Por Carlos Saglul | Oktubre se llama el memorable disco de Los Redondos. “Octubre, mes de cambios” es la recordada canción de Roque Narvaja. En octubre es el cumpleaños del 17 en Plaza de Mayo, de la Revolución Rusa. Claro, Vladimir Ilich y Juan Perón no se parecieron en nada. Aunque sí es igual el territorio sublevado. La irrupción de los que no pueden más y entran a patadas en la historia demandando por la humanidad que les ha sido negada. ¿Es historia pasada?

Ya no se necesitan ejércitos con generales adiestrados en las academias de Estados Unidos. Hoy, basta con el control de los medios de comunicación y la policía. La provincia de Buenos Aires es un ejemplo claro. Cada gobierno toma más policías. El delito obviamente no disminuye, crece. Una policía bien paga, con formación en derechos humanos no sirve para reprimir. Ex desocupados con gorra reprimen a otros desocupados sin gorra. Aumenta la pobreza, crece la policía y se recortan los derechos de los que menos tienen. Balas que doblan la esquina, pibes que se ahogan nadando en un charco. Aunque algunos se hagan los tontos, todos sabemos de qué se trata. No hay control social sin muertos.

Y tampoco hay cambios profundos sin la gente en la calle, protagonizando la historia.

Democracias cada vez menos democráticas

No solo en Argentina, a nivel mundial la concentración de la riqueza jamás fue tan grande. Riqueza es sinónimo de poder. Las democracias del continente cada día se parecen más a dictaduras encubiertas. En Estados Unidos, Donald Trump bendice a los grupos armados de ultraderecha que asesinan negros y admite que duda si aceptará el resultado de los próximos comicios si pierde. Del otro lado, la CIA, los grandes medios que están con el candidato ultra-conservador demócrata Joe Biden, visitan seguido el Pentágono. Las democracias son cada vez menos democráticas.

Hace un par de meses -por apenas algunas horas- el gobierno se sintió fuerte como para responder con la expropiación a la gigantesca estafa contra la banca pública y el vaciamiento que llevo adelante Vicentín. Parecía increíble que un acto de justicia fuera posible. El mismo presidente explicó que se trataba de una decisión estratégica, que permitiría al Estado quedar al frente de una empresa testigo en el comercio de granos. Históricamente, son los grandes exportadores quienes retienen sus stocks cuando quieren empujar una devaluación que les garantice mayor ganancia o intentan obligar al gobierno a una baja de retenciones. Tienen tanto poder que el Estado no sabe, en realidad, como en el caso de las mineras, lo que exportan. Lo hacen mediante declaraciones juradas. Tienen hasta sus puertos propios. Precisamente con este sector de la economía ultraconcentrada el gobierno pactó una baja de retenciones a cambio de que vendan parte de su stock, lo suficiente como para evitar una devaluación de proporciones, que terminaría por liquidarlo electoralmente.

Acorralado por noticias falsas -como aquella sobre un inminente corralito que hizo caer los depósitos-, sublevaciones policiales, manifestaciones diarias de desquiciados, medio país en llamas, una Corte Suprema que ni siquiera le admite volver a su cargo de origen a jueces trasladados por el anterior gobierno. Todo esto en el marco de una pandemia inédita con miles de muertos. A meses de haber asumido el gobierno de Alberto Fernández parece confundido. Un día anuncia que manda al Congreso un Presupuesto que prevé un aumento salarial a los empleados públicos por arriba de la inflación con el objeto de beneficiar la recuperación del mercado interno. Al otro pacta -igual que lo hicieron todos los gobiernos neoliberales- con la Unión Personal Civil de la Nación, una mísero siete por ciento de aumento con lo que agrava un ajuste que viene desde hace rato sobre los salarios.

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Se resigna la posibilidad de recaudar miles y miles de pesos, se ajustan los sueldos, todo lo contrario del modelo que se venía pergeñando.

La apuesta del gobierno de cerrar un acuerdo con los exportadores, no sería raro coincida con un respaldo oficial al Proyecto de Ley Agroindustrial. El domingo, el periodista Sebastián Premici explicó en pocas líneas qué significa este proyecto: “Elimina las retenciones, establece un esquema de estabilidad fiscal por diez años y modificaciones en los convenios colectivos de trabajo para que haya libertad de contratación”. Se pregunta: ¿quienes ganan?

“La paradoja democrática”

El denominado “Impuesto a las grandes fortunas” es una radiografía clara del extremo al que llegó la concentración de la riqueza en la Argentina. Lo pagan solamente 9.298 personas. De estos, el núcleo más rico suma un par de centenas. Y lo peor es, esa pequeña contribución por única vez los escandaliza, al tiempo que la pobreza trepa a un escalofriante cuarenta por ciento de la población.

Alguien a quien el kirchnerismo conoce muy bien, Chantal Moufle, la esposa de Ernesto Laclau dice en La paradoja democrática: “En la organización política democrática, los conflictos y las confrontaciones, lejos de ser un signo de imperfección, indican que la democracia está viva”. Señala además, refiriéndose a la socialdemocracia y su fallida Tercera Vía, que “el defecto central se basa en la ilusión de que al no definir a un adversario, resulta posible eludir los conflictos de intereses”.

La desestabilización tiene patas claras. Los grupos económicos agremiados en la Asociación Empresaria Argentina, la prensa hegemónica, sectores del Poder Judicial y La Embajada. “Fuimos con la bandera blanca y nos la dejaron repleta de agujeros de balas”, dice un hombre del oficialismo refiriéndose al grupo Clarín.

Alberto Fernández asumió creyendo que, a diferencia de Cristina Fernández, podría obtener una tregua con ese grupo económico. Y en eso la derecha es más clara. Se trata de una cuestión de intereses, no de simpatías.

Tarde el gobierno se dio cuenta del inusitado entusiasmo de algunas empresas por saldar en unos pocos meses la enorme deuda externa que contrajeron durante el gobierno de Mauricio Macri, en algunos casos, según se sospecha, a través de auto préstamos con sus casas matrices. Increíblemente el gobierno perdió reservas que le eran vitales. Recién ahora, cierra la canilla de dólares y les plantea que paguen el 60 por ciento de esas deudas con lo que tienen en el exterior. Mientras tanto, la mayoría de la prensa, jugó a distraer a la opinión pública señalando que el problema estaba en no ofrecer “un menú más variado de colocaciones financieras” a los perejiles que tratan de hacer alguna diferencia aprovechando la diferencia entre el dólar oficial y paralelo. Los otros que pueden volcar dólares al mercado y están sentados sobre ellos, presionando, son los exportadores que ahora salen a hacer su juego. Pero ¿cuál es el juego del gobierno?

Solá, siempre Solá

Felipe Solá tiene una trayectoria amplia. Pasó a la historia durante el gobierno de Carlos Menem como autor de la Resolución 167 que posibilitó el ingreso de la soja transgénica con uso de glifosato en la Argentina, y también por el inolvidable Tratado de Pesca con la Unión Europea que devastó los recursos ictícolas nacionales. Cuando un periodista le preguntó su secreto para mantenerse siempre en los alrededores del poder no dudo en responder: “Hacerse el boludo”.

Sigue fiel a su máxima. Ahora bastardea la política de no alineamiento cuando -aún al costo de enfrentarse con otros funcionarios diplomáticos del actual gobierno como el embajador argentino en la Organización de Estados Americanos, Carlos Raimundi- se une al coro de los que condenan “la violación a los derechos humanos en Venezuela” y nada dicen de la masacre de referentes sociales y sindicales en Colombia, la proscripción en Ecuador, la sangrienta represión en Chile, los escándalos de la dictadura boliviana. No es curioso que, junto a Sergio Massa, esté entre quienes ven con buenos ojos este acuerdo con los exportadores. En la alianza gobernante conviven varios modelos de país, a punto de que muchos funcionarios han ocupado altos cargos en gobiernos neoliberales, o los han respaldado desde la oposición.

Jamás Estados Unidos malgastó tanto dinero en una elección -aun a costo de violar los estatutos del FMI- como lo hizo para tratar de que Mauricio Macri ganara la presidencia argentina. No actuó de esa manera por simpatía con el líder del PRO sino para que no gane el peronismo. En caso de que Donald Trump sea reelecto, es poco probable que las lamentables piruetas diplomáticas de Solá lo hagan cambiar de idea.

Hasta el Fondo Monetario Internacional, que visita la Argentina, ante la tremenda crisis que significa la pandemia dejó abierto un espacio de negociación que permitiría mejorar la política impositiva. El actual sistema ya no es viable. Es peligroso que la democracia termine mostrándose como una criatura boba que, asediada día a día, termina sin contentar ni a unos ni a otros.

Octubre, mes de cambios como decíamos al principio. El 17 en Plaza de Mayo, la Revolución Rusa, aquí tendremos la marcha virtual de la Confederación General del Trabajo. ¿Estarán en el palco los amigos de esos líderes sindicales, los dirigentes la Asociación Empresaria Argentina, los CEOS de Clarín y los exportadores? Como hace rato decimos, se trata de quien paga la salida de la Pandemia. La derecha y los grupos concentrados que manejan la Economía lo tienen claro. Se lo han hecho entender claro al gobierno.

 

Ilustración: Marcelo Spotti

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