La del caño, la del sombrerito, la de la pisada. La grieta de limpiarse a seis tipos en segundos, a puro amague, y hacer un gol de maravilla. La grieta del talento, del potrero polvoriento y nunca jamás de la meritocracia. La grieta de la miseria. Los grandes jugadores de fútbol no nacen a partir de inyecciones y dietas especiales. Son o no son. Serán o no serán. La grieta del pibe que en el campito de juego traza líneas nuevas, inventa fronteras y destruye otras. La grieta de la danza, de la alegría de la danza del fútbol, esa cosa de la diversión, de atravesar adversarios como si fuera un fantasma. No se trata de efectividad o eficacia: se trata, en todo caso, de fiesta. Y el fútbol, el buen fútbol, es una fiesta. Podía fallar, pero uno se quedaba con la jugada previa, con la danza, con ganas de verlo una vez más haciendo esa jugada que no terminará en gol. Y si lograba hacerlo, la fiesta era completa e inigualable. La grieta de ese asunto de la cosa carnavalesca y barrial del fútbol. La calle, la pelota a la intemperie.

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