A estas alturas del daño quizá irreparable que nos ha causado la epidemia de prestidigitación periodística, tanto la de uno como la del otro lado, que nos ha carcomido y astillado el sentido común, creo que tenemos el derecho a presentar un recurso de amparo y denunciar penalmente a todos los medios de comunicación, y, claro, a sus periodistas, camarógrafos, asistentes, maquilladoras, vestuaristas y más y más. Y a los correctores y editores de los textos de la prensa gráfica, si es que todavía tienen trabajo. Y, no olvidemos, a los productores, conductores, locutores, asistentes, y tipos más de los programas de radio. Y a los porteros, porque un buen portero tendría que tener el buen juicio de saber a quién privar del ingreso al estudio de una radio, un canal de televisión o a la redacción de un diario. Les cabe la acusación de complicidad en el delito periodístico de causar “alteraciones de la personalidad, alucinaciones y pérdida del contacto con la realidad”.

Veamos. Si nos detenemos al menos un par de minutos en la observación de la rimbombancia de la alocución, de la continua actuación, casi aspaventera, del consorcio periodístico, resulta difícil percibir algún rasgo distintivo entre el Gato Silvestre, Víctor Hugo Morales y Eduardo Feinmann; los Leuco, Lanata, Pablo Duggan, Majul, Fernández Llorente, Luis Novaresio y demás.

Más allá de lo que cada uno de ellos piense sobre la vida, causan similar perturbación, fatiga, mareos. Por momentos, ganas de enterrar la cabeza en el asfalto para no oír, leer, ver ni escuchar nada, absolutamente nada más. Uno, a veces, necesita que le tiren en la cara los hechos de un modo más aséptico, sin adjetivaciones, porque lo ideal sería, presumo, que la adjetivación de la noticia, del hecho, de la novedad, aflore, de pronto, sin mediación alguna, en uno mismo.

También esos predicadores políticos de naturaleza insípida, por momentos bovina y de pronto patriotera, que sin decir agua va se ponen a predicar una doctrina cargada de juicios y pronunciamientos acerca del bien común, de la solidaridad y de la búsqueda del final del sometimiento y el vasallaje a todo poder foráneo.

Ni palabra, en cambio, acerca del sometimiento y todo ese vasallaje que a diario cometen y promueven los poderes internos, nacionales, históricos, eternos y, por sobre todas las cosas, llenos de prejuicio. Con el sostén, desde luego, del poder foráneo. Los explotadores extranjeros les producen cierto recelo. Los autóctonos no, son de los nuestros. Porque para un argentino explotado no hay cosa mejor que sea otro argentino el que lo explote. Abogados o economistas buena parte de los predicadores. Y todos ya sabemos cómo son los abogados y los economistas. Personas diestras y habilidosas para disfrazar de hazaña lo que, en fin, se acomoda a las leyes, las reglas y el designio de un sistema fundado en la iniquidad. Cada día, a cada hora, con sus palabras huecas y gestos y silencios le proporcionan más y más legitimidad a un estado de las cosas que huele mal, cada día peor, cada día más sulfuroso.

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