Fragmentos del libro El regreso del Otro, de Hernán López Echagüe (Planeta, octubre de 2010)

(…) Una concesión pedagógica: todo lo que voy a relatar a partir de esta línea, ocurrió entre junio y diciembre del dos mil uno. Punto. Hecha la aclaración, entremos en materia.

Duhalde regresa a la política, y lo hace con vigor y a las zancadas. Un día de junio, en un salón del Hotel Bauen, presenta su novedosa invención, el Movimiento Productivo Argentino (MPA), popurrí de empresarios, políticos, terratenientes, ganaderos, dirigentes sindicales y banqueros, amigos suyos todos, en el que apoyará su campaña política. En la presentación lo acompañan Felipe Solá, Melchor Posse y Guillermo Alchourón, el más cajetilla de todos, señor de la Sociedad Rural. Raúl Alfonsín falta sin aviso pero envía un saludo insípido: “Cualquier movimiento que se ocupe de estos temas me tendrá como entusiasta partícipe”. Dan a conocer un documento fundacional que en alguno de sus fragmentos huele a llamado a la rebelión patriotera: “Los argentinos nos asomamos a la historia con la gesta libertaria de 1810 para terminar siendo un país sin brújula, sin voluntad de ser y doblegado por la incapacidad de sus dirigentes para pensar con grandeza cuando lo que está en juego es nuestro propio destino como Nación (…) Es hora de valientes decisiones. Es hora de transformaciones profundas. Por eso es que nos convocamos en el Movimiento Productivo, un espacio sin banderas partidarias ni intereses sectoriales para impulsar la superación de la crisis, liberar las fuerzas creadoras argentinas, aportar a la construcción de un nuevo proyecto nacional fundado en el trabajo y la producción y así reencontrarnos con lo mejor de nuestra Patria, de nuestra Historia y de nuestro Pueblo”. Entre los padres fundadores del MPA que firman el documento, figuran varios de los responsables del hundimiento del Banco Provincia y del Grupo Bapro: Juan de Anchorena, Carlos Brown, Rubén Lusich, y Osvaldo Rial. En representación del mundo de la producción, producción en el sentido más lato de la palabra (producción de alimentos, producción industrial, producción de miseria y malestar y abatimiento social), firman Eduardo Buzzi, presidente de la Federación Agraria; Mario Llambías, vicepresidente de Confederaciones Rurales Argentinas; Dardo Chiesa, presidente de la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa; Gregorio Chodos de la Cámara de la Construcción, y los presidentes de las sedes de Santa Fe y de Córdoba de la Unión Industrial Argentina. También figura allí la firma de Raúl Lamacchia, alias el “Rulo”, presidente de la Unión de Comercio, la Industria y la Producción de Mar del Plata, hermano del teniente coronel Héctor Lamacchia, que entre 1974 y 1976 fue segundo jefe del Grupo de Artillería y Defensa de Mar del Plata (GADA 601)  y obtuvo la gracia de Alfonsín a través de la ley de Punto Final (semanas después del acto en el Bauen, Raúl Lamacchia cometerá una gran imprudencia: en un programa de una radio FM de Mar del Plata, vaticinará la caída de De la Rúa en diciembre y la llegada de Duhalde al poder. A su lado, Manuel Salazar resultó ser un embaucador)

En tanto, en la reunión de la Organización Internacional del Trabajo que se realiza en Ginebra, Patricia Bullrich, ministra de Trabajo, tropieza con la urbanidad de Rodolfo Daer y Armando Cavallieri. Ocurre que Bullrich tiene la intención de promover dos medidas que a los jerarcas de la CGT les resultan un disparate: la revisión de los convenios colectivos de trabajo y la obligatoriedad de presentar en el ministerio la declaración jurada del patrimonio de cada uno de los dirigentes sindicales. Daer y Cavallieri le cortan el paso en el umbral del salón de actos. “Nos clavaste un puñal por la espalda”, le dicen. “Anulá las medidas ya porque no vamos a parar hasta voltear el gobierno. En octubre, después de las elecciones, empieza la cuenta regresiva”. En esos días, el diario La Nación publica un artículo de Joaquín Morales Solá bajo un título agorero: “Duhalde proyectaría ser Jefe de Gabinete después de octubre”. Pero, ¿no hay un presidente? Vaya apresuramiento. Escribe Morales Solá: “El ex gobernador de Buenos Aires y actual candidato a senador peronista Eduardo Duhalde, manifestó en reuniones reservadas que estaría dispuesto bajo condiciones políticas especiales a hacerse cargo de la Jefatura de Gabinete, después de las elecciones del 14 de octubre próximo”. Las palabras de Morales Solá, que a simple vista pueden sonar fuera de razón y conveniencia, son sin embargo un presagio de lo que se viene. En los primeros días de septiembre, Duhalde viaja a Washington y en la sede de la Interamerican Dialogue, durante un encuentro en el que participan, entre otros, Hugo Anzorreguy y Peter Hakim, presidente de la institución, comenta, con suma confianza, que en pocos meses más será presidente de la Argentina.

Luego de obtener una victoria irreprochable en los comicios a senador por la provincia de Buenos Aires, los pasos de Duhalde se tornarán más presurosos y desembozados. Al día siguiente visita la CGT y escucha con satisfacción la bravata de Hugo Moyano: “Si el gobierno no interpreta el mensaje muy claro de la sociedad, va a haber problemas sociales muy fuertes, la gente no aguanta más ningún ajuste”. Duhalde viaja a Madrid, se reúne con el presidente José María Aznar y le solicita su apoyo porque, le vaticina, pronto se hará cargo del gobierno. “Pero, ¿cómo?”, le dice Aznar sin ocultar la sorpresa. “¡Si el presidente es amigo mío y está en funciones todavía!”. La certeza de Duhalde: “Sí, bueno, pero yo me voy hacer cargo”. (en el año 2007, en una entrevista con Jorge Fontevecchia, interrogado sobre el asunto, Aznar no hará más que confirmar la veracidad del diálogo por medio de un silencio sagaz). La Nación continúa avivando el fuego: “(…) la mayoría de los gobernadores cree que Fernando de la Rúa tiene no más de tres semanas para contener un virtual estallido social y acordar con el peronismo que se impuso en las elecciones. El primer objetivo del PJ para administrar con racionalidad política es el controlar el congreso. El Frente Federal Solidario impulsará un candidato para ocupar el lugar que dejará Mario Losada el 10 de diciembre. Ese hombre sería Puerta”. Corolario del artículo: “Todos piensan que no hay mucho tiempo para evitar el caos. No más de tres semanas. El PJ promete no empeorar las cosas”. Modo curioso de no empeorar las cosas. ¿Quiénes son todos? Alfonsín, por caso, es uno de los todos: Duhalde lo visita en su casa de la avenida Santa Fe y sin rodeo le dice que hará todo lo que tiene a su alcance para garantizar que el gobierno de la Alianza llegue a cumplir su mandato, pero, aclara, siempre que sea con otro presidente. Enterado de esa conversación, De la Rúa dice para sus adentros: “¿Quién es Duhalde para decir que el presidente electo por el pueblo tiene que irse?”. De nuevo La Nación, ahora una entrevista con Duhalde: “De la Rúa debe reconocer que se equivocó. Acá se necesita un piloto de tormentas y él demostró que no lo es. Que llegue al 2003 sólo depende de su actitud (…) La gente tiene la sensación de que el Presidente no llega a 2003. No quieren esperar dos años más. Y esa sensación puede convertirse en una profecía autocumplida”. ¿Qué significado tiene eso de la profecía autocumplida? ¿Qué es la gente, quiénes son la gente? Tal vez Juan Pablo Cafiero y Chacho Alvarez, que según cuenta Miguel Bonasso en su libro “El palacio y la calle” una tarde se reúnen con Duhalde en el Tenis Club San Juan, en San Telmo, y se ponen a bromear sobre el porvenir de De la Rúa, su destitución irremediable. “Hay que derrotarlo pero no aplastarlo”, dice Bonasso que dice Duhalde. “Vos sos el hombre”, le dice Chacho. La gente de la que habla Duhalde, esa gente que ve a De la Rúa en la tele y cae en un estado de saturación sin términos, hace de la casa de Alfonsín una cueva de conjurados: Leopoldo Moreau, Rodolfo Daer y Armando Cavallieri; Carlos West Ocampo, secretario de prensa de la CGT; José Pedraza, de la Unión Ferroviaria; Ignacio De Mendiguren, presidente de la Unión Industrial Argentina, Ruckauf y Duhalde, se juntan periódicamente en el piso de la avenida Santa Fe para tramar el cambio de gobierno, el envión final que hará rodar a De la Rúa hacia el abismo. Moreau advierte: “Si el gobierno no cambia, la Alianza lo que tiene que hacer es expresar su independencia total del gobierno para construir un espacio progresista”. Patricia Bullrich busca el socorro de Alfonsín, le refiere el episodio que padeció en Ginebra, le dice que el gobierno caerá de modo estrepitoso si él y el radicalismo se quedan de brazos cruzados. “Vos no entendés que De la Rúa no quiere tomar las medidas que tiene que tomar”, le dice Alfonsín con tono paternal. “Pero la Argentina las tiene que tomar, tenemos que devaluar y tenemos que dejar de  pagar la deuda externa, y De la Rúa está obcecado y no va a tomar ninguna de estas medidas”. Bullrich queda atónita. Días después de la charla con Alfonsín recibe en su despacho a De Mendiguren y Chodos. “¿Ustedes son conscientes de que están participando de una conspiración?”, les dice. De Mendiguren la mira con extrañamiento. “Eso que usted llama conspiración no es más que un programa alternativo de gobierno”, dice. Bullrich pierde los estribos. “¿Cómo puede hablarme de un plan alternativo de gobierno cuando hay un gobierno que no ha llegado a la mitad de su mandato?”. Luis Barrionuevo, senador por Catamarca, senador catamarqueño, aunque parezca cosa de lunáticos, se despacha a gusto: “Sería loable que el presidente dé un paso al costado y que sea el congreso el que decida quién debe continuar con el mandato constitucional”. Moyano se apresura a sostener las palabras de Barrionuevo: “Estoy totalmente de acuerdo. Antes de que se vaya el país, prefiero que se vaya De la Rúa”.

Las reuniones y los movimientos furtivos del peronismo y un puñado de radicales, que habían tenido como punto focal la expulsión de Domingo Cavallo del gobierno, ahora, de modo abierto, sin tapujo, apuntan a la destitución del presidente. El país ya es un terreno pantanoso, lleno de turba, un coto de caza, menor y mayor, y el diario La Nación el propalador de cada uno de los pasos que dan los tramperos. La periodista Paola Juárez escribe: “’Empezó a contarse el tiempo de descuento del Presidente’,  dijo secamente un importante dirigente del PJ a La Nación” (…) La idea de precipitar una salida anticipada del gobierno había sobrevolado varias veces la residencia de Ruckauf en La Plata (…) El artículo 88 de la Constitución prevé que en caso de ‘dimisión o inhabilidad’ del presidente, el congreso definirá qué funcionario lo reemplazará (…) Eduardo Duhalde analizó la posibilidad del adelantamiento de las elecciones. El senador electo podría convertirse en el ‘presidente de la transición’ en un Congreso dominado por el PJ. Esto termina mal, dicen que dijo Duhalde ayer en su casa”.

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(…) Durante el acto de lanzamiento de una corriente interna del peronismo de la provincia, que comparte con Juan José Alvarez, Alberto Ballestrini y Julio Alak, Ruckauf pierde la compostura y se pone a vociferar: “¡Es hora de prepararse para tomar el poder, el peronismo se pone en marcha para agarrar el gobierno! ¡Se vienen épocas de profunda convulsión en la Argentina, el gobierno debe ser reemplazado por otro peronista!”. Con declaraciones como ésta, uno, si fuera presidente en ese momento, lo bien que haría en tomar su petate y mandarse mudar. (Recuerda Luis D’Elia: “Un día me tocó vivir un episodio muy fuerte con esto de los saqueos en el 2001. Varios años después, el día en que proclamaron a Cristina senadora, se hace una comida en la gobernación de La Plata, en una sala en donde está la mesa más grande que he visto en toda mi vida. Una mesa enorme, como de treinta metros. A mí me tocó estar al lado de Julio Alak, que era intendente de La Plata, y Julio me dijo: ‘En esta mesa, acá, Duhalde me dijo que había que destituir a De la Rúa’. Al lado mío estaba Emilio Pérsico y en frente lo tenía a Felipe Solá, que también lo escucharon. En La Matanza estuvo todo armado. El Negro Tucho, conocido puntero duhaldista, andaba en un coche viejo, barrio por barrio, creando una sensación de caos”.)

El radicalismo es un vagón de cola repleto de almas en pena, sus dirigentes andan a gatas y a ciegas, han perdido el norte, si es que en algún peldaño de la vida lo supieron encontrar. Alfonsín es una entelequia, mira hacia otra parte, quizá hacia la laguna de Chascomús o las páginas de Erich Fromm, y le hace saber a Duhalde que cuenta con su apoyo para hacer y deshacer a gusto. De modo que el hombre de la cara mueca reúne en sus oficinas de Avenida de Mayo al senador Ramón Puerta y a los gobernadores Adolfo Rodríguez Saa, Juan Carlos Romero y Néstor Kirchner; De la Rúa es un equilibrista presa de sonambulismo que vaga por el filo del despeñadero, bastante será un soplido, un leve roce, y que de su paradero se ocupen luego los bomberos voluntarios de la Boca. Duhalde y los suyos acuerdan el orden sucesorio: Eduardo Camaño queda al frente de la cámara de diputados y Puerta del Senado. Moyano toma un micrófono, uno de los tantos micrófonos que la prensa independiente y objetiva entrega en esos días a los tutores de la democracia y de las instituciones, y dice: “Hay que organizar la desobediencia civil, que el presidente tome una actitud patriótica y adelante las elecciones”. Días después, junto a Daer, anuncian una huelga general y activa, con movilizaciones a cara de perro en todo el país, huelga que pretenden extender por tres días.

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La semana trágica de diciembre de 2001, que tendrá al jueves veinte como punto crudo y amargo de la marabunta, tampoco tiene siete días. Podríamos situar su comienzo el lunes diecisiete. Ese día, Federico Storani llama por teléfono a Juan Pablo Baylac, vocero del gobierno, y le avisa que grupos de punteros peronistas tienen previsto incitar saqueos en Merlo, Moreno y La Matanza. Juan José Alvarez, alias Javier Alzaga, ministro de Seguridad de la provincia, cita en su despacho a D´Elía y le dice: “Ustedes, si quieren darle a los comercios chicos, denle p´adelante, basta que no se metan con los hiper”. Mariano West, intendente de Moreno, encarga a un colaborador que alquile dos ómnibus y un camión, que dos días después utilizará para transportar a cientos de hombres a Plaza de Mayo (Me escribe Lucho, uno de mis colaboradores: “En Moreno, según informó el mismo West el 19 de diciembre, unas mil trescientas personas saquearon alrededor de 37 comercios ubicados en distintos puntos del municipio, razón por la que declaró el “estado de emergencia social”).

Los primeros saqueos programados por el justicialismo ocurren en Entre Ríos. En su libro “El día del juicio”, Daniel Enz relata: “Entre los saqueadores se encontraban los dirigentes Chelo Lima y Carlitos Sánchez, quienes llegaron después que la mayoría. Un poco antes, Lima —según declaró en sede judicial en días posteriores— fue llamado por el jefe departamental de Policía, comisario mayor Raúl Godoy, quien le habría dicho: ‘Chelito, dame una mano para salir de ésta. Decile a la gente que entre nomás al supermercado, que empuje los escudos, que nosotros los vamos a dejar pasar, pero que no se lastimen con los vidrios de la puerta’ (…) En el expediente 1039/01, a fojas 41, Lima declaró que durante los saqueos, `aproximadamente a las 11:45´, recibió desde el Senado de la Nación una llamada del secretario del senador Jorge Busti, Juan Carlos Romero: ‘¿Cómo está la cosa ahí, loco? Parece que está linda. Podrila que al Jorge le sirve. Metéle pata, tomen el supermercado; si apretamos el acelerador, los volteamos a estos hijos de puta’, dijo Lima que le dijo Romero. También acusó al jefe de policía de Concordia, comisario Raúl Godoy, y al ministro de Gobierno de Sergio Montiel, Enrique Carbó. Ante el juez, Lima narró un diálogo que dijo tener con el jefe de policía: ‘Llamó el Ministro Carbó. Vamos a evitar problemas antes que llegue más gente al Maxitotal. (Carbó) dijo que lo saqueen’, habría dicho el policía. ‘Me dijo que teníamos la venia para saquear’, dijo Lima a Clarín”. El Jorge al que le sirve, al que le viene de maravilla el desgobierno, Jorge Busti, es compinche de Duhalde. Entre tanto, en Santa Fe, Reutemann ordena al ministro Lorenzo Domínguez que retire de las calles “toda instancia de contención o mediación” (así consta en la declaración de Domínguez ante la Comisión Investigadora no gubernamental de Rosario).

Ruckauf no hace más que llamar por teléfono una y otra vez a De la Rúa; le aconseja que actúe con firmeza, que declare el estado de sitio, es decir, que se arrime unos centímetros más al barranco, que le desembarace el camino al justicialismo. Medida que De la Rúa toma el día diecinueve y que Juan José Canals, prosecretario del parlamento, le refiere a Alfonsín, pocos minutos después de haberse enterado, en el recinto del senado. Alfonsín da la impresión de que la noticia no lo ha tomado de sorpresa. “Se terminó el gobierno”, dice, “se terminó”. Canals no entiende. “Cómo?” “¿Por qué?”. Alfonsín, sin alzar la vista, repite: “Se terminó el gobierno”. Su convencimiento no deja de ser equívoco. La declaración del estado de sitio no presupone forzosamente la caída de un gobierno; él lo sabe porque lo decretó en octubre de 1985, a lo largo de sesenta días y al amparo de una hipotética sublevación de militares con el apoyo de un puñado de periodistas de derecha, y como toda respuesta tuvo una gran movilización de personas que concurrieron a plaza de Mayo para sostener su gestión de gobierno.

Otro de los miembros de los todos o de la gente que tenía absoluta certeza del triste y solitario final que tendría el gobierno, es Rodolfo Terragno: “Se sabía que De la Rúa iba a fracasar, hasta el día se sabía…”, dijo. Hasta el día se sabía … Pero Terragno, a diferencia de todos, o de toda la gente que he consultado y de todas las lecturas que hice de libros, recortes de prensa y expedientes, entiende que es una extravagancia, por qué no ocurrencia de párvulo, conjeturar que en diciembre del dos mil uno pasaron cosas raras: “¡Pero son estupideces! ¡Son estupideces! Bueno, puede haber un usufructo de una situación. Pero cuando uno tiene veinticinco por ciento de desempleo, cuatro años de recesión, récord de quiebras, ¿qué se espera qué ocurra? Creo que un niño entiende esto. Pero cuando uno está hiperpolitizado, se le oscurecen las verdades más claras. ‘Se orquestó una situación…’ ¿Cómo se orquestó? En todo caso se usufructuó, si usted quiere, que en algún lugar, viendo que había esta efervescencia popular, alguien la utilizó. Eso podría ser, pero no se puede inventar”.

Lo que sucedió a partir de ese momento, de la declaración del estado de sitio, es público y sabido; mucho y bien se ha escrito acerca de esos días (por encima de todos lo ha hecho Bonasso), cuando la vida había perdido gravedad y cada hora era un temblor constante, aunque de los treinta y dos muertos, cada diecinueve y veinte de diciembre, a los gobernantes les resulta ocioso hablar. ¿Quién tuvo la ingeniosidad de inventar eso de que se vayan todos? Una frase enérgica y robusta que todos los que se tenían que ir tomaron a risa y con el correr del tiempo convirtieron en “¡Jódanse, nos quedamos y además nos reproducimos!”.

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(…) Me dice Adolfo Rodríguez Saá: “Estábamos deliberando con los gobernadores cómo conformar ese gobierno de emergencia, yo ni me imaginaba que iba a ser presidente, aunque mi nombre era el único que sonaba como candidato concreto. Me iban llenando de condiciones, me acortaban el mandato a treinta días, por solicitud de De la Sota. En un momento se hace una pausa, entonces, para dejarlos deliberar, me voy al baño. Cuando estoy en el baño entra Ruckauf y me dice: ‘Adolfo, ¿me das la secretaría de Seguridad? Yo tengo a Juanjo Alvarez, un muy buen secretario de Seguridad. Dale, ¿lo nombrás a él?’. Y qué sé yo, le dije que sí, que bueno. ‘Bien’, me dijo Ruckauf, ‘entonces sos el presidente’”.

“¡Imaginate la escena, Ruckauf y yo negociando la presidencia mientras meábamos!”, me dice el Rodríguez Saá engominado y de pellejo puntano, entre risas, ya de pie, mientras se lleva las manos a la altura de la bragueta y simulando sujetarse la verga, haciendo que oscile de forma acompasada de uno a otro lado, imita a un tipo meando en un mingitorio. “¡La política es una cosa increíble, increíble!”.

(…) “Cuando salí del baño, después de la charla con Ruckauf, el negro Lusquiños, que estaba en la antesala, me dice que me habían llamado el jefe de Estado Mayor y Felipe González, que estaba en Buenos Aires, los dos para pedirme una audiencia”, me dice Rodríguez Saá. “Entonces, yo le dije: ‘Boby, felicitame, soy presidente’. Porque si me llamaba Felipe González… ¡que no me había llamado nunca!”.

Ha vuelto a sentarse en el sillón de cuero negro de su despacho, el rostro acalorado, los trazos de la risa aun impresos en la comisura de los labios y los párpados luego de la escena en el mingitorio ficticio. Ya no es Alberto Sordi, ahora es un estadista que habla con suficiencia de la infinidad de planes que tenía en mente para rescatar al país de la bancarrota y la anarquía y conducirlo hacia su destino de grandeza, pero no lo dejaron, no tuvieron el coraje de secundarlo en la epopeya. “Vinieron a verme De Mendiguren, Rattazzi, Pagani, los de Clarín, Bulgheroni, la Sociedad Rural, todo el stablishment económico. Querían la devaluación, les dije que no, y entonces se fueron a Lomas de Zamora, a verlo a Duhalde. Ya estaba todo programado”. Alguna vez dijo que hubo un pacto de Duhalde y Alfonsín para sacarlo a De la Rúa y después a usted. “Sí. Yo no te lo puedo probar, pero era algo así como ‘tomala vos, damela a mí’. Riquelme y Palermo se pueden pelear, pero ‘tomala vos, damela a mí’. ‘Tomala vos, damela a mí, gol de Riquelme’. Pueden estar peleados, pero juegan en equipo. ¿Cómo gana boca el domingo? Con un gol de Palermo y Riquelme. Eran los dos senadores… Fue como el pacto de Olivos, fue un toma y daca”. ¿Hubo presiones graves, alguna amenaza? Rodríguez Saá guarda silencio.

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Tarde del miércoles 17 de marzo, 2010. Estudio de Nicolás Gallo, que fuera secretario general de la presidencia de Fernando De la Rúa. “La cúspide de la Coordinadora de la provincia de Buenos Aires siempre tuvo relaciones fluidas con Duhalde, desde siempre, especialmente Moreau. Yo, particularmente, no creo que Storani hubiera operado a favor del golpe, pero Moreau sí. El golpe sucedió porque el mismo Alfonsín, en una reunión que tuvo con De la Rúa el 20 de diciembre, en la que estábamos Alconada Sempé y yo como testigo, Alfonsín bajó la cabeza y dijo: ‘Fernando, no puede volver a suceder’. Y yo sabía que en su casa de la avenida Santa Fe estaban reunidos Moreau y compañía. El noventa por ciento de la UCR decía:  ‘Se acabó esto y vamos a arreglar con Duhalde’. Alfonsín pudo haber desactivado el golpe dándoles un mensaje a los que estaban en el Congreso, que había que defender al presidente, y con eso desactivaba el golpe porque no se iban a animar”. ¿Quiénes fueron los principales hacedores de la caída de De la Rúa? “Duhalde y Ruckauf, que es muy inteligente, con otro estratega de seguridad brillante que es Juan José Álvarez, que es quien dio la orden peligrosísima, no tengo constancia de eso pero el único que la pudo haber dado es él, de que sacaran a las fuerzas policiales de Olivos; ahí casi se produce una tragedia, porque los soldados que custodian Olivos tienen la orden de que si hay intrusos tienen que dar la voz de alto, y si el intruso no para tienen que disparar. La zona liberada que se produjo esa noche en Olivos fue por orden de Juan José Alvarez, el único que podía dar esa orden era él. Insisto con algo que me parece muy importante: Moreau, con toda certeza, fue el principal operador del golpe en el radicalismo. Y Ruckauf, que tenía a la provincia en llamas. Lo llamaba a Cavallo todos los días, era el que más lo llamaba. Y Felipe Solá se la compró. Ruckauf y Duhalde han operado siempre juntos” (…)

 

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