Por Carlos Saglul | A algunos próceres los ocultan en el bronce, pasteurizan su historia de manera que no puedan servir de lección para un presente de lucha y emancipación continental. Y hay otros a los que directamente los desaparecen. Es el caso de Bernardo de Monteagudo, de quien pocos se acuerdan. Fue más que un hombre de confianza para Castelli, San Martín, O’Higgins y Bolívar. El tucumano era un ideólogo. El primero en proclamar la necesidad de la unión continental para enfrentar a los imperios de turno. Detrás de ese sueño andaba cuando asesinos a sueldo lo emboscaron y apuñalaron en una calle oscura de Lima.

Castelli, Moreno y otros jacobinos

Bernardo de Monteagudo nació en Tucumán en 1789. Estudió en la Universidad de Chuquisaca, en el Alto Perú, (hoy Bolivia) donde también se habían formado Mariano Moreno y Juan José Castelli. Ya había recibido su título de abogado cuando participó del levantamiento de 1809 contra la dominación española, donde fue detenido y por poco se salvó de ser fusilado. En esa temprana etapa escribe el célebre manuscrito que contribuye a la rebelión “Diálogo entre Atahualpa y Fernando Vll en los Campos Elíseos”, donde aparece por primera vez la necesidad de la unidad continental, el tema que lo obsesionará por el resto de sus días: “Mi patria es América”.

Luego de la revolución de Mayo, Monteagudo se suma en Perú al Ejército del Norte que comanda Castelli, como auditor.

Derrotadas las milicias patriotas en Huaqui y ya en Buenos Aires, es parte de la defensa de Castelli -a quien Cornelio Saavedra quiere responsabilizar del resultado militar adverso- y reivindica las medidas tomadas por las fuerzas nacionales en el Alto Perú como la supresión de los títulos de nobleza y los instrumentos de tortura, y la eliminación de los tributos indígenas.

Unificando las fuerzas morenistas funda en Buenos Aires la Sociedad Patriótica. “No habría tiranos si no hubiera esclavos y si todos sostuvieran sus derechos, la usurpación sería imposible”, proclama en el discurso inaugural.

En esa época escribe en “La Gaceta” donde publica “A las americanas del sur”, un artículo pionero sobre al papel de la mujer en el proceso de liberación.

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Los fusilamientos

Jacobino al fin, defendió los fusilamientos ordenados en su momento por Mariano Moreno. En 1812 fue nombrado fiscal en el proceso contra los conspiradores encabezados por Martín de Alzaga. El fusilamiento y posterior colgamiento público del rico e influyente vecino porteño causó conmoción e hizo estragos en la organización de quienes conspiraban contra el proceso iniciado en 1810. Los acusados no tuvieron derecho a defensa.

Luego, Monteagudo participa de la Asamblea del año XIII como representante por Mendoza. La Sociedad Patriótica se une y diluye en la Logia Lautaro, fundada por José de San Martín y Carlos María de Alvear, que terminó con el Primer Triunvirato y dio origen al Segundo Triunvirato sobre el que tuvo total control. Respaldó al Alvear cuando fue nombrado Director Supremo de las Provincias del Río de la Plata y no lo abandonó en su caída. Fue primero preso, y luego al exilio.

En Europa el jacobino le encontró virtudes a la democracia constitucional, régimen que defendería desde ese momento. Sus gestiones para volver a la Argentina llegaron al fin a buen puerto: podría regresar, pero no a Buenos Aires sino a Mendoza.

Allí se encontró con San Martín que lo nombró auditor del Ejército. Del otro lado de la cordillera terminó como asesor de Bernardo O´Higgins quien le pidió que redactara el acta de independencia de Chile. En la vecina nación Monteagudo es ignorado o considerado una mala palabra por su participación en el fusilamiento de los hermanos Juan José y Luis Carreras, dos próceres chilenos, ejecutados en Mendoza.

Panamá, una cita tardía

San Martín vuelve a convocarlo para que lo acompañe en la campaña de liberación del Perú. En Lima, prácticamente se hace cargo del gobierno mientras el general se ocupa de lo militar y estratégico. En esa tarea se encuentra cuando el Libertador viaja a Guayaquil para entrevistarse con Simón Bolívar. La negativa de Rivadavia y el gobierno de Buenos Aires de financiar la campaña hacen que San Martín deba delegar el mando de sus tropas en Bolívar. Al sentirlo sin respaldo, sectores de la oligarquía destituyan a Monteagudo que entre otras medidas había llegado a dictar una ley que permitía la expropiación de los bienes de los potentados españoles. Se exilia en Guatemala. Desde allí, inicia correspondencia con Bolívar que finalmente lo convoca como su asesor principal y, luego de la batalla de Ayacucho, le pide que escriba un estudio sobre la necesidad de unir en una federación a los Estados latinoamericanos.

“La nueva federación hispanoamericana -decía el tucumano- estará bajo los auspicios de una asamblea cuya política tendrá como base consolidar el derecho de los pueblos y no de algunas familias”.

Trabajo inconcluso

Dicen los historiadores que Monteagudo no era apuesto, se tornaba bello -según las mujeres que lo frecuentaron- cuando se lo dejaba hablar. Justamente, caminaba hacia la casa de una amante cuando los esclavos libertos Candelario Espinoza y Ramón Moreira lo apuñalaron. El tucumano quedó tirado en la calle mientras se desangraba sin otra compañía que la luna. Al amanecer, como era costumbre con los cadáveres anónimos, alguien arrastró su cuerpo hasta las puertas de la Iglesia.

Obviamente fue un crimen por encargo. Simón Bolívar ubicó e interrogó a los asesinos. Nunca tuvo dudas que fue un crimen político.

Finalmente, en 1826 el general venezolano convocó al Congreso de unidad en Panamá, pero la federación nunca llegó a constituirse. Algunos, piensan, había muerto antes de nacer, apuñalada en las calles de Lima.

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