD-Lanús están arracimados alrededor de una estufa a querosén para mitigar el frío. Hablan, con una templanza que llama la atención, acerca de asuntos muy puntuales: torneo de truco, dos pesos la pareja, premio simbólico; torneo de fútbol; qué hacer con los aprietes; planes trabajar; producción de la panadería, de la bloquera y del taller de herrería. Llama la atención tanta sobriedad porque todos los que están en esta pieza, y cientos de desocupados más de los suburbios más desdichados de la provincia, tienen previsto bloquear los accesos de la zona sur a la capital federal la próxima semana, y el presidente Duhalde ha dicho que no lo admitirá: “En momentos de confusión los bloqueos se podían admitir, pero ahora no hay que agravar los problemas sociales con acciones violentas. Hay que ir poniendo orden, los intentos de aislar a la capital no pueden pasar más”. Y el secretario general de la Presidencia, Aníbal Fernández, añadió: “El gobierno no permitirá que se incomunique a la ciudad de Buenos Aires con los cortes de todos sus accesos”. Y Juan José Álvarez, secretario de Seguridad Interior, continuó: “Los intentos por aislar la Capital serán considerados una acción bélica”.

Darío está de buen humor, hace payasadas con el gorro de lana blanca y borde azul marino que acaba de regalarle su compañera; se lo cala hasta las orejas, se lo saca, se lo calza en una mano e imita a un muppet, vuelve a ponérselo, vuelve a sacárselo. En un aparte le pregunto cómo han tomado las advertencias del gobierno, si pese a todo están dispuestos a bloquear los puentes y rutas el miércoles veintiséis. Por supuesto, dice, no nos van a asustar con amenazas de ese tipo. Entre las manos tiene un pedazo de papel de almacén en el que anotó los seis puntos del petitorio en el que fundan la protesta: “Pago de los planes de empleo, ya que muchos llevan meses sin cobrar; aumento de los subsidios de 150 a 300 pesos; implementación de un plan alimentario bajo gestión de los propios desocupados; insumos para escuelas y centros de salud; desprocesamiento de los luchadores sociales y fin de la represión; solidaridad con los compañeros de Zanon frente a la amenaza de desalojo”. No suena a proclama de naturaleza bélica ni antidemocrática.

Supe que su apellido era Santillán en el anochecer del 26 de junio de 2002. Creo, ya no lo recuerdo con exactitud, que son las ocho cuando abandono el estudio y voy a mi cuarto; del televisor está saliendo una voz aséptica que confirma la noticia y comunica el nombre de los muertos: Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. Laura y yo cruzamos una mirada llena de estupor. ¿Darío?, pregunto con incredulidad. No, me dice Laura, debe haber muchos Daríos, ¿o se llamaba Santillán? No lo sé, nunca lo supe, nunca se lo pregunté. Con ansia, aunque temeroso de lo que pueda escuchar, llamo por teléfono al celular de Darío. La voz que escucho es otra, nueva, desconocida por completo, una voz a la que enseguida le sucede el llanto. Sí, mataron a Darío. Corté de manera maquinal.

También supe, días más tarde, que la voz que había escuchado en el teléfono era la de Mariano Pacheco, uno de los autores de este libro, compañero de Darío desde la secundaria.

A la cultura del solipsismo, del desapego y de la indiferencia de esa clase media púdica que presume que el infierno son los otros, y al desdén de cada uno de los gobiernos, los movimientos sociales cuyo nacimiento y desarrollo se relatan en estas páginas, le han opuesto, le oponen aun hoy, la sabiduría del abrazo y el reconocimiento en el Otro como un espejo en el que nos reflejamos. Allí, en los ojos del Otro, están los nuestros; en las manos del otro están las nuestras; en las angustias del Otro encontramos y entendemos las nuestras; en la danza del Otro está nuestra música.

Darío Santillán es el relato de la no indiferencia, del apego a principios tan elementales como humanos. No hay en estas páginas siquiera una insinuación de política manufacturada. Muy otra es la cosa: refiere, a partir de la historia de Darío Santillán y su familia, la política como un acto cotidiano y artesanal. Una estética y un estilo de la política que no tiene comparación alguna con la política como ejercicio del poder o como la militancia política excitada por el afán de poder. No hay búsqueda de poder. Hay, en todo caso, búsqueda de entendimiento, de charla, de alumbramiento.

“La indiferencia es parasitismo, es bellaquería, no es vida”, escribió Antonio Gramsci en 1917. “Por eso odio a los indiferentes. La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia obra de manera potente en la historia, actúa pasivamente, pero actúa. Es la fatalidad, es aquello con lo cual no se puede contar. Es aquello que arruina los programas, que destruye los planes mejor construidos. Es la materia bruta que destruye la inteligencia. Aquello que sucede, el mal que cae sobre todos”.

Ignoro si Darío lo leyó. Y no tiene la menor importancia si lo hizo. En todo caso le dio pulso y cuerpo a esas palabras.

 

* Hernán López Echagüe, marzo, 2012. Prólogo d al libro “Darío Santillán. El militante que puso el cuerpo”, escrito por Mariano Pacheco, Ariel Hendler y Juan Rey. Planeta, 2012.

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