Por Carlos Saglul | “Las mayorías en América no prefieren la democracia como forma de gobierno” tituló el diario La Nación el día anterior al golpe de estado en Bolivia. Señaló en ese artículo que al sistema “lo respaldan un promedio del 48 por ciento, según el sondeo anual de Iberobarómetro. En la Argentina tiene un respaldo del 59 por ciento y en Brasil del 34”. La encuesta señaló que el apoyo es menor en la clase baja (43 por ciento) y en la alta (41 por ciento).

El diario de los Mitre siempre ha sido vocero de la clase alta. Es interesante y muy oportuna la publicación de la encuesta. También es una advertencia.

Hace rato, como se ve claramente en Chile, las clases bajas comenzaron a tomar nota de que la democracia en su estado actual, limitada por la voracidad de las clases altas -como dice la canción- solo garantiza que “se respeten los derechos a la hora de votar”. En países como los nuestros, las democracias se profundizan o se terminan, es la triste realidad. Jamás pueden convivir con un 40 por ciento de pobres, como dijo el presidente electo Alberto Fernández.

Las clases bajas no repudian a la democracia, por el contrario, la democracia jamás llegó hasta ellos. Recordando palabras de Raúl Alfonsín, en los sectores bajos con la democracia no se come, ni se cura ni se educa.

Ya ni fútbol les dan gratis. Cuando les aumentan los subsidios, porque trabajo ya hace rato perdieron la esperanza de encontrar, los monopolios de la alimentación aumentan los precios y lo único que cambia es que su hambre es más cara. En muchos casos solo les queda la opción del narcotráfico que entra en las villas como nueva forma de control social encubierta del sistema. Si roban, los fusilan por la espalda.

Pero ¿qué pasa con la clase alta? Han comenzado a sospechar que el sistema, como está, no les garantiza seguir esquilmando a las mayorías sin que estas se subleven. Cuesta seguir engrupiendo a la gente, ocultando los mecanismos de concentración de la riqueza bajo palabras como “crisis”, “devaluación”, “deuda externa”, inestabilidad de mercado”. En esto coinciden con sus socios y amos del norte.

Preocupados por Ecuador y Chile, había que terminar con el escándalo y el mal ejemplo de que un indio gobernando con indios lograra establecer la economía más pujante del continente, mejor educación, salarios, salud. Qué hiciera verdad ese chiste de que con la democracia se cura, se come, se educa. ¿Y si cunde el ejemplo?

¿Cuántos sentimos escalofríos cuando días antes del golpe casi se cae el helicóptero de Evo Morales? Nos vino a la memoria aquella época de los golpes de Estado cuando los helicópteros de los presidentes y funcionarios enfrentados con el colonialismo norteamericano (Omar Torrijos, Jaime Roldos, entre otros) se caían como moscas. Y la CIA aplaudía.

Cuando Donald Trump dijo que era hora de volver a la doctrina Monroe del “América para los americanos”, pensaron que se trataba de una nueva bravuconada. En el enfrentamiento final con China, Estados Unidos vuelve la vista al patio trasero. No quiere gobiernos soberanos que puedan cuestionar sus intereses hegemónicos.

Morales se aprestaba a cerrar importantes acuerdos con China, voltearlo es también una advertencia a Alberto Fernández, prácticamente rodeado por gobiernos neoliberales.

Se inicia una nueva etapa. Los golpes blandos no alcanzan. Estados Unidos sin decirlo reafirma que “América es para los (norte) americanos” y los grupos económicos locales. Están dejando en claro que si el costo de mantener a las democracias es incluir a los más pobres, ellos no piensan financiarlo. Mantener a un par de generales y sus verdugos, es más barato.

(*) Twit del encargado de Latinoamérica en el Departamento de Estado de Estos Unidos, Michael Kozak, reconociendo al gobierno surgido del golpe de Estado contra el presidente Evo Morales

Foto: La senadora opositora Jeanine Áñez autoproclamándose, luego de una sesión parlamentaria sin quórum, como presidenta interina de Bolivia (12/11/2019)

Recibí más periodismo de este lado

Nuestros temas