Por Carlos Saglul | “Estamos en guerra”, la metáfora que se repite cuando se habla de la lucha contra el Coronavirus. Y no es exagerado. Cuando todo esto termine, los sobrevivientes se encontrarán con un mundo devastado económicamente. Algunos lo comparan con el día después de la Segunda Guerra Mundial. Será sin dudas un amanecer entre ruinas.

¿Quién pagará la reconstrucción? ¿Los dueños del poder económico que desde el principio presionaron para que se levantara la cuarentena? Les preocupa la economía, dicen. En realidad, lo único que los desvela son sus pérdidas. En Bérgamo, Italia -a diferencia de lo que paso en Argentina- el gobierno fue permeable a la presión de Tenaris (la empresa del Grupo Rocca) y otras multinacionales en cuanto a la aplicación de la cuarentena. Los resultados están a la vista. Ya no hay lugar en los cementerios. Un diario tituló “Genocidio patronal”.

“El debate sobre si el coronavirus es una fabricación de laboratorio como arma de guerra o si es un emergente biológico natural de la globalización neoliberal puede ser ocioso desde el punto de vista de sus consecuencias”, dice en un artículo el profesor de Teoría Económica de la Universidad de Barcelona y ex jefe guerrillero, Mario Eduardo Firmenich, quien afirma que los países deben estar preparados para la reiteración de contingencias de este tipo. Es ingenuo pensar que esta crisis no puede volver a repetirse y es un argumento más sobre la importancia de la centralidad del Estado como única herramienta capaz de combatirla.

En Estados Unidos, Italia, Francia y otros países de los denominados ricos faltan camas, respiradores. “La pandemia nos sobrepasa”, dicen los gobiernos como si fuera una fatalidad. Y es mentira. El vaciamiento del Estado, el debilitamiento de la salud pública en perjuicio de la mayoría de la población para que solo tengan derecho a la salud quienes pueden pagarla fue una decisión política. Un artículo publicado en Le Monde Diplomatique señala que “en 1980 Francia disponía de 1 cama cada 100 habitantes. Hoy tiene 6. En Estados Unidos, las 7,9 camas cada mil habitantes inventariadas en 1980 se reducen a 2,8 en 2016. Según la Organización Mundial de la Salud, Italia contaba con 922 camas x 1000 habitantes en 1980, contra 275 lugares años más tarde”.

“Los cultores del Estado mínimo deben reflexionar”, dijo el pasado domingo el gobernador Axel Kicillof pasando por alto que no se trata de simples opiniones encontradas sino de intereses contrapuestos. La destrucción del Estado no fue “un exceso”.

Cuando se habla de la centralidad del Estado en el combate de la pandemia, implica la necesidad de que todos los sectores de la vida nacional -como en una guerra- estén supeditados a ese cometido. Las fábricas de coches deben dejar su rutina para hacer respiradores. Los talleres textiles se dedican la producción de barbijos. En los astilleros hacen camas de hospital.

El sector bancario deberá priorizar ayudar a pagar los salarios para que la gente pueda sobrevivir en la emergencia. Dar crédito para mantener los puestos de trabajo e incrementarlos. Hasta los porteros deben cambiar su rol, asistiendo en sus edificios a los ancianos que viven solos.

La población colabora. Pero, ¿el Poder Económico también lo hace?

Así como emociona la actitud de los trabajadores de la salud, los investigadores, indigna la actitud de las grandes empresas que despiden y suspenden con la inestimable colaboración de sindicatos que han llegado al colmo de firmar convenios donde los obreros se pagan su propia cesantía. Los bancos derivan el ahorro de los argentinos a la especulación financiera en lugar de financiar a la producción. Le evasión sigue siendo escandalosa. El Estado ya no puede mantenerse financiándose de los que menos tienen mediante impuestos al consumo contracara del fraude fiscal de los millonarios que derivan sus ganancias a paraísos fiscales en medio de la impunidad más absoluta.

“La mano del mercado funciona pero hay que tener cuidado cuando se juntan los banqueros, comerciantes o empresarios porque siempre van a tratar de armar monopolios y el Estado debe controlarlos”. No lo escribió Carlos Marx sino Adam Smith en “La riqueza de las naciones”.

Es verdad -como insiste el gobierno- que la lucha contra el coronavirus y velar por la marcha económica no son tareas contradictorias. También es cierto que será difícil llevar a buen puerto esta lucha si no se actúa teniendo en cuenta que la producción y distribución de los alimentos es un área estratégica. No pueden estar en manos de especuladores. Los precios deben ser controlados, no importa cuántas clausuras haya que realizar. La banca no puede seguir enriqueciéndose con el ahorro de los argentinos mientras se desfinancia a la producción. Deben detenerse los despidos. No es posible que multinacionales multimillonarias le paguen la mitad del sueldo a sus empleados. Se necesita un Estado fuerte más allá de lo declamatorio. Retar a los banqueros y millonarios tiene poco efecto. La mayoría de los argentinos ya llevamos demasiado tiempo con la mano del mercado en el bolsillo para seguir cometiendo el mismo error.

 

Ilustración: Marcelo Spotti

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