Por Inés Hayes | “Desde la trilogía que escribí para Aquilina (Sangre kosher, Siliconas express y Sangre fashion) venía trabajando la representación del universo femenino en el género negro. Una tarde estaba hablando con una amiga del lugar que ocupaban las mujeres en el sindicalismo y me dijo: ‘cuando hacemos uso de la palabra, los hombres salen a fumar un pucho a los pasillos o van al baño’. Recuerdo que llegué a casa y anoté la frase. Tenía un personaje de mi novela anterior, Marcia Meyer. Una locación, el sindicato. Por ese entonces el Ni Una Menos estaba en su apogeo y empezaba con fuerza el reclamo por la legalización del aborto. Yo participaba en las marchas y al volver la realidad se metía en mi computadora. Lo demás fue confiar en mi imaginación y en mi tono de narrar, que es, en última instancia, mi visión del mundo”, contó la escritora a Canal Abierto.

¿Por qué elegiste a una periodista como protagonista?

-Después de la dictadura, es complejo crear la figura de un investigador relacionado con las fuerzas de seguridad: lo que es verosímil para los nórdicos acá no funciona. Entonces debemos recurrir a imaginar otros personajes que, por su trabajo o por motivos personales, pueden  meter las manos en el barro. En Cupo, Marcia Meyer vuelve a Buenos Aires y consigue trabajo en Prensa de un sindicato. Pese a ser una organización que enarbola los derechos de las trabajadoras, Marcia sospecha que junto a esa bandera se ocultan juegos de poder y la batalla por el cupo femenino.

¿Qué similitudes tiene el personaje de Marcia con Rodolfo Walsh?

-Me interesa la relación de Walsh con la verdad, cómo trabaja esa zona indeterminada donde se cruzan la ficción con la verdad. ¿Quién mató a Rosendo? fue, en principio, una serie de notas publicadas en el semanario de la CGT a mediados de 1968. Su tema superficial es la muerte del dirigente llamado Rosendo García pero el tema profundo es el drama del sindicalismo, cómo la dirigencia manipula para conservar el poder. Desde esa lectura pensé Cupo: cómo se manipula el poder sobre el cuerpo de la mujer.

La lectura de Walsh me llevó a preguntarme cómo era el lugar de las mujeres en el sindicalismo argentino. Existe una ley, la 25.647, que asegura la representación femenina. Pero la letra de la ley no escapa a las prácticas machistas ni a la violencia de género que observamos en otras instituciones. En su libro Realismo capitalista, Mark Fisher parte del supuesto de que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Y en el tema que nos ocupa, el del no cumplimiento del cupo femenino, hay algo de gatopardismo: el sistema se ocupa de incorporar el discurso feminista, de incorporar sus reclamos para que nada cambie.

¿Por qué elegiste el universo sindical?

-Me interesó el mundo sindical como espacio cerrado, donde se establecen relaciones de poder. En general las novelas de género negro eligen un ambiente definido (una universidad, una editorial, una clínica), se hace una pequeña investigación de cómo funciona ese ámbito y tiramos un cuerpo. La entrada, entonces, tiene un atractivo porque despertamos un interés de un ambiente en particular, se da a conocer información sobre un mundo determinado. Después viene el desafío de mantener el interés y lo que no es bueno se pierde. Los lectores y las lectoras dirán…

Mostrás el poder en funcionamiento…

-Me parece que las relaciones de dominación son materiales y sobre ellas se establecen discursos. Uno es el literario. Rita Segato dice que los hombres hacen a las mujeres lo que el sistema hace con ellos. Habla de un poder rapiñador sobre los cuerpos. Rape, en inglés, es violación. Nunca el lenguaje dijo tanto. Los autores que admiro, los que me formaron como narradora, contaban a su vez la historia individual con la colectiva. Si no miramos lo que pasa alrededor nos perdemos una parte.

Cupo se presenta este jueves 11 de julio a las 19 en la sede de la Conadu Histórica (Sarandí 1226, Ciudad de Buenos Aires) con la presencia de la escritora junto a Liliana Escliar, Mónica Tarducci y Juan Carrá.

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