Siempre victoriosos y cargados de botines Por Hernán López Echagüe

Ha llegado la hora de vindicar la insurrección de los luditas y ponerse a hacer añicos miles de máquinas y chimeneas. Los luditas, rebeldes ingleses contra el futuro, trabajadores del sector textil en su gran mayoría, que en los comienzos de la revolución industrial comprendieron que el florecimiento de una tecnología fundada meramente en la acumulación de dinero y poder, en la búsqueda de beneficios a toda costa, sin pensar siquiera en las ulteriores consecuencias, había de instaurar el inicio de la decadencia de la humanidad. El liberalismo extremo y avasallador. Las máquinas, y los grandes edificios que las alojaban, presuntos símbolos del progreso y el bienestar, se convirtieron para los luditas en alegoría de la miseria. La mudanza de hábitos fue brusca, ultrajante. Basta repasar algunas obras de Dickens. La sublime era victoriana, los tiempos difíciles. A la producción artesanal le sucedió una creciente desocupación: una máquina suplía el trabajo que anteriormente realizaban cuatro, seis personas; a la vida en comunidad, en valles y paisajes rurales, le sucedió el hacinamiento urbano en ciudades asfixiadas por hollín y basura. Aguas contaminadas, explotación infantil, jornadas de dieciséis horas sometidos a condiciones serviles, salarios míseros.

Los ejércitos luditas, diversos y eficaces, actuaron especialmente en los condados de Yorkshire, Lancashire, Cheshire, Derbyshire y Nottinghamshire, es decir, el corazón de Gran Bretaña. Arrasaron máquinas, destruyeron fábricas, atacaron las propiedades de la novedosa burguesía. Y lo hicieron en contados meses, entre octubre de 1811 y febrero del año siguiente. Más de catorce mil soldados partieron hacia el centro de la rebeldía con el propósito de aniquilarlos. Los luditas habían tomado su nombre en memoria del general Ned Ludd, personaje de origen fabuloso, indescifrable. “Nunca depondremos nuestras armas hasta que se apruebe la ley que elimine toda máquina perjudicial para la comunidad. Pues nosotros, nosotros no pedimos nada más. Si no lo conseguimos, lucharemos. Firmado por el General de los Tejedores, Ned Ludd Clerk”.

La suerte de los luditas quedó sellada en febrero de 1812, cuando los conservadores estimaron prudente promover la aplicación de castigos ejemplares, entre ellos la pena de muerte, a toda persona acusada de haber destruido o dañado “cualquier telar de calcetería o encaje”. En medio de ovaciones y aplausos, la ley fue aprobada por mayoría abrumadora en la Cámara de los Lores. Lord Byron fue el único que se opuso. Días más tarde, en el Morning Chronicle, de Londres, publicó “Ode to the Framers or the Frame Bill”, versos destinados a defender la lucha de los luditas:

 

¡Bravo, bien hecho Lord Eldon! ¡y aún mejor, Ryder!

Gran Bretaña prosperará con aportaciones como las suyas;

Señorías rapaces y rastreras sirven de ayuda para guiarla.

Sus pociones son de las que si no matan, curan.

Esos villanos, los tejedores, ya creciditos y contestatarios

Piden socorro por caridad;

Así, pues, colgadlos arracimados en las paredes de las fábricas.

Eso pondrá fin a tanta reivindicación.

Quizás evite que roben los bribones,

-y como los perros seguramente no tienen qué comer-

Les podemos colgar por romper bobinas

Y les ahorraremos dinero y carne al Estado.

Es más fácil fabricar personas que maquinaria

Y más valiosa la mercancía que una vida humana.

¡Los ahorcados en Sherwood realzarían el escenario para

Demostrar cómo el comercio y la libertad prosperan!

Algunos seguramente han pensado que era vergonzoso

Cuando el hambre llama y la pobreza gime,

Que la vida se deba valorar en menos que una tejedora,

Y el romper de bastidores conduzca a romper de huesos.

Si así fuese probado, confío, con esta muestra,

(¿Y quién rechazaría participar en la esperanza?)

Que los bastidores de los tontos deberían ser los primeros en ser rotos,

Quien, cuando se le pide un remedio, lanza una soga.

 

En su libro Rebels Against the Future, Kirpatrick Sale discurre: “De todos modos, el ludismo fracasó. La Revolución Industrial se abrió paso y dio lugar a una profunda serie de transformaciones mentales, morales y materiales que terminaron con la imposición de una nueva cultura de la que somos herederos, el capitalismo industrial. Un vencedor que, como tantos otros a lo largo de la historia, se encargó de ensalzar sus valores y ridiculizar los de sus antiguos oponentes, razón por la cual los luditas han pasado a la historia como un grupo de individuos irracionales rompe-máquinas. Así pues, se impuso la creencia de que gracias a la tecnología no existía límite que el hombre no pudiese sobrepasar en nombre del progreso y la ciencia, inaugurándose así una nueva actitud: la tecnociencia es vista ahora como la gran salvadora, que, gracias a una conquista total de la Naturaleza, conseguirá acabar con los males que asedian a la humanidad”.

Líneas más adelante, Kirpatrick echa mano de una cita de Thomas Carlyle: “Nosotros luchamos contra la Naturaleza, y, por medio de nuestros incansables motores, salimos siempre victoriosos y cargados de botines”.