Especial de Revista Ignorantes | La revuelta chilena nos contagia y con el entusiasmo nos interpelan las paradojas que encuentra. Destituir a la derecha neoliberal de los lugares clásicos de la representación y, al mismo tiempo, afrontar el desafío de no volverse una versión más de la institucionalidad vigente. ¿Qué capacidad de mutar encontrará Octubre? ¿Serán capaces las capturas de la hora de apagar esa vitalidad? ¿Qué tensiones se establecerán entre la acción constituyente y los poderes fácticos (otro tipo de acción)? Ni la ingenuidad ni la resignación están invitadas a los textos que generosamente nos ofrecen Raúl Zibechi, Sofía Esther Brito, Rodrigo Karmy Bolton -que publicamos aquí- y los de Rodrigo Aguilera Hunt y Macarena Andrews Barraza que pueden leer en Revista Ignorantes.

 


Chile: la convención constitucional puede ser la tumba de la revuelta

 

Por Raúl Zibechi * | La derecha pinochetista fue derrotada, ya que no consiguió el tercio de la convención constitucional necesario para bloquear cambios. Una derrota que comenzó a fraguarse hacia 2000, con la resistencia empecinada del pueblo mapuche y luego las luchas de los estudiantes secundarios. A partir de octubre de 2019, el pueblo chileno decidió enterrar la herencia de Pinochet con una multitudinaria revuelta. Los partidos de la antigua Concertación que gobernó Chile desde el fin de la dictadura, también salieron mal parados, al obtener sólo 25 escaños bajo el lema Unidad Constituyente, frente a los 37 de la derechista Vamos por Chile. La izquierda consiguió 28 escaños en un muy buen desempeño. Los pueblos originarios tenían asignados 17 puestos, los independientes consiguieron nada menos que 48 escaños y se alcanzó a la paridad entre varones y mujeres.

Sabemos quiénes perdieron, pero no es sencillo saber quiénes resultaron vencedores. En primer lugar, debe constatarse una elevada abstención, ya que votaron sólo 42.5 por ciento de los inscriptos, cifra que cae hasta 21 por ciento entre los mapuches. Puede argumentarse que la pandemia no favoreció el voto, pero lo cierto es que la deserción de las urnas viene creciendo en la última década y media. La segunda cuestión es que, si bien la derecha pinochetista no tiene poder de veto, sí lo tiene la suma de ésta con la ex Concertación, integrada básicamente por socialistas y democristianos que han apoyado el modelo neoliberal extractivo. Juntos superan el tercio de los votos para impedir cambios.

En tercer lugar, la revuelta en Chile no fue para conseguir una nueva Constitución, sino para poner fin al modelo neoliberal. Desde que las negociaciones cupulares abrieron esa posibilidad, argumentando que con la nueva Constitución caerá el modelo, la movilización comenzó a desgranarse. Si bien entre los 155 miembros de la convención constitucional hay una fuerte presencia de la izquierda y de los movimientos sociales, que aportaron una parte considerable de los constituyentes independientes, la garantía de cambios no está en los representantes, sino en organizaciones y movilizaciones colectivas.

La cuarta cuestión es mirar hacia los lados. En América Latina hubo tres nuevas constituciones en pocos años: en Colombia, en 1991; en Ecuador, en 2008, y en Bolivia, en 2009. Algunas contienen capítulos bien interesantes: la naturaleza como sujeto de derechos, en la ecuatoriana, y la refundación del Estado, en la boliviana. En ninguno de los casos se cumplieron esas aspiraciones, pese a que en Bolivia y en Ecuador la derecha fue derrotada en las calles y cayeron cinco presidentes mediante grandes insurrecciones.

Sin embargo, el neoliberalismo extractivista continuó despojando a los pueblos de los bienes comunes, y la situación concreta de los pueblos originarios y de los sectores populares no hizo más que empeorar. No por las constituciones, sino por algo más profundo: la desmovilización de las sociedades y los pueblos. Pensar que se puede derrotar al neoliberalismo, que es la forma que asume el capitalismo en este periodo, mediante nuevas cartas magnas y con leyes que declaman derechos para las más diversas opresiones, es una ilusión que conduce a callejones sin salida. No es una cuestión de ideologías, sino de la lectura del pasado reciente y de la situación que atravesamos en todo el mundo.

En Chile no estamos ante una constituyente legítima, sino ante un juego político, como sostiene Gabriel Salazar (https://bit.ly/3f1W6Eo). Ese juego lo parieron dirigentes del Frente Amplio, la proclamada nueva izquierda, que pactaron con la derecha cuando había millones en las calles y lo volverán a hacer en un recinto donde caben malabares discursivos con total impunidad. La única garantía que tenemos los pueblos, para que al menos nos respeten, es la organización y la movilización. En Chile hubo, durante meses, enormes manifestaciones y se crearon más de 200 asambleas territoriales. Los constituyentes de izquierda están diciendo que no es necesario volver a las calles y la mayoría de las asambleas se debilitaron al apostar a las urnas, aunque ahora retornan a sus territorios.

¿Cómo se harán realidad los mejores artículos de la nueva Constitución, que sin duda los habrá?  Resuenan las palabras de la comandanta Amada en la inauguración del segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan: “dicen que ahora hay más leyes que protegen a las mujeres. Pero nos siguen asesinando. Ninguna ley impedirá a los hombres armados (Carabineros y militares), núcleo duro del patriarcado, seguir golpeando, lacerando y asesinando”. El mapuche Fernando Pairicán reconoció que 80 por ciento de los mapuches que no votaron, lo hicieron, en parte, por la fuerza del movimiento autonomista que llamó a no votar (https://bit.ly/3ot3Gv0). La esperanza de un nuevo Chile sigue estando en la resistencia mapuche y en las redes de vida que sobreviven en unas cuantas asambleas territoriales.

*Publicado originalmente en La Jornada (21/5/2021)

Raúl Zibechi*
Activista, teórico político, periodista. Trabaja desde hace más de treinta años en base a la experiencia de movimientos sociales y experiencias alternativas de América Latina. Publicó numerosos trabajos, entre los que se cuentan Los arroyos cuando bajan. Los desafíos del zapatismo (1995), La mirada horizontal. Movimientos sociales y emancipación (1999), Genealogía de la revuelta. Argentina, una sociedad en movimiento (2003), Autonomías y emancipaciones. América Latina en movimiento (2008), Descolonizar el pensamiento crítico y las prácticas emancipatorias (2015), entre otros. En Red Editorial publicó Cambiar el mundo desde arriba. Los límites del progresismo (junto a Decio Machado, 2016) y Los desbordes desde abajo. El 68 en América Latina (2018).

 


De tanto tildarnos de histéricas, fuimos históricas:
desborde constituyente feminista en Chile

Chile, sin mujeres no hay constitución

Por Sofía Esther Brito* | Las elecciones del pasado 15 y 16 de mayo dan cuenta de que Octubre de 2019 sigue presente en la memoria popular. La primera Convención Constitucional paritaria del mundo estará compuesta por 78 hombres y 77 mujeres, de las cuales 17 corresponden a escaños reservados para representantes de pueblos indígenas. Las correcciones de resultado dejan fuera a mujeres que hubiesen sido electas, de no existir este mecanismo. Asimismo, permiten el ingreso de otras 5 que hubiesen quedado fuera de la Convención.

De forma inesperada para la gran mayoría de los analistas políticos en Chile, esta paradoja de la paridad se sitúa en un contexto inédito para las izquierdas. A pesar de las múltiples dificultades que trajo consigo el “Acuerdo por la paz y la nueva Constitución”  del 15 de noviembre de 2019, donde se fijaron las normas por las cuáles se iba a regir la composición del órgano constituyente, las fuerzas independientes de los partidos políticos reconfiguraron el escenario político. Ni la norma de los dos tercios, ni el nulo compromiso del poder ejecutivo con el proceso constituyente, ni las campañas logran revitalizar a una derecha a la que la Revuelta de Octubre de 2019 le dijo: “NO+”.

Entonces, el triunfo no es de ‘las mujeres’, ese supuesto sujeto universal en el cual intentan situarnos. El triunfo es de todas las redes que logran explorarse desde los espacios de organización más diversos: los cabildos, las asambleas territoriales, las conversaciones entre vecinas y vecinos, los grupos de wasap y otras redes sociales. De quienes han experimentado la precarización producto de una pandemia enfrentada desde un Estado violento. Ese mismo que mata, mutila y mantiene en prisión política a quienes se levantan para cambiar este sistema. Son las feministas, todas y todos quienes creen en la necesidad de las ampliaciones democráticas, del cuestionamiento a la definición neoliberal de ciudadanía, quienes ingresan a disputar ese espacio cerrado de la política institucional que cimienta la democracia tutelada de la Constitución de 1980 y las políticas de la transición.

La paridad, los escaños reservados y las listas de independientes permiten poner en tensión la república masculina que gesta nuestra historia constitucional. La misma república que desplazó a las feministas, intelectuales y obreros en 1925, por un grupo de hombres blancos, terratenientes y heterosexuales que se consideró como “comisión de expertos”. Casi cien años después, la mayoría de quienes tendrán el trabajo de escribir la nueva Constitución, son quienes confiaron en la potencia de ese Octubre.

Tenemos el camino ancho para enfrentar los desafíos que significa este desborde. Para que la Convención Constitucional no se convierta en un Congreso, donde representatividad opera como una delegación total del poder popular hacia los y las senadores y diputadas, se requiere exigir otros modos de vínculos entre les representantes y sus territorios. La experiencia de las organizaciones estudiantiles, territoriales, sindicales, medioambientalistas, feministas y disidentes, que traen a la constituyente compañeras como Bárbara Sepúlveda de la Asociación de Abogadas feministas (ABOFEM), Francisca Linconao, machi y ex presa política mapuche, Camila Zárate del Movimiento por las Aguas y el Territorio (MAT) y Valentina Miranda, ex vocera de la Coordinadora Nacional de Estudiantes Secundarios (CONES), es sumamente necesaria para pensar en mecanismos de participación ciudadana que excedan los márgenes de la democracia formal.

La crisis de representatividad que en otros países del mundo deviene en salida autoritaria, se ha transformado en estos territorios en una oportunidad histórica para no acomodarnos en un feminismo que reproduzca los mismos lenguajes del poder patriarcal. De la independencia política y el excesivo triunfalismo de una oposición que tampoco vio venir la irrupción de estas nuevas actorías en la esfera pública, nos toca dar paso a la consolidación de una izquierda feminista que si bien se ha abierto paso desde las políticas de la presencia, hoy requiere retejer sus redes y articulaciones.

Para ello, los resultados en las municipalidades y concejalías también nos permiten abrir espacios para democracia feminista, donde la institucionalidad se transforme en un bien común que potencie los espacios de encuentro necesarios, en que podamos volver a discutir en asambleas territoriales sobre los derechos, principios e instituciones que necesitamos para el buen vivir.

De tanto tildarnos de histéricas, fuimos históricas. De niñas nos dijeron que la política era cosa de hombres, y sólo había espacio para ‘algunas mujeres’, algunas excepciones en la Historia oficial. Las movilizaciones por el aborto, el Mayo feminista de 2018 y Las Tesis prendieron la mecha para este desborde constituyente, y cada día somos más en las calles y en las casas quienes luchamos por una vida digna.

Sofía Esther Brito
Activista tecnofeminista y pro-sexo. Investigadora en derecho constitucional. Coautora de La Constitución en debate, por una Constitución feminista, entre otros.

 


El partido octubrista
Triunfo popular, salto al molinete o elementos para una nueva ciencia

Santiago | Estudiantes saltan los molinetes del metro (octubre de 2019)

Por Rodrigo Karmy Bolton* | El partido octubrista saltó todos los molinetes. Desde aquellos apostados en el lóbrego subterráneo del Metro hasta impregnar a nuevas fuerzas políticas que en las elecciones del 15 y 16 de mayo asaltaron la Convención Constitucional. El partido neoliberal que habitualmente cobijaba la hegemonía cupular de la derecha y la concertación quedó destituido, obligado a negociar con una mayoría que por 30 años había permanecido en las sombras y no constituía un peligro para su orden. Al contrario, el partido octubrista es una intensidad múltiple, un afuera en un régimen que intentó suturar todo afuera, una vida que se escapa permanentemente de todo molinete y que supo evadirlos, saltarlos destituirlos, a pesar de los miles de impedimentos que se le impusieron.

Varios “molinetes” salieron al paso: fuerzas paramilitares llamadas “Carabineros de Chile” que masacraron a la multitud en las calles; un acuerdo de “lawfare” en su contra gestado el 15 de Noviembre por un asalto parlamentario que abandonó la Asamblea Constituyente por la de Convención Constitucional imponiendo de entrada los 2/3 por el que la derecha y el partido neoliberal en general pretendía ejercer su veto, bajo el diseño de los años 90 que, a su vez, proponía un mecanismo de representación parlamentario para la elección de “constituyentes” (cuestión que atentaba contra los independientes), una pandemia que no ha dado tregua y que yuxtapuso su fuerza al partido octubrista agudizando contradicciones del modelo, profundizando el repudio popular contra el agónico partido neoliberal.

El proceso constituyente se consolida y hace peligrar al régimen neoliberal y sus heraldos cristalizados en este partido bifronte que articuló la transición política al precio de precarizar a su pueblo. Un proceso que tendrá que seguir “saltando todos los molinetes” que se presenten en la Convención Constitucional. Un momento histórico que se oriente no solo a la transformación completa del Estado, a impregnar en él una “vida nueva” que rompa la gubernamentalidad neoliberal y su régimen, sino justamente a abrir el libre juego de las formas-de-vida, a la stásis que nos atraviesa.

Pero ese juego solo será posible si lo cultivamos. Walter Benjamin tuvo una expresión tan certera como decisiva para ello: “organizar el pesimismo”. Frente al “malestar”, a la “desesperanza” que nos inunda, el cultivo de este juego –que lo hacemos como si fuera un jardín y no como si fuera una hacienda– implica un grado alto de organización que el propio partido octubrista se ha dado. Desde los secundarios sublevados en el subterráneo del Metro de Santiago, hasta el triunfo de las candidaturas que dieron la “sorpresa” al partido neoliberal, el salto al molinete ha sido sorteado con éxito y el cultivo del libre juego de las formas-de-vida adquiere una intensidad inusitada.

“Organizar el pesimismo” tendría que significar cultivar una cierta violencia sensible (Muñoz), una nueva razón estética (Dabashi), una dimensión imaginal que, como un jardín nos permita habitar. Lejos de la metáfora pastoral que rige la hacienda e impone territorios sobre los campos agrícolas, se trata de jardines que transgreden territorios y no se ofrecen al paradigma de la producción económica. Y esta singular “organización” requiere, quizás, de una nueva ciencia. Una ciencia menor, absolutamente clandestina, una intensidad que se cuela entre saberes y no se deja capturar por ellos: la stasiología, la ciencia de la guerra civil, que abre la danza de los cuerpos, que desgarra la grieta de la multitud. El jardín contra la hacienda esta es, en verdad, la radicalidad de nuestra situación. Porque “organizar el pesimismo” ha sido la consigna de los que jamás tuvieron consigna, de los que nunca abrazaron un partido, de los que no tuvieron el privilegio de la esperanza ni mucho menos, el ritual del monumento.

A principios de los años 90 aún la democracia y el neoliberalismo parecían coincidir bajo la consigna del “fin de la historia”, en la actualidad una disyunción irreductible parece separarlos. A esta luz, asistimos al momento en que la democracia deviene contra el capital, irrupciones de la nueva stasiología, donde la democracia ya no es un régimen político, sino una forma-de-vida, un “jardín” en el que se cultiva la imaginación popular que, por años, había sido subjetivada por la razón neoliberal.

La stasiología es la ciencia que analiza la grieta entre democracia y neoliberalismo, formas-de-vida y capital. Porque el triunfo popular no ha podido tener lugar sin que ese pesimismo del que hablaba Benjamin no haya podido ser organizado. “Organizar el pesimismo” sigue siendo nuestra palabra, la única que salta molinetes, la misma que se escribió a fuego el 18 de Octubre.

Rodrigo Karmy Bolton
Doctor en Filosofía, Universidad de Chile. Profesor e Investigador del Centro de Estudios Árabes y del Departamento de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile. Columnista Diario Digital El Desconcierto. Actualmente es Director de Investigación de la Dirección de Investigación de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile. Publicó Políticas de la interrupción. Ensayos sobre Giorgio Agamben (2011), Políticas de la ex-carnación. Para una genealogía teológica de la biopolítica (2014), Estudios en Gubernamentalidad. Ensayos sobre poder, vida y neoliberalismo (2018), El porvenir se hereda: fragmentos de un Chile sublevado (2019) Intifada. Una topología de la imaginación popular (2020), entre otros.

 

Octubre chileno de Andrea Fagioli

Recibí más periodismo de este lado

Archivo historico