Por Pablo Bassi | Una vez al año, millones de musulmanes entunicados se concentran como una gran mancha blanca alrededor de la Kaaba, el templo que según el Corán levantó Abraham por orden de Dios, en la ciudad de Meca, Arabia Saudita, y la que todo creyente debe visitar al menos una vez en la vida.

Este encuentro de peregrinos, tan grande como la capacidad de 25 estadios Maracaná, quedará restringido los próximos días sólo a los habitantes del reino de Arabia Saudita. Sus autoridades temen los efectos de la pandemia, y el colapso de los 25 hospitales públicos y el sistema de seguridad con 100.000 policías dispuestos en años “normales”.

Nadie mejor que el argentino Emilio Cicco relata semejante fenómeno de masas en Rock and Roll Islam, el libro que publicó en enero, editado por TusQuets. Allí narra sus dos viajes a La Meca y su conversión al sufismo, una orden islámica -la más desarrollada en América- que integraron entre otros Cristina Banegas, Miguel Cantilo, Lito Cruz y Miguel Abuelo.

Cicco es periodista. Trabajó en Revista Noticias, Crítica, Rolling Stone, Gatopardo. Incursionó en el periodismo border, que implica una vivencia en carne propia de las vidas ajenas. Es docente de escritura. Dice que su conversión es la menos pensada. Y lo cuenta en esta nota, en su doble condición de militante religioso y sagaz observador.

– ¿Qué significado tiene para los musulmanes viajar a La Meca?

– Para todo musulmán es el viaje de su vida. Como van tantas personas, hay países musulmanes que tienen un cupo de peregrinos. Muchos se anotan y tardan años en viajar, porque no consiguen visa. Otros ahorran toda su vida, porque le es caro. Es uno de los cincos pilares del islam. Y no es un viaje turístico, es como si fueras a visitar al amor de tu vida.

– ¿Puede viajar cualquier persona?

Cualquiera puede viajar a Arabia Saudita, pero sólo los musulmanes pueden llegar a Meca o Medina, las dos grandes ciudades del islam. Desde afuera parece algo restrictivo, pero va tanta gente que, si encima le sumás turistas que no entienden un pomo de lo que es el rito, sería imposible. Pensá que el viaje a Meca es la movilización más grande del planeta. Si sumaras cinco finales de mundial de fútbol o cinco recitales de los Rolling Stones en el Maracaná, te quedás corto.

– ¿Por qué antes de viajar tuviste que cancelar deudas y dejar un testamento?

– En otra época, uno no sabía si volvería: llegar a Meca, representaba atravesar zonas peligrosas. Desde entonces, se recomienda despedirse. También tenés que darte vacunas y cumplir con otros requisitos.

– ¿Te sacaron pasaje? ¿Fuiste solo? ¿Con una empresa de viaje?

– En 2013, la primera vez que viajé, había sido invitado por el reino de Arabia Saudita en calidad de periodista. Es decir, viajé en mi condición de musulmán y, además, propuse hacer una nota sobre eso para Viva, de Clarín. Viajé solo, sin saber quién me iba a recibir. Cuando uno aterriza, tiene que estar vestido con dos túnicas. Cómo van a reconocerme, me preguntaba, si no tenía celular, no tenían una foto mía. Y ahí empiezan las pruebas de la peregrinación: la posibilidad de perderte, enfermarte, morirte. Y ahí empiezan los milagros. Apenas crucé la manga, una persona me extendió la mano y me ayudó a realizar todos los trámites. La peregrinación es una muestra de fe. Los miedos te demuestran la debilucha que uno tiene la fe.

– ¿Qué es la Kaaba?

– Para los islámicos, la Kaaba es el centro del mundo. El lugar donde Adán levantó el primer templo a Dios, luego el diluvio universal lo sepultó, después Abraham lo reconstruyó y, desde entonces, es el primer templo. Millones de musulmanes rezan a diario en dirección hacia ahí. Una vez que te acercás a la Kaaba, es un flash total, porque hay una energía concentrada… Los 365 días del año, día y noche, hay gente dando vueltas alrededor de ese lugar.

– Contás en el libro que puede albergar a cuatro millones de personas, que la puerta pesa 500 kilos de oro y está cubierta por una seda hilada de oro y plata. ¿Podés detenerte a apreciarlo todo o la multitud te lleva puesto?

– Una de las partes del rito es dar siete vueltas a contrarreloj. Y uno la mira. Es sencilla, es un cubo. Kaaba significa cubo en árabe. Pero tiene un perfume, tiene algo que te queda prendido. Hay una conexión casi romántica.

– ¿Qué otros ritos realizaste?

– Otro es pasar por Arafat, que es un monte donde el profeta Muhammad dio su última prédica, Abraham estuvo por sacrificar a su hijo y donde todas las almas se congregarán el día del juicio final. Pasás ese día pidiendo y Dios te escucha. Yo llegué con todos los pedidos de hermanos, en una lista como de supermercado. Otro día, arrojás piedras en unos muros. La simbología, es la de apedrear al demonio, las cosas malas que tenés. Después hay un sacrificio de un cordero: en realidad no lo hacés en persona, porque logísticamente es imposible. Comprás un cupón y alguien lo hace por vos.

– ¿Dónde dormías?

-En Mina, donde pasás la mayor parte de los días, donde están estos muros apedreados, hay unas carpas, como de circo, una al lado de la otra. Es el campamento más grande del mundo. Son como grandes habitaciones, numeradas, con calles. Dormís en el suelo.

– ¿Por qué América es la región con menor cantidad de musulmanes?

-Le hice esa pregunta a los misioneros del islam, los tabli, una red mundial de musulmanes que viaja por los países, detectan comunidades musulmanas no practicantes e intentan volverlas a entusiasmar. Una teoría que me gustó, es que cuando vinieron musulmanes no se los discriminó, se adaptaron bien, se mestizaron rápido. Y no eran sabios. Venían a sobrevivir, nadie los formaba.

– ¿Cómo definirías al sufismo, la corriente islámica más popular en la región?

-Es la más experimental; no desde el punto de vista de la innovación, sino de la experiencia. Son como los nerds del islam. Sufí viene de palabra sufa, que algunos dicen tiene que ver con sofá, que en árabe significa banco. Era gente que se quedaba sentada en un banco esperando a que el profeta saliera de su casa para acompañarlo todo el día. Se dedicaban a eso.

-Hablemos de las reglas

-Para que suceda el fútbol hay reglas. Cuando uno juega un juego y lo ve desde afuera, siente que le quieren imponer reglas para jugar, pero cuando entrás a la cancha y te pasan la pelota, entendés que tiene que haber un campo delimitado, un árbitro, un sentido. Sucede que los caminos espirituales, como no tienen algo tangible, parecen restrictivos, que te quieren dominar, oprimir.

– ¿En qué contexto te iniciaste en el sufismo?

-Mi inicio tiene que ver con Osho, un maestro indio, muy conocido, provocador. Yo le tenía idea porque lo defendían Nicole Neumann y Moria Casán, gente poco espiritual y, por ósmosis, chanta. Trabajaba en Noticias y le pedí al filósofo Tomas Abraham una columna contra Osho, algo muy estereotipado del periodismo. Y me dice que no, que Osho no era ningún tonto. Era muy preparado. Citaba a Nietzsche, Freud, Jung. Tenía una biblioteca increíble. Si querés, me dice Abraham, te escribo a favor. Dije guau. Y como alumno castigado me compré un libro de Osho. Y me pareció fabuloso. Era serio, inteligente y, a su vez, te daba una salida mística. Estamos acostumbrados a que la gente seria, provocadora y transgresora solo haga diagnósticos críticos y se rían de todo. Pero no te dan ninguna salida. Antes de morir, Osho dijo: “yo dejo dos caminos, budismo zen o sufismo”. Practiqué budismo zen unos años y luego puse en práctica el plan b, desde hace once años atrás.

 

Hajj *

 

Las demás religiones en Oriente te mandan a meditar en soledad. El islam te manda, al menos una vez en la vida, a cocinar en la multitud.

El amontonamiento es entrega de control, pisotón en la paciencia, prueba de fe. Cinco días de inmersión multirracial. Marea blanca de pobres y millonarios.

Dos millones de peregrinos de 118 países: 9800 se extravían; a decenas de miles los expulsan por no tener papeles en regla; 158.000 terminarán en el médico.

Ensayo de muerte en vida. Misma túnica. Mismas reglas. No sexo. No peleas. No corte de pelo ni de uñas. No matar animales. Mismos ritos, inspirados en Abraham, y calcados del profeta Muhammad: pasar el día en la ladera de un cerro, pidiendo y pidiendo a Dios. Rezar en multitud. Tres días de arrojar piedras a un muro colosal. Girar siete veces en torno a la Kaaba. Fumarse el sol. Respirar 40 grados de brasa viva del desierto. Unir a pie, una y otra vez, dos lomas. Beber de manantial milagroso y bendito (se beben en menos de una semana un millón de metros cúbicos).

Al final: rasurada de pelo. Sacrificio de 770.000 ovejas y cabritas –ni las ves: se pagan por el animal en un cubículo, y te dan un cupón-. Y recién entonces, misión cumplida. A espaldas: tendal de 53.000 toneladas de residuos. En las cuentas de Dios, limpieza completa de pecados. El infierno se cierra. El cielo se acerca.

 

*Capítulo de Rock and Roll Islam

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