Por Gladys Stagno

 

1. Adriana

-¿Tendrán un pañuelo para darme? Acá no se consiguen.

Son las 14 pasadas y estamos en un parador de la Ruta 3. Todavía faltan cuatro horas para llegar a Trelew pero en las distancias patagónicas esa mujer que nos pide un pañuelo se siente cerca.

La actual pareja de Adriana tiene un hijo huérfano de madre. Ella murió tras una mala praxis en un aborto clandestino. Adriana es vendedora en el parador y ayuda a criar al niño.

-Extraña mucho a su mamá. Yo lo adoro y creo que esta cosas no deberían pasar. Apoyo la ley, pero acá no se habla mucho de eso.

Una de nosotras encuentra en un bolsillo del bolso un pañuelo verde extra, arrugado. Se lo regala. Ella llora, nos agradece, y nos apreta fuerte las manos. Como el pañuelo, a todas se nos arruga algo adentro.

 

2. Alma

-¡Hay medias, gorros y guantes!

Alma grita en el micro mientras saca accesorios de su bolso. Va camino a Trelew y aspira a vender lo que pueda para pagarse el viaje. Los gorros son violetas y las medias anuncian que el patriarcado se va a caer.

Alma es discípula de Lohana Berkins, quien la cobijó en Buenos Aires cuando llegó a los 13 años a dedo desde Tucumán y fue golpeada por la policía.

Lohana me dijo: “Corré de la policía, marica, que te van a pegar”. Y así andaba yo, ¡corriendo por toda Buenos Aires!

Desde entonces, Alma se diplomó en Género y ahora quiere estudiar Comunicación y armar una cooperativa audiovisual travesti. Quiere vender publicidad y que sea una salida laboral para las muchas que no consiguen trabajo. Quiere, dice, “empoderar a todo el mundo”.

Este año me dediqué a llevar travas al Encuentro, y a que entiendan qué es el patriarcado y qué ejército de mariposas tenemos que construir. Porque las travas quedan afuera de las discusiones políticas. Nos miran y nos escuchan con morbo, la zoologización de la trava. Eso se tiene que terminar.

 

3. Nina

-¡Nina! ¡Nina! ¡Nina corazón! ¡Acá tenés las pibas para la liberación!

Nina se sonroja, se emociona y baila, con todo y bastón, al ritmo del canto que las pibas le dedican desde las mesas. Esta madrugada de sábado en la cervecería artesanal del centro trelewense, Nina es una estrella de rock.

Desde el primero, en 1986, no faltó a ningún Encuentro Nacional de Mujeres. Por entonces eran 300. Años más tarde dio comienzo, con otras, a la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito, que es en parte la responsable de que aquellas 300 hoy sean 50.000. Los “Martes verdes” que promovió la volvieron famosa y referente.

Les dice a las pibas:

-Yo no resistiría sin ustedes.

Una compañera acota que la cerveza que tomamos tiene “el sabor del Encuentro”.

 

4. Florencia

-Me uní al feminismo porque acá me aceptan como soy.

Es el segundo Encuentro para el taller de Activismo Gordx, una iniciativa que comenzó en los 70 y llegó a la Argentina unos treinta años después.

“Gordofobia”, “cuerpos heteronormados” y “neurodivergencia” son sólo algunos de los términos que irrumpen en las conciencias de las presentes, quienes se amontonan para compartir historias personales sobre la relación conflictiva con sus cuerpos, de todas las tallas, que cargan sobre sus hombros el peso de tener que ser lo que nunca llegan.

Aparecen madres que creían que las mujeres no podían comer un segundo plato, familias decepcionadas, abuelas que las echaban de la foto porque la afeaban.

Aparecen maestras que piden herramientas para afrontar en las aulas el bullying hacia les niñes gordes, nutricionistas que deben reconocer que el problema de “la relación con la comida” se viene abajo como un pelele cuando la miseria impone comer lo que se pueda, y bulímicas que, pesen lo que pesen, siempre serán gordas.

Aparece emoción en los recuerdos personales, relatos que se quiebran y se completan e interpelan, como sucede en cada taller, desde hace 33 años. Y una definición que Florencia grita por el megáfono:

-Me hice feminista este año, cuando decidí que no tengo que pedirle permiso a nadie para hacer lo que quiera con mi cuerpo.

 

5. Sandra

-Me enfrenté a los cuarenta porque no querían que viniera. Entonces vine sola.

Sandra es trabajadora precarizada del Estado chubutense. Es de Trelew y sostiene, en un colectivo repleto, que a ella la movilizan los femicidios y que por eso vino.

Es parte de una organización política pequeña, que mira con desconfianza el Encuentro. Sobre todo desde que videos de origen desconocido circularon entre los lugareños -donde se muestran a supuestas feministas rompiendo vidrieras e incendiando iglesias- y un diario nacional les advirtió que evitaran salir a la calle mientras durara el evento. Su novio también nos tiene miedo y quiso acompañarla a los talleres y a la marcha a la que vamos, pero ella le explicó que no.

El viernes las calles de Trelew estaban desiertas. A medida que pasaron los días los vecinos salieron, interactuaron, conversaron, y bancaron, aunque Sandra avisa que las estaciones de servicio siguen cerradas porque temen que compremos combustible para fabricar molotovs.

-Acá estaban todos muy asustados. Yo quise venir para ver con mis ojos. Por eso me sacaron del grupo de WhatsApp de mi organización y mi hermana, que sigue ahí, me defiende porque me insultan. A mí no me importa. Estoy contenta igual.

 

 

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